Las mujeres que siguieron a Jesús
El pequeño salón se ha llenado a capacidad porque ninguno quiso
perder la ocasión de escuchar al Maestro. En el entusiasmo de la
tarde flota cierto aire de incomodidad, por la presencia de
aquella mujer que, en vez de escuchar discretamente desde la
puerta o la ventana, como se espera de toda mujer honorable, ha
venido a sentarse entre los hombres, en medio de la sala.
Con verdadero alivio,
los discípulos y simpatizantes que rodean a Jesús, escuchan la
voz de Marta, que desde la puerta interrumpe al maestro para
reclamar la presencia de su hermana María: “Señor, ¿No te
importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me
ayude”. La indirecta ha sido entendida por todos; más que buscar
apoyo para preparar la cena, Marta trata de devolver a su
hermana al lugar que le corresponde como mujer: la cocina.
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“Las
Mujeres en la Tumba”, de Fra Angélico. |
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La respuesta de Jesús
asombró y seguramente escandalizó a todos los presentes, ya que
no sólo no condena el “atrevido” comportamiento de María, sino
que además le da la razón y les reconoce, a ella y a todas las
mujeres, el derecho al discipulado. Una dignidad que nadie les
podrá arrebatar nunca más.
Dos mundos separados
En el tiempo de Jesús
el mundo del varón y el de la mujer estaban totalmente separados.
La sociedad de Israel vivía una impronta de corte patriarcal, en
la que la mujer era seriamente discriminada. Se permitía la
compra de la esposa, que era posesión del varón, y casi
considerada como un ser de segunda clase.
La mujer pasaba de
estar bajo la autoridad de su padre a la de su marido y,
finalmente, a la del hijo mayor. Como la ley la excluía de la
herencia al enviudar, era constantemente víctima de la opresión,
el maltrato y la miseria. El término hebreo que se traduce por
“viuda” expresa el concepto de una persona que no puede hablar
por sí misma, ya que la voz de la mujer es la del padre, o la
del esposo o la del hijo. Una viuda no tiene a nadie que hable
por ella; por tanto, es considerada social y religiosamente “muda”,
totalmente desamparada ante la sociedad.
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“La
Conversión de la Pecadora”, de William Hole. |
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El sitio natural de
toda mujer está en el interior de la casa, atendiendo al marido,
a los hijos y el hogar. Ella es la responsable de la crianza de
los niños hasta los siete u ocho años, edad en que pasaban al
exclusivo control paterno.
Los niños varones eran
más mimados, cuidados y atendidos que las hembras. La madre les
daba el pecho el doble del tiempo que a las niñas y, desde que
tenían uso de razón, se les enseñaba que las mujeres de la
familia estaban allí para su servicio.
La educación de las
niñas le correspondía sólo a la madre, ayudada por las otras
mujeres de la casa. Las niñas carecían de infancia, porque desde
muy pequeñas comenzaban a ser instruidas y entrenadas en las
tareas y deberes domésticos.
La mujer debía vestir
a toda la familia, distribuir los alimentos y hacer todo lo que
fuera necesario para sacar adelante al grupo familiar. Estaba
estipulada la cantidad de lana (en Judea) o de lino (en Galilea)
que debía hilar semanalmente. Una medida de tejido que sólo se
le permitía disminuir durante la lactancia de un niño varón
menor de dos años.
Una mujer sólo podía
salir de su casa en caso de justificada necesidad y, cuando lo
hacía, se le pedía guardar absoluto anonimato y cubrirse
totalmente con un velo.
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“Jesús
y la Samaritana”, de Geerten tot Sint Jans. |
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En la calle no se le
permitía preguntar, ni dirigir la palabra a un varón, y si lo
hacía, se le debía responder lo más escuetamente posible. Nunca
un hombre saluda o le dirige la palabra a una mujer, a no ser
que sea para insultarla públicamente.
