Benedicto XVI publica su primera encíclica:
“Deus caritas est”
ACI
El 25 de enero fue publicada la primera Encíclica del Papa
Benedicto XVI, quien bajo el título Deus caritas est
expone el tema del amor cristiano, abarcando una reflexión
teológico filosófica así como la concretización del amor y la
caridad en el mundo de hoy.
“Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y
Dios en él”. Con esta cita bíblica de la primera epístola de San
Juan Evangelista comienza la encíclica del Santo Padre, palabras
que “expresan el centro de la fe cristiana”.
La Encíclica está articulada en dos grandes partes. La primera
ofrece una reflexión teológico-filosófica sobre el amor en sus
diversas manifestaciones, concretamente eros, philia, ágape;
y precisa algunos datos esenciales del amor de Dios por el
hombre y de la unión intrínseca que tal amor tiene con el amor
humano.
“El término ‘amor’ –afirma el documento–, una de las palabras
más usadas y abusadas en el mundo de hoy, posee un amplio campo
semántico. En la multiplicidad de significados, sin embargo,
emerge como arquetipo de amor por excelencia el amor entre el
hombre y la mujer, que en la antigua Grecia era calificado con
el nombre de eros”.
Continuando con la explicación del término “amor’, el Santo
Padre recuerda que “en la Biblia, y sobre todo en el Nuevo
Testamento, el concepto de ‘amor’ es profundizado –un desarrollo
que se expresa en la misma al margen de la palabra eros a
favor del término ágape, para expresar así un amor
oblativo”.
Saliendo al encuentro de posibles mal interpretaciones de tal
desarrollo, como lecturas negativas del eros y de la
corporeidad, la encíclica destaca que “el eros, puesto en
la naturaleza del hombre por el mismo Creador, necesita de
disciplina, de purificación y de maduración para no perder su
dignidad originaria y no degradar a puro ‘sexo’, convirtiéndose
así en una mercadería”.
“La fe cristiana –continúa– siempre ha considerado al hombre
como ser en el cual el espíritu y la materia se compenetran
mutuamente, obteniendo de esto una nueva nobleza. El desafío del
eros puede decirse superado cuando en el hombre cuerpo y
alma se encuentran en perfecta armonía. Entonces el amor se
convierte, si, en ‘éxtasis’, pero no éxtasis en el sentido de un
momento de embriaguez pasajera, mas como éxodo permanente del yo
cerrado en sí mismo hacia su liberación en el don de sí, y
justamente de este modo hacia el reencuentro de sí, hacia el
descubrimiento de Dios: en este modo el eros puede elevar
al ser humano ‘en éxtasis’ hacia el Divino”.
Más adelante se lee: “incluso si el eros inicialmente es
sobre todo deseo, en el acercarse después a la otra persona se
pondrá cada vez menos preguntas sobre sí, buscará cada vez más
la felicidad del otro, se donará y deseará ‘ser para’ el otro:
así se inserta en este y se afirma el momento del ágape”.
“En Jesucristo, que es el amor encarnado de Dios, el
eros-ágape alcanza su forma más radical. En la muerte en la
cruz, Jesús, donándose para levantar y salvar al hombre, expresa
el amor en la forma más sublime. En este acto de oferta, Jesús
ha asegurado una presencia duradera a través de la institución
de la Eucaristía, donde bajo las especies de pan y de vino, se
dona a sí mismo como nuevo maná que nos une a Él”.
“Participando de la Eucaristía, también nosotros somos
involucrados en la dinámica de su donación. Nos unimos a Él y al
mismo tiempo nos unimos a todos los demás a los cuales Él se
dona; convirtiéndonos así todos en ‘un solo cuerpo’. De modo que
amor por Dios y amor por el prójimo son verdaderamente
fusionados. El doble mandamiento, gracia a este encuentro con el
ágape de Dios, no es más solo una exigencia: el amor
puede ser ‘mandado’ porque antes ha sido donado”.
La práctica de la Caridad
La segunda parte del documento trata en cambio el ejercicio
concreto del mandamiento del amor hacia el prójimo. En esta
parte se afirma que “el amor al prójimo enraizado en el amor de
Dios, además de ser una tarea de cada fiel, lo es también de la
entera comunidad eclesial, que en su actividad caritativa debe
reflejar el amor trinitario”.
“La conciencia de tal tarea –continúa la Encíclica– ha tenido
una relevancia constitutiva en la Iglesia desde sus inicios. En
la estructura fundamental de la Iglesia surge la ‘diaconía’ como
servicio del amor hacia el prójimo ejercitado comunitariamente y
en modo ordenado”.
El Papa Benedicto XVI hace ver también como “con el progresivo
difundirse de la Iglesia, este ejercicio expresa así una triple
tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los
Sacramentos, servicio de la caridad. Se trata de tareas que se
presuponen mutuamente y que no pueden ser separadas una de la
otra”.
