Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos…
Es una verdad común que la soga de la horca termina en el
cuello del condenado, pero es una verdad que conviene tener muy
presente en estos momentos de crisis, en que la tensa soga de
destrucciones y pérdidas económicas anudada al cuello de los más
pobres de toda la Florida, amenaza con estrangular a muchos de
ellos.
Viviendas perdidas sin posibilidades inmediatas de reubicar a
los desplazados, pequeños negocios al borde de la quiebra,
empleos que han dejado de existir, salarios que han dejado de
pagarse, deudas en que ha sido preciso incurrir sin tener fondos
reales para respaldarlas… No es necesario enumerar toda la
secuela de empobrecimiento que dos huracanes han traído a
nuestro pedazo de península este verano: basta con mirar por las
ventanas para verla; basta con manejar el auto durante más de
dos horas al regresar a casa del trabajo, para sentirla
diariamente.
De todo este agobio, no creo que haya nada peor que la situación
de los que aún están sin techo. El romanticismo de alumbrarse
con velas está bien para las dos primeras noches; el
deslumbramiento de ver las estrellas en el cielo es,
efectivamente, inolvidable… Pero cuando la vida cotidiana se
interrumpe (cuando “el hilo de los días se rompe”, para decirlo
traduciendo a Shakespeare), no es el momento de velar por los
intereses y las comodidades de los que están arriba, sino por la
imprescindible subsistencia de los muchos que están abajo.
Para decirlo claramente: No es el momento de favorecer aumentos
en las tarifas de la electricidad para compensar a una gran
compañía por las ganancias que dejó de obtener mientras sus
usuarios carecían del servicio, según se informó el 9 de
noviembre desde la capital del estado de la Florida, un estado
que se está empobreciendo a plena vista, mientras el costo de
cubrir las necesidades básicas se remonta en un delirio
millonario. No es el momento de gravar aún más las viviendas,
permitiendo que el precio de los seguros “asegure” a los
proveedores de pólizas contra todos los huracanes que aún están
por llegar en los próximos 20 años.
Ninguna economía se desarrolla si no es desde la base que la
sustenta. Por cada hombre o por cada mujer que se empobrece hoy,
habrá mañana una nueva familia de menesterosos, y eso, además de
ser profundamente triste, no le conviene absolutamente a nadie,
ni siquiera a los grandes intereses económicos que hoy cabildean
con todo éxito en favor de aumentar aún más los precios de sus
productos y servicios.
No voy a insistir en argumentos económicos. Prefiero citar unas
palabras harto conocidas, de tan poco atendidas: “Porque tuve
hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de
beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no
me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis… En
verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos
más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo” (Mateo 25:
42-43, 45). Si quienes aspiran a recibir los votos de los
cristianos se vuelven de espaldas a esta sencilla e inexcusable
regla, que es moralmente válida para todas las sociedades, a la
hora de “dar al César lo que es del César”, es decir, a la hora
de escoger a nuestros funcionarios públicos, habrá que tenerlo
en cuenta.
Cuando se calmaron un poco los embates de “Wilma”, salí a la
calle con los amigos que habían pasado la noche en mi casa, ya
que no podían hacerlo en el trailer donde viven desde su
llegada de Cuba. A medida que nos acercábamos al lugar,
comprobando los estragos a derecha e izquierda, veía el espanto
crecer en sus rostros. Cuando por fin llegamos al trailer
de ellos, en pie y entero entre otros severamente dañados, les
escuché emitir al unísono el ¡Gracias, Señor! más hondo
que he oído en mi vida.
¡Qué pobres seremos mañana, si hoy permitimos que lo que Dios
salvó lo destruya la codicia humana!
|