Una
mujer sólo era considerada adulta cuando se casaba y entraba en
la familia de su esposo, aunque no llegaba a formar parte de
ésta hasta que diese a luz un hijo varón. Mientras tanto,
quedaba en la periferia familiar y era tratada como una extraña.
Sólo la llegada de un hijo varón daba un mejor lugar a esposa en
la familia del marido. Si no tenía hijos, entonces acarreaba
vergüenza a todos y era considerada una extranjera.
Fuera de su parentezco cercano, una mujer no tenía contacto
alguno con otros hombres. Por eso encontraban apoyo en la
compañía de otras mujeres, con las que se les permitía tener
amistad y establecer unos lazos de solidaridad muchas veces más
estrechos que los que existían entre esposo y esposa.
Dependiendo de las diversas situaciones vitales, una mujer sólo
se encontraba con los varones de su familia durante las comidas
y, en el caso de los esposos, sólo en la cama.
Como el honor femenino dependía en primer lugar de su virginidad,
que era la conditio sine qua non del matrimonio, una
novia que no pudiese ofrecer prueba de ser virgen, era devuelta
la misma noche de bodas, deshonrosa e inmediatamente, a su
famila paterna.
Toda mujer virtuosa debía ser educada para cultivar la castidad,
el silencio, el trabajo abnegado, la sensibilidad y la
preocupación por el honor de la familia y, sobre todo, la
obediencia.
Aunque, en teoría, el marido no podía repudiar a su mujer por
cualquier motivo, la ley le otorgaba el derecho a divorciarse
cuando ella era estéril o presentaba alguna “tara”. (Se
presuponía entonces que la esterilidad era una condición
exclusivamente femenina, y que el hombre nunca podía ser el
estéril.)
El
adulterio sólo existía al cometerse contra el varón; por eso la
esposa adúltera y su cómplice debían ser apedreados hasta morir,
pero ninguna ley sancionaba al marido que hubiera tenido
relaciones sexuales con prostitutas o con mujeres no casadas.
De
acuerdo a este universo socio-religioso-cultural no es extraño
que en los Evangelios se hable relativamente poco de la mujer;
sin embargo, todo lo que el Nuevo Testamento dice de ellas es
tremendamente importante y significativo.
El
Templo de Jerusalén era el signo de la separación
religioso-social de Israel.
El
espacio para Dios, el Santo de los Santos, le estaba vedado al
pueblo en general. Los paganos no podían, bajo pena de muerte
inmediata, pasar más allá del patio reservado para ellos. Las
mujeres judías, confinadas a su atrio, tenían prohibido el
acceso al recinto de los varones. En este sistema religioso
quedaban separadas las razas (judío-gentil), los sexos
(hombre-mujer) y las clases sociales (clero-laicos).
Jesús, en contradicción con su época
Jesús, al contrario, acoge a los pecadores, los publicanos, los
niños, los paganos, los leprosos, los pobres y las mujeres; está
en la cercana compañía de todos aquellos que religiosamente han
experimentado la discriminación social.
Los
rechazados encuentran acogida, apoyo y reconocimiento en Jesús
de Nazaret, que fue ante sus contemporáneos un auténtico
promotor de la dignidad de la mujer y, sobre todo, de la
vocación que corresponde a esa dignidad.
En
contradicción con su época, Jesús no tiene reparo en acercarse a
una mujer y hablar con ella; junto al pozo de Siquem, es Él
quien inicia el diálogo con la samaritana, para revelarle su
misterio y el sentido del culto.
En
este texto del Evangelio de San Juan se descubre el asombro de
los discípulos al encontrarlo conversando animadamente con una
mujer que no sólo es samaritana, sino que además resulta ser de
vida bastante irregular.
Antes, en la región de Tiro, una mujer pagana había provocado el
acercamiento de Jesús a los no judíos; ahora es esta mujer
samaritana la que se convierte en la primera misionera de la
región y logra que la gente del lugar comience a creer en Jesús,
gracias a la Palabra que ella misma les ha anunciado.