El Papa critica luego la visión utilitaria de la caridad,
especialmente en el marxismo, al afirmar que ”desde el siglo
XIX, fue levantada una objeción fundamental contra la actividad
caritativa de la Iglesia: esta estaría en contraposición –se ha
dicho– con la justicia y terminaría por actuar como sistema de
conservación del status quo. Con el cumplimiento
de obras de caridad la Iglesia favorecería el mantenimiento del
sistema injusto en acto haciéndolo algo soportable y frenando
así la rebelión y el potencial cambio hacia un mundo mejor. En
este sentido el marxismo había indicado en la revolución mundial
y en su preparación la panacea para la problemática social- un
sueño que en el entre tiempo se desvaneció”.
Recordando, en esta línea, el magisterio de los Pontífices,
“comenzando por la Encíclica Rerum novarum de León XIII
hasta la trilogía de Encíclicas sociales de Juan Pablo II (Laborem
exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus)”, la
Encíclica afirma que ha “afrontado con creciente insistencia la
cuestión social, y en el confronto con situaciones problemáticas
siempre nuevas ha desarrollado una doctrina social muy
articulada, que propone orientaciones válidas más allá de los
confines de la Iglesia”.
“La creación de un justo orden de la sociedad y del Estado
–continúa– es tarea central de la política, y por lo tanto no
puede ser encargo inmediato de la Iglesia. La doctrina social
católica no quiere dar a la Iglesia un poder sobre el Estado,
sino simplemente purificar e iluminar la razón, ofreciendo así
la propia contribución a la formación de las conciencias, para
que las verdaderas exigencias de la justicia puedan ser
percibidas, reconocidas y también realizadas. Sin embargo no
existe ningún orden estatal que, por muy justo, pueda hacer
superficial el servicio del amor”.
“El Estado que quiere proveer a todo se convierte en definitiva
en una instancia burocrática que no puede asegurar la
contribución esencial que el hombre sufriente necesita: la
amorosa entrega personal”, advierte además el Papa Benedicto.
La encíclica hace ver como un efecto colateral de la
globalización “se manifiesta en el hecho que la solicitud por el
prójimo, superando los confines de las comunidades nacionales,
tiende a extender sus horizontes al mundo entero. Las
estructuras del Estado y las asociaciones humanitarias segundan
en varios modos la solidaridad expresada por la sociedad civil:
se han formado así múltiples organizaciones con fines
caritativos y filantrópicos”.
“También en la Iglesia Católica –sigue el Santo Padre– y en
otras Comunidades eclesiales han surgido nuevas formas de
actividad caritativa. Entre todas estas instancias es necesario
que se establezca una colaboración fructífera. Naturalmente es
importante que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda
la propia identidad disolviéndose en la común organización
asistencial y convertirse en una simple variante, sino que
mantenga todo el esplendor de la esencia de la caridad cristiana
y eclesial”.
Para que la Iglesia mantenga la esencia de la caridad cristiana,
el Papa hace referencia a la necesidad de:
- “basarse en la experiencia de un encuentro personal con
Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando
en él el amor por el prójimo”.
- “debe ser independiente de partidos e ideologías. El programa
del cristiano es un corazón que ve. Este corazón ve donde hay
necesidad de amor y actúa en modo consecuente”.
- “no debe ser medio en función de aquello que hoy es indicado
como proselitismo. El amor es gratuito; no es ejercitado para
alcanzar otros medios.
“Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por así
decir, dejar a Dios y a Cristo de lado”, advierte el Pontífice.
“El cristiano sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando
es justo callar y dejar hablar solamente al amor. El himno a la
caridad de San Pablo debe ser la Magna Carta de todo el
sercito eclesial para protegerlo del riesgo de degradar en puro
activismo”, añade.
Oración en la acción
Hacia el final de la encíclica el Santo Padre recuerda la
importancia de la oración. “Frente al secularismo que puede
condicionar también a muchos cristianos comprometidos en el
trabajo caritativo, es necesario reafirmar la importancia de la
oración”.
“El contacto vivo con Dios –dice el Papa– evita que la
experiencia de la desproporción de la necesidad y de los límites
del propio actuar puedan, por un lado, llevar a la persona a la
ideología que pretende ahora aquello que Dios, por cuanto parece,
no consigue, o, por otro lado, ser tentación para ceder a la
inercia y a la resignación”.
“Quien reza no pierde su tiempo, incluso si la situación parece
impulsar únicamente la acción, no pretende cambiar o corregir
los planes de Dios, sino que busca- bajo el ejemplo de María y
los Santos- de buscar en Dios la luz y la fuerza del amor que
vence toda oscuridad y egoísmo presente en el mundo”, concluye
el Pontífice.
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