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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

Un cuento de hadas que se hizo realidad

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

A la gente le gustan los cuentos de hada. La fantasía es muy atrayente.

¿Por qué, si no, las películas de Harry Potter y Spiderman han roto récords de recaudaciones? ¿Por qué, si no, los cuentos de hadas de los hermanos Grimm y las fábulas de Esopo están entre las obras más leídas en todo el mundo?

La Biblia también contiene algunos episodios de tono fantástico. Hemos estado leyendo uno de ellos durante la temporada de Adviento: el libro del profeta Isaías. El pueblo hebreo se sentía solo y abandonado, exiliado de su tierra, conquistado por sus enemigos, y allí estaba el profeta Isaías, ofreciéndole visiones de un reino mesiánico: del tronco seco del árbol de Jesé “saldrá un retoño. El espíritu del Señor reposará sobre él”.

Isaías continúa describiendo un mundo donde “serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías; el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en el nido de la víbora el recién destetado meterá la mano”. (Isaías 11: 6-8.)

De veras que esto suena a cuento de hadas. Según nuestra experiencia, estas cosas nunca suceden. Las leyes de la naturaleza no permiten que los niños jueguen con las serpientes o que los lobos se echen junto a los corderos.

Pero, por otro lado, los cuentos de hadas y las fantasías no son simples mentiras. En sus improbables historias, el corazón humano reconoce importantes verdades: la esperanza en un mundo mejor, la fe en que el bien triunfará sobre el mal. Dios promete y, en efecto, ofrece un camino para la salvación.

Los niños reconocen esto instintivamente. Los adultos lo encuentran más difícil de creer. Después de todo, hemos estudiado en la escuela del mundo. Hemos aprendido, por medio de la experiencia, lo que es real y lo que no lo es. El conocimiento humano y la lógica nos dicen lo que es posible y probable, y lo que es imposible e improbable.

Y de este modo, los eruditos y los sabios no pudieron reconocer las verdades que Isaías predicaba. No pudieron ver más allá del significado literal de las palabras. Esperaban a un Mesías que gobernaría al mundo con justicia, “exterminaría a los inicuos” y rescataría a su pueblo.

Pero los pastores entendieron mejor. No eran ni eruditos ni sabios a la manera del mundo. Pero sí eran sabios espiritualmente, y confiados como niños pequeños. Sabían escuchar con sus corazones. La esperanza les permitía ver más allá de lo que la sabiduría humana podía ofrecer. Y, después de todo, la fe consiste en eso.

Y cuando los ángeles los enviaron hacia el pesebre donde estaba el niño envuelto en humildes pañales, los pastores le rindieron homenaje.

Lo imposible había ocurrido. Dios había entrado en el mundo como niño. Dios se había hecho humano, para que nosotros pudiéramos hacernos divinos, como dice San Agustín. Dios había cambiado para siempre la historia humana, y de la manera más improbable.

“Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los que son como niños”, exclamó Jesús en el Evangelio de San Lucas (10: 21).

La Navidad es la época de quienes son como niños, de las luces y las ilusiones, del regalo y la fantasía, de la esperanza y la emoción.

Aunque ya no seamos niños, démonos el lujo de un poco de fantasía espiritual esta Navidad. Abramos nuestros corazones a Dios como niños, como hicieron los humildes pastores. Vayamos más allá de lo superficial y penetremos en el significado pleno de la Navidad. Tristemente, muchos de los que sólo son sabios y astutos se pierden el esplendor de la Navidad.

Pues el más grande de los cuentos de hadas, se ha vuelto realidad: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace”. (Lucas 2: 11, 14.)