|
|
|
|
|
|
|
Como regalo de Navidad ofrecemos a nuestros lectores este relato sobre el nacimiento de Jesucristo, inspirado por la religiosa agustina alemana Anne Catherine Emmerich (1774-1824) a su compatriota el poeta Clemens Brentano (1778-1842), quien puso por escrito muchas de las meditaciones de la célebre religiosa. Brentano tomaba breves notas sobre los principales puntos y, en vista de que ella hablaba el dialecto de Westfalia, él procedía a traducirlos inmediatamente al alemán. Conforme iba escribiendo, Brentano le leía, y cambiaba y borraba hasta que ella lo aprobara en su totalidad. En 1833 aparecieron los primeros frutos de las conversaciones entre ambos: La dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo de acuerdo a las Meditaciones de Anne Catherine Emmerich, libro que mucho después serviría de trasfondo a la famosa película de Mel Gibson. A partir de sus entrevistas con Anne Catherine Emmerich, Brentano también preparó para su publicación el relato La Vida de La Santísima Virgen María, pero no éste apareció hasta 1852 en Munich. Valiéndose de los manuscritos de Brentano, el P. Schorger publicó en tres volúmenes La Vida de Nuestro Señor (Ratisbon, 1858-1880). Los relatos inspirados por Emmerich se organizan en escenas gráficas, cada una de las cuales es sucedida por otra en una rápida serie, de manera que cada cuadro resulta como si fuera físicamente visible a los ojos del lector, haciendo que los hechos hablen por sí mismos con la simpleza, la brevedad y la seguridad de una narración evangélica. La Redacción “Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.” – (Lucas 2: 1-5.) A mediodía María y José se pusieron en camino para Belén, de donde se hallaban a unas tres leguas aún… Dieron un rodeo al Norte de la ciudad, acercándose por el lado del Poniente. Se detuvieron bajo un árbol a la vera del camino, y María bajó del asno y aseó su vestido. Entonces José se dirigió con ella hacía un gran edificio, rodeado de otras construcciones más pequeñas y de patios, que se hallaba a algunos minutos de Belén. También había allí algunos árboles, y muchas personas habían levantado sus carpas en los alrededores. Ésta era la antigua casa de la familia de David, que había sido propiedad del padre de José. En ella habitaban todavía unos parientes o relaciones, pero éstos lo trataron como extranjero y no quisieron reconocerlo. En esa casa se recibían entonces los impuestos para el gobierno romano. José, acompañado de la Santísima Virgen y llevando el asno por el cabestro, se dirigió allí, pues todos los que llegaban debían darse a conocer, y allí recibían el permiso sin el cual no podían entrar a Belén…
José entró en el gran edificio. María se encuentra en una casa pequeña que da al patio, con unas mujeres. Éstas son bastante benévolas con ella y le dan de comer… Esas mujeres cocinan para los soldados… La temperatura es aquí agradable y nada fría; el sol se muestra por encima de la montaña que está entre Jerusalén y Betania. Desde aquí se puede admirar un paisaje bellísimo. José se halla en una gran habitación que no está en el piso bajo; le preguntan quién es, y consultan grandes rollos, algunos de los cuales están suspendidos de los muros; los despliegan, y en ellos leen su genealogía y también la de María. José no parecía saber que también Ella, por Joaquín, descendía en línea directa de David… Cuando estuvo arreglado lo que concernía a José, se hizo venir también a la Virgen ante los escribas, pero no le pidieron papeles. Dijeron a José que no era necesario que trajera a su mujer con él… Entraron entonces en Belén, cuyas casas están separadas unas de otras por intervalos bastante largos. Se entraba a través de escombros y como por una puerta derruida. María se quedó junto al asno al principio de la calle, y José buscó inútilmente un alojamiento en las primeras casas, pues había muchos extranjeros en Belén y se veía a muchas personas corriendo de un lado para otro. Volvió José junto a María y le dijo que allí no era posible encontrar posada, y que era necesario penetrar más en la ciudad. Condujo al asno por el cabestro, mientras la Santísima Virgen caminaba a su lado. Cuando llegaron a la entrada de otra calle, María quedó de nuevo junto al asno, mientras José iba de casa en casa, sin poder hallar una en la que quisieran recibirlos. Pronto volvió lleno de tristeza. Esto se repitió varias veces, y con frecuencia la Santísima Virgen tuvo que esperar largo tiempo. En todas partes el sitio estaba ocupado, en todas partes se le rechazó y finalmente tuvo que decir a María que era necesario ir a otra parte de Belén, en la cual hallaría sin duda lo que buscaba. Volvieron entonces sobre sus pasos, en dirección contraria a la que habían tomado al venir, y luego dieron vuelta hacia el sur. Siguieron una calle que parecía más bien un camino en la campiña, pues las casas se hallaban aisladas y sobre pequeñas alturas. Allí también todas las tentativas fueron inútiles. Una vez llegados al otro lado de Belén, donde las casas se hallaban aún más dispersas, encontraron un gran espacio vacío, que era como un campo desierto en la ciudad. En él había una especie de cobertizo, y a poca distancia estaba un árbol grande, bastante parecido a un tilo, cuyo tronco era liso, y cuyas ramas se extendían a lo lejos y formaban como un techo alrededor de él. José condujo a la Santísima Virgen allí; con algunos bultos le arregló un asiento cómodo al pie del tronco, para que pudiera descansar mientras él buscaba todavía un alojamiento en las casas vecinas. El asno quedó con la cabeza mirando al árbol. María, al principio, se mantuvo de pie, apoyada contra el tronco. Su vestido de lana blanca no tenía cinturón y caía en pliegues. Su cabeza estaba cubierta por un velo blanco. Varias personas pasaron y la miraron, sin saber que su Salvador se hallaba tan cerca de ellos. ¡Qué paciente, qué humilde y qué resignada era María! Tuvo que esperar todavía mucho tiempo y al fin se sentó sobre las colchas con las manos juntas sobre el pecho y la cabeza baja. José volvió lleno de tristeza, pues no había podido encontrar alojamiento… Fue una vez más de casa en casa, y queriendo hacer más eficaz su solicitud, hablaba del estado de su mujer, lo que, por el contrario, contribuía a que le fuera negada la hospitalidad.
