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Las mujeres que siguieron a Jesús

 

Rogelio Zelada

El pequeño salón se ha llenado a capacidad porque ninguno quiso perder la ocasión de escuchar al Maestro. En el entusiasmo de la tarde flota cierto aire de incomodidad, por la presencia de aquella mujer que, en vez de escuchar discretamente desde la puerta o la ventana, como se espera de toda mujer honorable, ha venido a sentarse entre los hombres, en medio de la sala.

Con verdadero alivio, los discípulos y simpatizantes que rodean a Jesús, escuchan la voz de Marta, que desde la puerta interrumpe al maestro para reclamar la presencia de su hermana María: “Señor, ¿No te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude”. La indirecta ha sido entendida por todos; más que buscar apoyo para preparar la cena, Marta trata de devolver a su hermana al lugar que le corresponde como mujer: la cocina.

“Las Mujeres en la Tumba”, de Fra Angélico.

La respuesta de Jesús asombró y seguramente escandalizó a todos los presentes, ya que no sólo no condena el “atrevido” comportamiento de María, sino que además le da la razón y les reconoce, a ella y a todas las mujeres, el derecho al discipulado. Una dignidad que nadie les podrá arrebatar nunca más.

 

Dos mundos separados

En el tiempo de Jesús el mundo del varón y el de la mujer estaban totalmente separados. La sociedad de Israel vivía una impronta de corte patriarcal, en la que la mujer era seriamente discriminada. Se permitía la compra de la esposa, que era posesión del varón, y casi considerada como un ser de segunda clase.

La mujer pasaba de estar bajo la autoridad de su padre a la de su marido y, finalmente, a la del hijo mayor. Como la ley la excluía de la herencia al enviudar, era constantemente víctima de la opresión, el maltrato y la miseria. El término hebreo que se traduce por “viuda” expresa el concepto de una persona que no puede hablar por sí misma, ya que la voz de la mujer es la del padre, o la del esposo o la del hijo. Una viuda no tiene a nadie que hable por ella; por tanto, es considerada social y religiosamente “muda”, totalmente desamparada ante la sociedad.

“La Conversión de la Pecadora”, de William Hole.

El sitio natural de toda mujer está en el interior de la casa, atendiendo al marido, a los hijos y el hogar. Ella es la responsable de la crianza de los niños hasta los siete u ocho años, edad en que pasaban al exclusivo control paterno.

Los niños varones eran más mimados, cuidados y atendidos que las hembras. La madre les daba el pecho el doble del tiempo que a las niñas y, desde que tenían uso de razón, se les enseñaba que las mujeres de la familia estaban allí para su servicio.

La educación de las niñas le correspondía sólo a la madre, ayudada por las otras mujeres de la casa. Las niñas carecían de infancia, porque desde muy pequeñas comenzaban a ser instruidas y entrenadas en las tareas y deberes domésticos.

La mujer debía vestir a toda la familia, distribuir los alimentos y hacer todo lo que fuera necesario para sacar adelante al grupo familiar. Estaba estipulada la cantidad de lana (en Judea) o de lino (en Galilea) que debía hilar semanalmente. Una medida de tejido que sólo se le permitía disminuir durante la lactancia de un niño varón menor de dos años.

Una mujer sólo podía salir de su casa en caso de justificada necesidad y, cuando lo hacía, se le pedía guardar absoluto anonimato y cubrirse totalmente con un velo.

“Jesús y la Samaritana”, de Geerten tot Sint Jans.

 

 

En la calle no se le permitía preguntar, ni dirigir la palabra a un varón, y si lo hacía, se le debía responder lo más escuetamente posible. Nunca un hombre saluda o le dirige la palabra a una mujer, a no ser que sea para insultarla públicamente.

Una mujer sólo era considerada adulta cuando se casaba y entraba en la familia de su esposo, aunque no llegaba a formar parte de ésta hasta que diese a luz un hijo varón. Mientras tanto, quedaba en la periferia familiar y era tratada como una extraña. Sólo la llegada de un hijo varón daba un mejor lugar a esposa en la familia del marido. Si no tenía hijos, entonces acarreaba vergüenza a todos y era considerada una extranjera.

Fuera de su parentezco cercano, una mujer no tenía contacto alguno con otros hombres. Por eso encontraban apoyo en la compañía de otras mujeres, con las que se les permitía tener amistad y establecer unos lazos de solidaridad muchas veces más estrechos que los que existían entre esposo y esposa.

Dependiendo de las diversas situaciones vitales, una mujer sólo se encontraba con los varones de su familia durante las comidas y, en el caso de los esposos, sólo en la cama.

Como el honor femenino dependía en primer lugar de su virginidad, que era la conditio sine qua non del matrimonio, una novia que no pudiese ofrecer prueba de ser virgen, era devuelta la misma noche de bodas, deshonrosa e inmediatamente, a su famila paterna.

Toda mujer virtuosa debía ser educada para cultivar la castidad, el silencio, el trabajo abnegado, la sensibilidad y la preocupación por el honor de la familia y, sobre todo, la obediencia.

Aunque, en teoría, el marido no podía repudiar a su mujer por cualquier motivo, la ley le otorgaba el derecho a divorciarse cuando ella era estéril o presentaba alguna “tara”. (Se presuponía entonces que la esterilidad era una condición exclusivamente femenina, y que el hombre nunca podía ser el estéril.)

El adulterio sólo existía al cometerse contra el varón; por eso la esposa adúltera y su cómplice debían ser apedreados hasta morir, pero ninguna ley sancionaba al marido que hubiera tenido relaciones sexuales con prostitutas o con mujeres no casadas.

