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Giving Thanks (Dando gracias)
24 de noviembre
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P. Eduardo M. Barrios, S.J. |
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Cuarto jueves de noviembre, Día de Acción de Gracias. Se trata
de un festejo nacido en Estados Unidos, el Thanksgiving Day,
pero que otros países también han adoptado. No se diga que las
exportaciones de lo made in U.S.A. se limitan a
frivolidades de modas, músicas y películas.
Ese
día muchas personas se sentarán en torno a una mesa coronada por
un pavo asado para dar gracias a Dios. Es celebración que
enfatiza la oración que más se descuida. Sucede que para muchos
creyentes los rezos consisten en pedir favores a Dios.
Es
cierto que somos indigentes. Por eso Jesucristo anima a
practicar la petición: “Pidan, y Dios les dará; busquen, y
encontrarán; llamen, y Dios les abrirá” (Lc. 11,9). Pero no es
menos cierto que somos agraciados con muchas bendiciones; de ahí
que Jesús exhorte a la acción de gracias.
Recordemos el episodio de los leprosos curados. Sólo uno expresó
agradecimiento: “Se postró a los pies de Jesús dándole gracias”
(Lc 17, 16). El Señor no pudo menos que mostrarse sorprendido:
“¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?
¿Tan sólo este extranjero regresó para dar gracias a Dios?”
(v.17).
Jesús no predicaba lo que él no practicaba; precedía con el
ejemplo. Recordemos su oración agradecida cuando hizo el milagro
en favor de Lázaro: “Padre, te doy gracias, porque me has
escuchado…” (Jn 11, 41-42).
A
nuestro propósito podríamos adaptar un viejo refrán: “Dime por
qué das gracias y te diré quién eres”. Hay quienes sólo dan
gracias por lo agradable. Agradecen a Dios la buena salud o los
éxitos económicos, laborales y familiares. Pero tales
“agradecidos” muestran mentalidad bien materialista.
¿Qué
decir del enfermo o del pobre o de quien ha fracasado en sus
proyectos? ¿No puede dar gracias? Sí puede, pues Dios sabe
bendecir con lo dulce y con lo amargo. De las experiencias
ingratas de la vida podemos sacar saludables lecciones que nos
muevan a dar gracias a Dios.
Revelan una espiritualidad infantil quienes sólo agradecen los
dones temporales. En cambio, muestran espiritualidad madura
quienes reconocen, sobre todo, los bienes que trascienden el
tiempo y el espacio.
La
persona verdaderamente espiritual aprovechará ese día para
agradecerle a Dios el don de la Fe. Mediante esa virtud se posee
una visión de la realidad iluminada por la verdad revelada;
mediante la fe se ven las cosas como Dios las ve, objetivamente,
tal como son.
Merece agradecerse el don de la Esperanza, así con “E” mayúscula.
Tantas vidas humanas sólo se mueven al impulso de pequeñas
esperanzas: esperan un mejor trabajo o una promoción; o comprar
casa o automóvil; no faltan quienes llevan años esperando la
lotería. La Esperanza teologal, en cambio, es la seguridad de
alcanzar la meta final; espera la posesión eterna del bien
supremo y eterno: Dios.
¿Y
qué decir de la Caridad? Pues que es preciosísimo don digno de
acogerse con gratitud. Se trata de algo más que altruismo o
filantropía, pues es participación en lo que mejor describe a
Dios: “Dios es amor” (1Jn. 4, 8.16). Mediante la Caridad, reina
de las virtudes, podemos corresponder al amor divino y amar
generosamente a nuestros semejantes, sin excluir ni a los
enemigos.
El
colmo de la madurez espiritual consiste en no dar gracias a Dios
por cosas particulares. A Dios se le da gracias simplemente por
su existencia, “por ser Vos quien Sois”, como decían las
antiguas novenas. Se le agradece que exista, no como lejano
“Diseñador Inteligente”, sino como cercano Padre, como Hijo
hecho hombre, y como Espíritu Santo, dulce huésped del alma.
Quizás la más sublime acción de gracias sea la que se reza en el
Gloria de las Misas: “Te damos gracias por tu inmensa gloria”.
Sacerdote
jesuita
mailto:ebarriossj@aol.com
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