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¿Llegó la Navidad?

Sara Mateo y Alberto Barrios
Especial para La Voz Católica

 

Ya se sienten las influencias de la temporada navideña: los adornos por las casas y comercios, las luces de colores, los planes de compra, ventas en rebaja… ¡Ah!, a propósito, hace sólo unos días, el llamado “Viernes Negro”, multitud de personas salieron desde muy temprano a las tiendas en la búsqueda de infinidad de artículos que ese día se ofertan a bajos precios; y – también a propósito–  pudimos presenciar una gran distorsión, quizá, del verdadero mensaje del Maestro: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn.15,12); pareciera que hubiéramos entendido: “atropéllense los unos a los otros y, olvidense de Mí”. Se llegó, incluso, a derribar a una anciana, pisotearla y mandarla al hospital.

Con estupor pudimos apreciar también, en una encuesta libre que realizamos en nuestra fundación –denominada precísamente Ámense– entre cien encuestados dentro de un sector populoso de Hialeah con la pregunta: “¿qué representa para usted la Navidad?”, como la más alta frecuencia (42%) el siguiente género de respuestas: “la Navidad es prepararse para esperar el año nuevo” ; y le siguieron respuestas del tipo: “aprovechar las ventas especiales y comprar cosas nuevas”, con un 33%. El 25% restante incluyó respuestas genéricas como “hacer fiestas”, “intercambiar regalos”, “compartir con la familia”, “celebrar el nacimiento de Jesucristo”, entre otras.

La misma encuesta, realizada a 60 personas dentro de un sector católico, arrojó una frecuencia mayoritaria en respuestas como: “se celebra el nacimiento de Jesús”; “es la venida del Señor”; “la alegría del nacimiento del Hijo de Dios”.

Ahora bien, si es verdad que se da una visible diferencia entre las respuestas de un sector popular y uno estrictamente religioso, lo que no estudiamos fue ¿cuántas personas de las encuestadas en el sector religioso, formaron parte también de la falta de medida en este “Viernes Negro”? Ciertamente, eso nos faltó… Pero lo cierto es que, en general, se nos hizo doloroso constatar que conceptos relacionados con esperar, sentir y vivir el Amor de Jesús, estuvieron, casi del todo, disociados de las respuestas.

Aunque nuestros análisis pueden parecer eminentemente críticos, nuestro deseo es llevar a reflexionar al lector. Tomamos distancia de todo juicio e invitamos a que, a la luz de estos datos, cada cual logre, en sí mismo, un conocimiento de su postura interior ante la Navidad, de su manera de vivirla. No nos sentimos en contra de los comerciantes, ni de las compras, que pueden hacer de este tiempo una etapa placentera, para intercambiar regalos, satisfacer gustos, en fin, vivir concretamente el ambiente general de contagiosa alegría. Sin embargo, ¿llegamos a experimentar la verdadera alegría? ¿Hemos reparado que ésta es un don que brota de lo profundo de nuestro ser, aun en circunstancias de fuertes sufrimientos? ¿Hemos alcanzado la conciencia de que la alegría de la Navidad no viene de fuera de nosotros, sino de Dios mismo, que viene siempre y se manifiesta dentro de cada cual, aun en medio de gran escasez material?

Un tiempo de gozosa espera

La Iglesia establece el Adviento como un tiempo de gozosa espera, que nos prepara a recibir el Verbo de Dios (Jesús) dentro de nosotros y compartir este cambio, esta novedad, con toda la familia. Pero a veces se pretende empezar la Navidad sin vivir este tiempo preparatorio, que es eminentemente interior, de recogimiento, de entrar en sí mismo para identificar todas aquellas realidades que en cada cual están bloqueando el nacimiento del Amor.

Nuestras vidas están llamadas a ser mejores. Al vivir una Navidad desde el interior, haciendo morir la autosuficiencia, la ambición, la hipocresía, el creernos superiores a otros, los miedos, las inseguridades; en fin, todo aquello que frena el alumbramiento de lo Bueno que el Padre ha sembrado en cada uno de sus hijos, nuestra Navidad será diferente. Podremos experimentar, también, formas diferentes de ver la vida, proponiéndonos cambios desde dentro de nosotros mismos que den lugar a una mejoría en todas nuestras relaciones familiares y sociales.

Tratemos, pues, de lanzar una mirada desde dentro de cada cual, encontrar ese nacer que está siempre vivo, que, de seguro, todo lo que vivamos fluirá mejor y con más satisfacción y felicidad, y si priorizamos el camino de la Verdad y la Vida, no existirán nunca el vacío y la inseguridad, y conoceremos nuestra verdadera identidad. Permitamos que esa luz divina nos ilumine.

Todos los bautizados somos Iglesia y responsables de ser puentes para que nuestros templos se llenen al tope, para recibir al Salvador, que dio, da y dará en cada año nueva Luz a toda la humanidad.

¡Que nazca Jesús en todos los corazones!

 mailto:Amense3@aol.com