Profetas,
apóstoles y diaconisas
La Mujer en
la Iglesia Primitiva
Si se tiene en cuenta la valoración de la mujer
por parte de Jesús (ver “Las mujeres que siguieron a Jesús”, LVC,
enero de 2006, p. 12-13), no sorprenderá que también en la
Iglesia primitiva, pese a estar marcada ésta por el fuerte
predominio del varón, propio de la época, las mujeres ocupasen
puestos realmente influyentes.
Cuando investigamos en las fuentes
neotestamentarias, nos encontramos con que una cuarta parte de
las personas que colaboraban con Pablo eran mujeres.
Febe, portadora de la Carta a los Romanos, es
llamada “diaconisa” de la Iglesia de Cencreas, en el puerto de
Corinto.
Pablo la califica de “patrona o presidenta”,
título que en el vocabulario del apóstol designa las tareas de
los que gobiernan la comunidad. Lo que quiere decir que Febe
ejerció funciones directivas con una importante responsabilidad
en la comunidad de Cencreas.
No es éste el mismo oficio que más tarde
desempeñarán las diaconisas en África, y que consistía
principalmente en atender a pobres y enfermos, ayudar a vestir y
a desvestir a las mujeres en el rito bautismal, ungirlas,
etcétera. Diácono o diaconisa, en el sentido paulino, conlleva
una importante responsabilidad dentro del gobierno de la iglesia
local, e implica el oficio eclesial de misionar y de enseñar.
La comunidad cristiana primitiva tiene la
convicción de que el hecho de ser hombre o mujer no limita la
acción santificante del Espíritu, pues “todos son uno en Cristo
Jesús” (Gal 3, 28).
El don del Espíritu contribuye en igual medida a
que profeticen hombres y mujeres, quienes desde el principio son
invitados a participar en importantes tareas eclesiales,
ejerciendo diversos servicios y ministerios. En el movimiento
cristiano misionero encontramos a muchas mujeres, y muy activas.
Aparecen a veces colaborando en pie de igualdad con Pablo,
enseñando como misioneras itinerantes, y se las llama apóstol,
diácono, protectora o dirigente.
En la primera hornada de la edad apostólica
encontramos mujeres en todos los ministerios y responsabilidades
eclesiales de ese tiempo.
Los Hechos de los Apóstoles nos informan de la
conversión de muchas mujeres de buena posición, con cuya ayuda y
esfuerzo se fundan y sostienen iglesias domésticas, como en el
caso de Apfia, que junto con Filemón y Arequipo era líder de una
iglesia en su casa, o de María, la madre de Juan Marcos,
dedicada por completo a ejercer la hospitalidad y la asistencia
a los misioneros itinerantes.
Lidia, la negociante de púrpura, la primera
convertida en Filipo, colabora con Pablo en la predicación del
Evangelio y tuvo un papel relevante en la dirección y animación
de la comunidad que funcionaba en su propia casa.
En los escritos paulinos, muy a menudo se nombra
a “Prisca” o “Priscila”, misionera junto con su esposo Aquila,
exitosos constructores de tiendas de campaña, cuyo trabajo les
producía suficientes ingresoss e independencia económica como
para viajar y ser misioneros. Jefes de una iglesia en Éfeso y
luego en Roma, precedieron a Pablo en la tarea misionera y,
aunque colaboraron estrechamente con el apóstol, nunca
estuvieron subordinados a él. De las siete veces que aparece el
nombre de este matrimonio, en cuatro ocasiones Priscila es
nombrada antes que Aquila; además,ella siempre es llamada por su
nombre y no por el de su marido, lo que indica su condición de
misionera más destacada y, sobre todo, más conocida que Aquila.
Priscila debió ser una mujer especialmente instruida, porque
intervino en la enseñanza cristiana de Apolo, que en Hch 18, 26
es presentado como un hombre culto.
Pablo, al final de su carta a los romanos,
reconoce a un importante grupo de mujeres que “han trabajado
mucho en el Señor”: María, Trifena, Trifosa y Perside. El verbo
griego que usa Pablo para referirse a la obra de estas mujeres
en la comunidad, es el verbo kopiao, que significa
trabajar-fatigarse, trabajar fatigosamente, y es el mismo que
emplea para designar la labor apostólica de los que tienen
autoridad en la comunidad, o su propio trabajo apostólico.
En la carta a los Romanos, junto con Andrónico, aparece Junia, a
la que, sin ninguna restricción, el mismísimo Pablo da nada
menos que el título de apóstol. Junia es nombrada “entre los
apóstoles” delegados y encargados de la misión. Tan increíble
resultó esto, que en el medioevo los exégetas decidieron añadir
una “s” y convertir el femenino Junia en el masculino “Junias”,
porque pensaban que de ninguna manera el título de apóstol debía
darse a una mujer. Esto, a pesar de que en la carta Pablo la
saluda a ella junto con su marido, de quienes dice que son
cristianos y misioneros antes que él mismo.