El lugar era solitario; pero algunas personas se habían detenido y miraban de lejos con curiosidad, como se hace de ordinario cuando se ve a alguien que se queda durante largo tiempo, en el mismo sitio a la caída de la tarde… Por fin volvió José. Estaba tan avergonzado, que apenas se atrevía a acercarse a la Virgen. Le dijo que todo era inútil; pero que él conocía un sitio fuera de la ciudad donde los pastores se reunían a menudo cuando venían a Belén con sus rebaños, y que en aquel sitio podrían encontrar por lo menos un refugio… Salieron, pues, de Belén por el lado oriental, siguiendo un sendero desierto que torcía a la izquierda; subía un poco al principio, luego descendía la ladera de un montículo, y los condujo a algunos minutos al Este de Belén, delante del sitio que buscaban, cerca de una colina o de una vieja muralla delante de la cual se hallaban algunos árboles… En la extremidad meridional de la colina, alrededor de la cual daba vuelta el camino que conducía al valle de los pastores, se encontraba, además de varias otras abiertas en la roca, la gruta en la que José buscó un refugio para la Virgen. La entrada que miraba hacia Poniente, conducía por un estrecho pasaje a una especie de habitación, redondeada por un lado, triangular por el otro, situada en la parte oriental de la colina. La gruta había sido abierta en la roca por la naturaleza; pero del lado del Mediodía, donde pasaba el camino que conducía al valle de los pastores, se habían hecho algunas reparaciones por medio de un tosco trabajo de mampostería. Por este lado, que miraba hacia el Mediodía, había otra entrada, pero se hallaba generalmente tapada; José la volvió a abrir para su uso. Saliendo por allí, y hacia la mano izquierda, se encontraba una abertura más ancha que conducía a una cueva estrecha e incómoda, colocada a mayor profundidad, que iba a dar debajo de la gruta del Pesebre. La entrada habitual de la gruta del Pesebre miraba hacia Poniente. Desde allí podían verse los techos de algunas casas de Belén. Saliendo y dando vuelta a la derecha, se llegaba a la entrada de una gruta más profunda y más oscura, en la cual se refugió una vez la Santísima Virgen. Delante de la entrada abierta al Poniente, había un techo de junco apoyado sobre unas estacas que, extendiéndose hacia el Mediodía, cubría también la entrada que se hallaba de ese lado, de manera que se podía estar a la sombra delante de la gruta. En su extremo meridional, la gruta tenía en su parte alta tres aberturas enrejadas por donde entraban el aire y la luz; una abertura semejante se encontraba en la bóveda de la roca. Estaba cubierta de césped y formaba la extremidad de la altura sobre la cual estaba situada Belén. Era ya tarde cuando llegaron a la entrada de la gruta… José condujo al asno bajo el alero que estaba delante de la boca de la gruta; preparó un asiento para la Santísima Virgen, que se sentó mientras él buscaba alguna luz y penetraba en la cueva. La luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente… El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía… Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de Maria… Un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María… La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis… Luego lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido para adorarlo. Cuando había transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, prosternándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretase contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos y, derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo… A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores, había una colina… En las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores… Al nacimiento de Jesucristo, estos tres pastores, muy impresionados ante el aspecto de aquella noche tan maravillosa, se quedaron alrededor de sus cabañas mirando hacia todos lados… Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria sobre la gruta del pesebre… mientras los tres pastores estaban mirando hacia aquel lado del cielo, descendió sobre ellos una nube luminosa, dentro de la cual se dibujaban formas vagas, luego rostros, y finalmente se oyeron cantos muy armoniosos, muy alegres, cada vez más claros. Como al principio se asustaran los pastores, apareció un ángel entre ellos, que les dijo: “No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre”. Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez más intenso a su alrededor… Gandes figuras de ángeles muy bellos y luminosos alababan a Dios cantando: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.
|