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Siempre añoré visitar Roma, por su historia, por sus iglesias, por su cocina y sus vinos… Por todo lo que tiene que ofrecer. Nunca imaginé que mi primera visita a Roma iba a ser inolvidable, no sólo por esas, sino por muchas otras razones. Viajé a Roma el 21 de octubre con un grupo de 35 estudiantes del Colegio de Belén, un colegio jesuita de Miami. Soy profesora del colegio, y fui invitada a servir de chaperona de los estudiantes durante el viaje. El propósito de éste –en el cual también participaron otros profesores y sacerdotes del colegio, y varios padres– fue el de asistir a la canonización del P. Alberto Hurtado, S.J.
En la mañana del 23 de octubre, habiendo llegado a Roma, nos levantamos muy temprano y nos trasladamos a la Plaza de San Pedro. Allí nos encontramos con miles de personas que esperaban con entusiasmo para asistir a la santa Misa donde se canonizaría a cinco nuevos santos. La mañana era fresca y radiante, y el entusiasmo y el regocijo de la multitud eran contagiosos. Todos los grupos que representaban a los países de origen de los diferentes santos desplegaban pancartas, letreros, y llevaban camisetas con sus fotos. Nosotros llevamos una que decía “Contento, Señor, contento”, uno de los lemas favoritos del Padre Hurtado. La santa Misa fue celebrada por el Santo Padre Benedicto XVI. También acudieron todos los obispos que habían acudido a Roma para el Sínodo, que terminaba ese día.
El frente de la Basílica de San Pedro lucía una pancarta con las imágenes de cada uno de los nuevos santos. Un coro compuesto de adultos y niños que cantaban como un coro angelical acompañó la santa Misa. Cada santo fue presentado en el idioma de origen de su país natal por las personas encargadas de su respectiva causa, y, en un momento muy impresionante, las reliquias de cada uno fueron llevadas ante el Santo Padre y depositadas en un altar especial. Varios días después, cuando visitamos la iglesia del Gesu, pudimos ver de cerca la reliquia de San Alberto Hurtado. Pude, a través de la Misa, experimentar en profundidad lo que significa ser católico. Allí estaba yo, una simple mujer de Miami, acompañada de más de 50,000 personas (7,000 solamente de Chile, el país natal del Padre Hurtado), que como yo, y con la misma fe que yo, honraban la memoria de quienes habían dado su vida a Cristo. Me sentí rebosante de alegría, y pude comprender en ese momento lo que realmente quería decir San Alberto Hurtado por “Contento, Señor, contento”: que la verdadera alegría sólo se puede sentir cuando uno tiene al Señor adentro. Profesora de Belen Jesuit Preparatory School, de Miami
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