El
Papa pide a las naciones
que construyan la paz sobre la verdad
La justa distribución de los bienes es imprescindible para
lograr la paz, señaló el Papa ante los representantes de la
mayor parte de los gobiernos del mundo
ACI / Redacción
El lunes 9 de enero, durante el tradicional encuentro del
pontífice con el cuerpo diplomático acreditado ante el Vaticano,
el Papa Benedicto XVI, rompiendo la tradición de pronunciar una
evaluación del “estado del mundo”, lanzó en cambio un enérgico
llamado a la construcción de la paz en base a la verdad en el
mundo.
El Papa Juan Pablo II solía utilizar este encuentro con el
cuerpo diplomático para hacer una evaluación pormenorizada de la
situación de la realidad en el mundo, pasando revista continente
por continente. En esta ocasión, en cambio, el Papa Benedicto
XVI hizo sólo dos menciones geográficas –Tierra Santa y África–
y centró su discurso más bien en la paz y su relación con la
verdad, en línea con su reciente mensaje con ocasión de la
Jornada Mundial de la Paz 2006.
“Mirando la situación del mundo de hoy”, dijo el Papa, “en el
que, junto a funestos escenarios de conflictos bélicos, abiertos
o latentes, o sólo aparentemente calmados, se puede apreciar
–gracias a Dios– un esfuerzo valiente y tenaz por parte de
muchos hombres y de muchas instituciones en favor de la paz,
quisiera proponer, como un estímulo fraterno, algunas
reflexiones que presento en unos sencillos enunciados”.
Compromiso por la verdad
“Primero”, dijo el Papa, “el compromiso por la verdad es el alma
de la justicia. Quien se compromete por la verdad debe rechazar
la ley del más fuerte, que se basa en la mentira y que –en el
ámbito nacional e internacional– tantas veces ha provocado
tragedias en la historia del hombre. La mentira a menudo se
presenta con una apariencia de verdad, pero en realidad siempre
es selectiva y tendenciosa, orientada egoístamente a
instrumentalizar al hombre y, en definitiva, a anularlo”.
Hablando en francés, el Santo Padre recordó que “los sistemas
políticos del pasado, pero no sólo del pasado, son un amargo
ejemplo de ello. En el lado opuesto están la verdad y la
veracidad, que llevan al encuentro del otro, a su reconocimiento
y al acuerdo. Por su propio resplandor –splendor veritatis–,
la verdad no puede dejar de difundirse; y el amor de lo
verdadero, por su dinamismo intrínseco, está orientado
totalmente a la comprensión imparcial y ecuánime, así como a la
participación, no obstante cualquier dificultad. Cuando estos
aspectos, distintos y complementarios –la diversidad y la
igualdad– son conocidos y reconocidos, entonces los problemas
pueden solucionarse y las discordias resolverse según justicia;
entonces son posibles acuerdos profundos y duraderos. En cambio,
cuando uno de ellos es desconocido o no es tomado en su debida
consideración, entonces se produce la incomprensión, el
enfrentamiento, la tentación de la violencia y del abuso de
poder”, advirtió el Papa.
El Papa propuso un segundo enunciado: “el compromiso por la
verdad da fundamento y vigor al derecho a la libertad”.
“La grandeza singular del ser humano”, dijo, “tiene su última
raíz en esto: el hombre puede conocer la verdad. Y el hombre la
quiere conocer. Pero la verdad puede alcanzarse sólo en la
libertad. Esto es válido para todas las verdades, como se ve en
la historia de las ciencias; pero es cierto de manera eminente
para las verdades en las que lo que está en juego es el hombre
mismo en cuanto tal, las verdades del espíritu: las que
conciernen al bien y al mal, las grandes metas y perspectivas de
la vida, la relación con Dios”.
La verdad y la reconciliación
Benedicto XVI pasó luego a un tercer enunciado: “el compromiso
por la verdad abre el camino al perdón y a la reconciliación”.
