El que no ama no ha conocido a Dios
Se dice que cuando estaba muy anciano el apóstol y evangelista
San Juan, los cristianos de la comunidad que había establecido
en Éfeso le pedían que les dijera más sobre lo que tenían que
hacer. El les respondía, “Ámense los unos a los otros”. Oyendo
siempre la misma respuesta, algunos de los cristianos le
insistían al Discípulo Amado que les dijera algo más. El les
respondió: “No hay más que decir. Si se aman los unos a los
otros, ya lo han hecho todo”.
Poco más de 1,900 años después de la muerte del último
sobreviviente de los apóstoles, todavía nos queda mucho por
hacer, porque no hemos aprendido bien la lección de su mensaje.
No hay crisis en el mundo de hoy que no tenga en su base la
falta de amor, a Dios y al prójimo. Si buscamos las raíces de
las guerras civiles que han dejado tantos muertos en África, en
los Balcanes y en otras partes del mundo en los últimos años, ¿cómo
no ver en su origen la falta de amor? Si queremos saber por qué
tantos niños mueren de hambre todos los años, ¿cómo no reconocer
que la causa se encuentra en políticas de los gobiernos y los
negociantes, que ponen la prioridad en el bien propio sobre el
amor a los más necesitados? Si queremos entender por qué se
destruyen tantos matrimonios y familias hoy en día, ¿cómo no
reconocer que muchos no saben cómo poner a los demás primero en
nuestros corazones, aun a aquellos a quienes dicen que más
quieren?
Para el cristiano, ese amor al prójimo se fundamenta en el hecho
de hemos conocido al Dios que es Amor (cf. 1 Juan 4:8). Hemos
conocido ese Amor en la persona de Jesucristo, Dios y hombre
verdadero. Hemos conocido ese Amor en su oferta de Sí mismo por
nosotros, muriendo por nuestros pecados en la Cruz. Si “Dios es
Amor”, entonces el mismo rostro de Jesús –ya sea el rostro del
Niño en el pesebre, o el rostro del Crucificado, o el rostro
glorioso del Resucitado– es el rostro de Dios, el Amor en
persona.
Vivir en comunión con ese Dios que es Amor sólo es posible si
nosotros mismos amamos. Dice textualmente el pasaje de la
primera carta de San Juan, al que he hecho referencia: “El que
no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es Amor” (1 Juan 4:8).
No podemos pretender conocer de verdad a Dio si no hemos
aprendido a amar. Por eso parece muy razonable la insistencia de
San Juan: “Ámense los unos a los otros”. Si logramos hacer esto,
lo hemos hecho todo. Si no lo logramos, no hemos hecho nada.
Por lo tanto, es lógico que este tema del Amor de Dios y cómo lo
hacemos visible en el mundo los cristianos, esté en el centro
del papado de Benedicto XVI. El mismo Papa, en un discurso
reciente, indicó que en su primera encíclica, Deus Caritas
est, “los temas Dios, Cristo y Amor se
funden juntos como guía central de la fe cristiana”.
La Encíclica ofrece una reflexión teológica sobre el significado
del amor o la caridad, y luego aplica esta verdad teológica a
los trabajos concretos de caridad de la Iglesia. En fin, no
puede haber obra de caridad que merezca ese nombre, que no esté
fundada en la Caridad, o el Amor, que es Dios.
Párroco de la Iglesia Santa Juliana, en la Diócesis de Palm
Beach.
mailto:fralfredo@stjulianacatholicchurch.com
La versión original de este articulo se público el 13 de enero
de 2006 en el periódico La Palma, de Palm Beach.

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