Jesús acoge y sana a las mujeres aquejadas del dolor y la
enfermedad; endereza a una mujer encorvada; cura a una (la
suegra de Pedro) que está en su casa con fiebra alta, y a otra
que padece de flujo de sangre; consuela y llena de alegría a la
que sufre por la muerte de su hijo (la viuda de Naim), o
devuelve a su padre a la que ha perdido la vida (la hija de
Jairo).
En
sus parábolas, las mujeres se convierten en auténtico ejemplo
evangélico, como le sucede a la mujer que perdió una monedita, o
a la que supo amasar la levadura, o a las vírgenes llenas de
prudencia,, o a la viejecita que generosamente dejó en el tesoro
del Templo todo lo que tenía para vivir.
Jesús rehabilita y promueve a mujeres que, debido a su condición
o a su tipo de vida, eran marginadas y rechazadas por la
sociedad.
En
la casa de Simón el fariseo, deja atónitos al anfitrión y a los
comensales cuando se deja tocar por una mujer que la ley
consideraba impura (ninguna mujer podía tocar a un hombre y,
si ésta era legalmente impura, todo el que ella tocase quedaba
igualmente impuro). Además, es una reconocida prostituta que
invade un espacio masculino (la cena de los hombres),
siempre prohibido para cualquier mujer.
Se
puede imaginar la confusión de todos los presentes cuando Jesús
alaba el comportamiento de esta mujer y lo presenta como
ejemplar: su honda fe la ha justificado ante los ojos de Dios. A
pesar de su vida rota, ella posee una sinceridad que ha sido
capaz de salvarla.
Discípulas con todo derecho
Todavía más revolucionario y escandaloso fue el hecho de que
Jesús aceptase la compañía de las mujeres. Le gusta que éstas lo
acompañen y lo sigan en sus correrías y peregrinaciones por
ciudades y pueblos. Son mujeres que han roto con su vida
anterior para entregarse a la causa del Reino y llevar la misma
vida itinerante y desinstalada de Jesús. Por eso pueden llamarse
con todo derecho discípulas, porque seguir a Jesús (akolouthein)
es el comportamiento típico de los discípulos.
Que
el Evangelio las mencione por su nombre indica que eran muy
conocidas por las comunidades cristianas de entonces: María;
Magdalena; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes;
Susana, y muchas otras que lo asistían con sus bienes. Todas
iban junto con los Doce y, a diferencia de los apóstoles que se
dieron a la fuga, ellas presenciaron de cerca la muerte de Jesús.
María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José,
Salomé y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén,
serán testigos de su entierro y las primeras en recibir el
anuncio de la Resurrección. Es muy significativo que estos tres
hechos –la muerte de Jesús, la sepultura y la Resurrección–
formen el núcleo de la fe que confiesa el credo cristiano
primitivo, y en estos tres hechos fundamentales, sólo son
mujeres los principales testigos.
En
el relato de la aparición del Resucitado, María Magdalena recibe
del Señor nada menos que la misión de anunciar el mensaje
pascual a los discípulos, lo que la hace “la apóstol de los
apóstoles” (apostola apostolorum).
El ser, el decir y el hacer de
Jesús de Nazaret aparecen como proféticos en favor de la
igualdad original del ser humano, imagen y semejanza del Creador.
Desde esta perspectiva, la mujer recibe el llamado al
discipulado y a la misión con la misma e idéntica dignidad que
el varón; una novedad de vida evangélica que surge en fuerte
contraste y tensión con el universo religioso en el que se abrió
paso la predicación del mensaje evangélico. Un mundo en el que
muchos hombres comenzaban el día dando gracias a Dios con esta
plegaria: “Bendito seas, Señor, porque soy judío y no gentil;
observante de la Ley y no publicano; porque me has hecho
hombre y no animal, libre y no esclavo; porque me has hecho
varón y no mujer”.
mailto:zelada@miamiarch.org
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