El Papa explicó al respecto que “a lo largo de la historia,
éstas también han dado lugar a violentas contraposiciones, a
conflictos sociales y políticos, e incluso a guerras de
religión. Esto es verdad, y no se puede negar; pero esto ha
ocurrido siempre por una serie de causas concomitantes, que poco
o nada tenían que ver con la verdad y la religión, y siempre
porque se quiere sacar provecho de medios realmente
irreconciliables con el puro compromiso por la verdad y con el
respeto de la libertad requerido por la verdad”.
“Por lo que concierne específicamente a la Iglesia Católica”,
dijo el Papa, “ella condena los graves errores cometidos en el
pasado, tanto por parte de sus miembros como de sus
instituciones, y no ha dudado en pedir perdón. Lo exige el
compromiso por la verdad”.
“La petición de perdón y el don del perdón… son elementos
indispensables para la paz”, agregó.
Luego de mencionar los conflictos en Tierra Santa, el Líbano,
Iraq, África y especialmente la región de Darfur en Sudán,
el Santo Padre recordó que entre las grandes tareas de la
diplomacia se debe contar indudablemente con la de hacer
comprender a todas las partes en conflicto que, si aman la
verdad, no pueden dejar de reconocer los errores –y no sólo los
de los otros–, ni pueden rechazar el abrirse al perdón, pedido y
concedido. El compromiso por la verdad –que ciertamente les
interesa– los convoca a la paz, a través del perdón”.
La justa distribución de los bienes para lograr la paz
“La paz”, precisó el pontífice, “no es sólo el silencio de las
armas; es, más bien, una paz que favorece la formación de nuevos
dinamismos en las relaciones internacionales, dinamismos que a
su vez se transforman en factores de conservación de la paz
misma”.
El Santo Padre destacó al respecto que “no se puede hablar de
paz allá donde el hombre no tiene ni siquiera lo indispensable
para vivir con dignidad. Pienso ahora en las multitudes inmensas
de poblaciones que padecen hambre. Aunque no estén en guerra, la
suya no se puede llamar paz: aún más, son víctimas inermes de la
guerra”.
“Vienen también espontáneamente a mi mente las imágenes
sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de
refugiados –en muchas partes del mundo– acogidos en precarias
condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados
de todo”, dijo el Papa.
“Estos seres humanos”, preguntó, “¿no son nuestros hermanos y
hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas
esperanzas legítimas de felicidad que los demás?”.
Benedicto XVI dirigió también su pensamiento “a todos los que,
por condiciones de vida indigna, se ven impulsados a emigrar
lejos de su país y de sus seres queridos, con la esperanza de
una vida más humana. Ni podemos olvidar tampoco la plaga del
tráfico de personas, que es una vergüenza para nuestro tiempo”.
El Papa señaló que “la verdad exige que ninguno de los Estados
prósperos se sustraiga a las propias responsabilidades y al
deber de ayuda, utilizando con mayor generosidad los propios
recursos. Se puede afirmar, sobre la base de datos estadísticos
disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas
destinadas globalmente a armamentos sería más que suficiente
para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso
ejército de los pobres”.
“Esto interpela a la conciencia humana”, agregó.
“Nuestro común compromiso por la verdad”, señaló luego, “puede y
tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo
el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que
dependen de las relaciones internacionales políticas,
comerciales y culturales, que por circunstancias incontroladas”.
La paz y la esperanza
El Papa Benedicto XVI propuso como último enunciado: “el
compromiso por la paz abre camino a nuevas esperanzas”.
“Es como una conclusión lógica de lo que he tratado de ilustrar
hasta ahora”, señaló. “¡Porque el hombre es capaz de verdad! Lo
es tanto sobre los grandes problemas del ser, como sobre los
grandes problemas del obrar: en la esfera individual y en las
relaciones sociales, en el ámbito de un pueblo como de la
humanidad entera”.
“La Iglesia vive siempre de esta verdad; pero de modo particular
se ilumina con ella y se alegra en esta etapa del año litúrgico.
Y a la luz de esta verdad mis palabras, dirigidas a vosotros y
para vosotros, que representáis aquí a la mayor parte de las
naciones del mundo, quieren ser al mismo tiempo testimonio y
augurio: ¡en la verdad, la paz!”, concluyó el Papa.
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