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Seminario bilingüe expone el papel
de las mujeres en la Biblia y en la Iglesia

 

Soledad Narváez

Especial para La Voz Católica

 

El Profesor Rogelio Zelada durante su disertación. Foto:Soledad Narváez

“Ha llegado ya la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres, llenas del espíritu del Evangelio, pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”. Con estas palabras del Papa Juan XXIII durante el Concilio Vaticano II, en 1965, el profesor Rogelio Zelada inició la presentación en español del seminario bilingüe “Las mujeres en la Biblia y en la Iglesia”, organizado por la Arquidiócesis de Miami y realizado el 14 de enero en la Universidad Saint Thomas. En inglés, el tema estuvo a cargo de la Dra. Adele González.

En el seminario, al que acudieron en su mayoría alumnos de las escuelas de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami, se discutió el importante papel de la mujer en la Iglesia de hoy. No en vano la mayoría de los evangelizadores misioneros son mujeres: más del 90 por ciento de los catequistas y del 70 por ciento de los profesores de religión, son mujeres. Hay un significativo número de mujeres al frente de importantes oficinas diocesanas en todo el país. Entre los ministerios litúrgicos, la mayoría de los ministros extraordinarios de la Comunión son mujeres; lo mismo sucede con los lectores y los acólitos o servidores del altar. “La mayor presencia y participación de la mujer en la Iglesia no es una concesión de misericordia, sino una devolución de lo que siempre le perteneció por derecho y por deber, y que en gran parte se les había arrebatado y negado”, afirmó Zelada.

Gracias al Concilio Vaticano II, las mujeres y los laicos recuperaron su identidad misionera y su capacidad de agentes pastorales y servidores ministeriales de la liturgia. El Concilio los incluyó en la vocación universal a la santidad, a la evangelización y participar en la vida de la Iglesia. El acceso de la mujer a la enseñanza y a cátedras universitarias en facultades civiles y eclesiásticas; el derecho de elegir y ser elegidas en organizaciones católicas, el creciente número de teólogas, exegetas y pastoralistas, y la aparición de asistentes y administradores pastorales mujeres, muestran un nuevo rostro de insospechadas posibilidades. “Todo esto es posible debido al mejor entendimiento de la Escritura, la Historia y la Tradición. La Iglesia de hoy está comenzando a superar discriminaciones para reconocer la igualdad y la dignidad humana del hombre y la mujer”, señaló Zelada.

Sin embargo, el conferencista subrayó que en el mundo de hoy existe todavía mucha resistencia masculina a reconocer la igualdad de la mujer. Hay también miedo a la pérdida de ciertos monopolios y poderes. Además, persiste una conciencia de servidumbre e inferioridad por parte de la propia mujer. “La Iglesia sigue siendo una comunidad de mayoría femenina regida por una minoría masculina”, enfatizó.

Esta resistencia al cambio tiene fuertes raíces, que se hunden en la antigüedad. Aunque en la Biblia se afirma que Dios creó al hombre y la mujer a su imagen y semejanza, de modo que la mujer no surgió para el servicio del varón, sino como su compañera, en el ámbito de la vida social hebrea la mujer era un ser de segunda categoría.

En el siglo I de la era que se llamaría cristiana, existía en Israel una sociedad patriarcal que discriminaba seriamente a la mujer y permitía la compra de la esposa, la ley del repudio, la lapidación de las adúlteras y la segregación de la mujer en el templo. Pero todo esto cambiaría con la llegada de Jesús, precisó Zelada.

Cristo acogió a todos los discriminados, y entre éstos a las mujeres. Él fue el promotor de la verdadera dignidad y vocación de la mujer. Jesús tenía algunas discípulas, entre las que los Evangelios mencionan a María Magdalena, a Juana, “mujer de Cusa”, a Susana… Estas mujeres lo siguieron hasta su muerte. María Magdalena fue la primera persona en verlo resucitado. Sin embargo, San Pablo no la menciona entre los testigos de la Resurrección porque, en el contexto cultural de la época, el testimonio de una mujer no tenía validez.

Gracias al ejemplo de Jesús, que fue el promotor de la verdadera dignidad y de la vocación espiritual de la mujer, ésta empezó a ocupar puestos de relativa influencia en la naciente Iglesia cristiana. Así las encontramos como apóstoles (María Magdalena), diaconisas, protectoras o dirigentes. También encontramos a las mujeres en todos los ministerios y responsabilidades eclesiales. Llama la atención que la mujer sea diaconisa, viniendo a ser considerada en el siglo IV como parte del clero.

Lamentablemente, y a pesar de todo lo ganado, la Edad Media trae un gran retroceso en este sentido. San Agustín y Santo Tomás de Aquino, influidos por Platón y Aristóteles, emitieron juicios desfavorables sobre la mujer. Así comenzó un proceso de discriminación hacia la mujer que llega hasta nuestros días.

Algunas mujeres como Santa Catalina de Siena, Isabel la Católica, Juana de Arco y Santa Teresa de Ávila, fueron excepciones a la regla.

El seminario concluyó con una interesante discusión sobre la ordenación de la mujer al presbiterado, tema sobre el que la postura oficial de la Iglesia, expresada en varios documentos, afirma que “la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles”.

Reportera independiente
mailto:solnarvaez@yahoo.com