“Voy a la luz…”
“Voy a la luz, al amor, a la vida”. Éstas fueron las últimas
palabras que pronunció Sor Isabel antes de su muerte. Isabel
Catez Rolland, hija de Francisco José y de María, nació en
Bourges, Francia, el 18 de julio de1880.
Es curioso constatar que los santos carmelitas –Santa Teresa de
Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Teresita– perdieron a alguno
de sus padres en la infancia. Isabel quedó huérfana de padre
cuando tenía siete años. Isabel era una artista, dotada de gran
sensibilidad y de gran talento musical. Su hermana Guita
testificará de ella: “Era muy viva, incluso apasionada; con
cóleras, con verdaderas cóleras, un diablo”. La misma Isabel
hablará de su “terrible carácter”.
A los 14 años hizo voto de virginidad, y a los 19 empezó a
recibir las primeras gracias místicas.
El 2 de enero de 1901, a los 21 años de edad, ingresaba en el
convento carmelitano de Dijón, ciudad donde vivía con su familia.
Isabel –que en el Carmelo se llamaría Sor Isabel de la Trinidad–
se propuso como lema ser “Alabanza de gloria de la Santísima
Trinidad” y crecer de día en día “en la carrera del amor a los
Tres”. El sentido de su vida lo encuentra en ser casa de Dios y
templo del Espíritu.
Con su vida y su doctrina ha ejercido un gran influjo en la
espiritualidad de nuestros días, debido, sobre todo, a su
experiencia trinitaria. Antes de morir soñaba con ser
transformada en Cristo crucificado, y eso le daba mucha fuerza
en su sufrimiento. Quería ofrecerse del todo al Señor: “Le
encuentro en la Cruz”, dice; “ahí me da su vida”. Como su
paisana santa Teresita, murió joven, en 1906, con 26 años de
edad. Murió como vivió. Fue beatificada por el papa Juan Pablo
II el 25 de noviembre de 1984, fiesta de Cristo Rey.
Una invitación al amor
Isabel nos invita abrirnos al amor, y nos dejó un mensaje de
amor para que vivamos inmersos en la Trinidad y seamos siempre
alabanza de gloria de la Santísima Trinidad.
Sabemos que el cristiano hecho partícipe de la filiación divina,
vive en Cristo y Cristo en él (Ga. 2,20), y por Cristo recibe el
don del Espíritu. Éste habita en el cristiano como en un templo
(1Co. 6,19); es germen de vida gloriosa (Rm. 8,11); nos hace
clamar: “Abba, Padre” (Rm. 8,15ss).
Creemos que toda nuestra vida está en las manos de Dios Padre;
estamos en su presencia, envueltos en la historia de la
salvación. “Que no es otra cosa que la historia del camino y los
medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres,
apartados por el pecado y se une con ellos” (Catecismo de la
Iglesia, 234).
Somos hijos de Dios y a Él nos parecemos. “Sólo el que vive la
caridad puede entender la Trinidad y parecerse a ella” (San
Agustín). Una de las oraciones más famosas de Sor Isabel es
ésta:
¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme
totalmente de mí, para instalarme en Ti, inmóvil y serena, como
si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar
mi paz, ni hacerme salir de Ti, mi Dios inmutable, sino que cada
momento me sumerja más adentro en la profundidad de tu Misterio.
Pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu morada más querida y
el lugar de tu descanso. Que nunca te deje solo allí, sino que
esté por entero allí contigo, alerta en mi fe, en total
adoración y completamente entregada a tu acción creadora.
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una
esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera
amarte… hasta morir de amor. Pero conozco mi impotencia, y te
pido que me ‘revistas de ti mismo’, que identifiques mi alma con
todos los sentimientos de tu alma, que me sumerjas en Ti, que me
invadas, que ocupes Tú mi lugar, para que mi vida no sea más que
una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como
Reparador y como Salvador.
¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida
escuchándote, quiero ser toda oídos a tu enseñanza para
aprenderlo todo de Ti. Y luego, en medio de todas las noches, de
todos los vacíos y de toda mi ineptitud, quiero vivir con los
ojos clavados en Ti sin apartarme nunca de tu inmensa luz.
¡Oh mi Astro querido! Fascíname de tal manera, que ya nunca
pueda salirme de tu radiación.
¡Oh Fuego devorador, Espíritu de Amor! ‘Ven a mí’ para que se
produzca en mi alma una especie de encarnación del Verbo: que yo
sea para Él una humanidad de recambio en la que Él pueda renovar
todo su misterio.
Y Tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre esta pobre criaturita tuya,
‘cúbrela con tu sombra’, y no veas en ella más que a tu ‘Hijo
predilecto, en quien has puesto todas tus complacencias’.
¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi eterna Bienaventuranza, Soledad
infinita, Inmensidad donde me pierdo! Me entrego a Ti como
víctima. Abísmate en mí para que yo me abisme en Ti, hasta que
vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas.

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