En Rom 16, 15 se habla de “Nereo y su hermana”, y
en 1 Cor 9,5 se pregunta: “¿No tenemos derecho a llevar con
nosotros una mujer hermana, como los demás apóstoles y los
hermanos del Señor y Cefas?” Hay que entender que, tal como se
lee en algunas traducciones actuales, no se trata de una hermana
de sangre, sino de una cristiana, una hermana de religión
que es, con toda probabilidad, su mujer.
Aunque en 1 Cor 14 33-50 y en 1 Tim 2, 11-14
aparece la prohibición de que las mujeres hablen en la asamblea
y de que dominen a los hombres, hay que atribuir estas
expresiones a la mentalidad y el contexto sociocultural propios
de la época, y no considerar estas expresiones paulinas como
antifeministas.
Aunque algunos teólogos afirman que esa frase es
una interpolación posterior, lo cierto es que, por el contexto,
consta aquí que Pablo se refiere a las mujeres que, en el
transcurso de la acción litúrgica, estorbaban el desarrollo de
la celebración dominical con sus preguntas y cuchicheos.
No se trata de prohibir que la mujer intervenga
en las asambleas y en general en la Iglesia, sino que todo se
haga con orden y concierto.
Prueba de ello son los datos que tenemos acerca
del hecho de que en los siglos II-V se reconoce una amplia
participación de la mujer en el orden de la Palabra, la caridad,
el culto, y la oración, la instrucción, e incluso la dirección.
Llama la atención que la mujer desempeñe el
ministerio del diaconado, viniendo a ser considerada en el siglo
IV como “parte del clero”, recibidora de su ministerio por una
imposición de manos (jeirotonía).
Las Constituciones Apostólicas piden que “los
diáconos distribuyan entre el clero las eulogias (restos de
oblaciones sagradas) según la voluntad del obispo o de los
presbíteros; den cuatro partes al obispo, tres al presbítero,
dos al diácono y una a los demás, a saber, a los subdiáconos,
lectores, cantores y diaconisas”.
Es significativo que las Constituciones
Apostólicas coloquen el rito de imposición de manos del obispo
sobre la nueva diaconisa entre el del diaconado (sacramento del
orden divino) y el del subdiaconado (el primero de los órdenes
establecidos por la Iglesia)
El obispo, único que tenía potestad para
consagrarlas, rodeado por los presbíteros, diáconos y diaconisas
de su Iglesia, imponía las manos sobre la aspirante, al mismo
tiempo que pronunciaba una hermosa oración de consagración.
Las diaconisas estaban al servicio de la caridad
para con los pobres en la distribución de comida o las limosnas,
daban amparo a las enfermas desamparadas y a los niños
abandonados. Ayudaban a cuidar a las vírgenes y viudas de la
comunidad, y su juicio y su criterio era requerido por el obispo
en muchísimas ocasiones.
Al comenzar las solemnidades litúrgicas, cuidaban
en el templo la puerta destinada a las mujeres y velaban por el
acomodo y la disciplina en el espacio reservado al elemento
femenino.
Su ministerio más elevado estaba en el bautismo
de las neófitas adultas. Después de haberlas ayudado en su
preparación durante los días del catecumenado, tomaban parte
importante en el rito sacramental. Ellas ungían el cuerpo de las
mujeres con óleo santo y las conducían de la mano a la piscina
para la triple inmersión purificatoria. Concluido el rito
bautismal, las acompañaban de nuevo ante el obispo para ser
ungidas en la frente, los oídos y los labios con el crisma
perfumado.
Por eso las Constituciones Apostólicas ordenaban
venerarlas como al Paráclito del Señor, pues “del mismo modo que
nadie logra alcanzar la fe en Cristo sino por la doctrina del
Espíritu Santo, así ninguna mujer debe acercarse al diácono o al
obispo sino por la diaconisa”.
Tres instituciones femeninas tuvieron un papel importantísimo en
la vida de la Iglesia durante los siete primeros siglos: las
diaconisas, las vírgenes consagradas y las viudas.
La institución de las “viudas” vino a tener un
puesto relevante en la comunidad como estado de vida consagrada
a la continencia, la oración y la caridad, y en las comunidades
de África, las viudas estaban directamente bajo la autoridad del
obispo y tenían lugares reservados en la asamblea litúrgica.
Aunque Clemente de Alejandría enumera a las
viudas junto a los obispos y presbíteros, éstas no eran
“ordenadas” sino instituidas; jamás aparecen mujeres presbíteros
u obispos que tengan la responsabilidad última de la predicación,
la presidencia de la Eucaristía o la dirección de la comunidad.
Junto con las diaconisas y las viudas, las
vírgenes tenían un lugar reservado en las reuniones litúrgicas.
Con la disminución del bautismo de adultos en
Occidente, la institución de las viudas, vírgenes y diaconisas
declinó hasta desaparecer, durante los siglos VI y VII.

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