De acuerdo a este universo socio-religioso-cultural no es extraño que en los Evangelios se hable relativamente poco de la mujer; sin embargo, todo lo que el Nuevo Testamento dice de ellas es tremendamente importante y significativo.

El Templo de Jerusalén era el signo de la separación religioso-social de Israel.

El espacio para Dios, el Santo de los Santos, le estaba vedado al pueblo en general. Los paganos no podían, bajo pena de muerte inmediata, pasar más allá del patio reservado para ellos. Las mujeres judías, confinadas a su atrio, tenían prohibido el acceso al recinto de los varones. En este sistema religioso quedaban separadas las razas (judío-gentil), los sexos (hombre-mujer) y las clases sociales (clero-laicos).

Jesús, en contradicción con su época

Jesús, al contrario, acoge a los pecadores, los publicanos, los niños, los paganos, los leprosos, los pobres y las mujeres; está en la cercana compañía de todos aquellos que religiosamente han experimentado la discriminación social.

Los rechazados encuentran acogida, apoyo y reconocimiento en Jesús de Nazaret, que fue ante sus contemporáneos un auténtico promotor de la dignidad de la mujer y, sobre todo, de la vocación que corresponde a esa dignidad.

En contradicción con su época, Jesús no tiene reparo en acercarse a una mujer y hablar con ella; junto al pozo de Siquem, es Él quien inicia el diálogo con la samaritana, para revelarle su misterio y el sentido del culto.

En este texto del Evangelio de San Juan se descubre el asombro de los discípulos al encontrarlo conversando animadamente con una mujer que no sólo es samaritana, sino que además resulta ser de vida bastante irregular.

Antes, en la región de Tiro, una mujer pagana había provocado el acercamiento de Jesús a los no judíos; ahora es esta mujer samaritana la que se convierte en la primera misionera de la región y logra que la gente del lugar comience a creer en Jesús, gracias a la Palabra que ella misma les ha anunciado.

Jesús acoge y sana a las mujeres aquejadas del dolor y la enfermedad; endereza a una mujer encorvada; cura a una (la suegra de Pedro) que está en su casa con fiebra alta, y a otra que padece de flujo de sangre; consuela y llena de alegría a la que sufre por la muerte de su hijo (la viuda de Naim), o devuelve a su padre a la que ha perdido la vida (la hija de Jairo).

En sus parábolas, las mujeres se convierten en auténtico ejemplo evangélico, como le sucede a la mujer que perdió una monedita, o a la que supo amasar la levadura, o a las vírgenes llenas de prudencia,, o a la viejecita que generosamente dejó en el tesoro del Templo todo lo que tenía para vivir.

Jesús rehabilita y promueve a mujeres que, debido a su condición o a su tipo de vida, eran marginadas y rechazadas por la sociedad.

En la casa de Simón el fariseo, deja atónitos al anfitrión y a los comensales cuando se deja tocar por una mujer que la ley consideraba impura (ninguna mujer podía tocar a un hombre y, si ésta era legalmente impura, todo el que ella tocase quedaba igualmente impuro). Además, es una reconocida prostituta que invade un espacio masculino (la cena de los hombres), siempre prohibido para cualquier mujer.

Se puede imaginar la confusión de todos los presentes cuando Jesús alaba el comportamiento de esta mujer y lo presenta como ejemplar: su honda fe la ha justificado ante los ojos de Dios. A pesar de su vida rota, ella posee una sinceridad que ha sido capaz de salvarla.

 

Discípulas con todo derecho

Todavía más revolucionario y escandaloso fue el hecho de que Jesús aceptase la compañía de las mujeres. Le gusta que éstas lo acompañen y lo sigan en sus correrías y peregrinaciones por ciudades y pueblos. Son mujeres que han roto con su vida anterior para entregarse a la causa del Reino y llevar la misma vida itinerante y desinstalada de Jesús. Por eso pueden llamarse con todo derecho discípulas, porque seguir a Jesús (akolouthein) es el comportamiento típico de los discípulos.

Que el Evangelio las mencione por su nombre indica que eran muy conocidas por las comunidades cristianas de entonces: María; Magdalena; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana, y muchas otras que lo asistían con sus bienes. Todas iban junto con los Doce y, a diferencia de los apóstoles que se dieron a la fuga, ellas presenciaron de cerca la muerte de Jesús.

María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José, Salomé y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén, serán testigos de su entierro y las primeras en recibir el anuncio de la Resurrección. Es muy significativo que estos tres hechos –la muerte de Jesús, la sepultura y la Resurrección– formen el núcleo de la fe que confiesa el credo cristiano primitivo, y en estos tres hechos fundamentales, sólo son mujeres los principales testigos.

En el relato de la aparición del Resucitado, María Magdalena recibe del Señor nada menos que la misión de anunciar el mensaje pascual a los discípulos, lo que la hace “la apóstol de los apóstoles” (apostola apostolorum).

El ser, el decir y el hacer de Jesús de Nazaret aparecen como proféticos en favor de la igualdad original del ser humano, imagen y semejanza del Creador. Desde esta perspectiva, la mujer recibe el llamado al discipulado y a la misión con la misma e idéntica dignidad que el varón; una novedad de vida evangélica que surge en fuerte contraste y tensión con el universo religioso en el que se abrió paso la predicación del mensaje evangélico. Un mundo en el que muchos hombres comenzaban el día dando gracias a Dios con esta plegaria: “Bendito seas, Señor, porque soy judío y no gentil; observante de la Ley y no publicano; porque me has hecho hombre y no animal, libre y no esclavo; porque me has hecho varón y no mujer”.

mailto:zelada@miamiarch.org