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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

¿Rendimos culto a ídolos falsos?

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

Voy a preguntarles a ustedes ahora lo que les pregunto a sus hijos antes de confirmarlos: ¿Quiénes son sus héroes? ¿Quiénes son las personas a las que admiran? ¿Estrellas deportivas? ¿Estrellas del cine? ¿Santos?

¿Planean sus actividades del domingo con la iglesia como centro, del mismo modo que planean su noche del sábado con un espectáculo de televisión como centro?

¿Piensan más en un nuevo auto o en un nuevo vestido, que en su relación con Dios?

¿La fe es para ustedes un vestido de domingo, que guardan en el armario durante el resto de la semana?

Si éste es el caso, han contraído el mal del secularismo. Como el Papa Juan Pablo II solía decir, el secularismo es el mal de nuestros tiempos. El secularismo no es un tipo de ateísmo, porque no es una negación de la fe. El secularismo no niega que Dios exista; se limita a funcionar como si Dios no existiera. Es la sustitución del Dios único y verdadero por otros dioses; la sustitución de lo eterno por lo material.

En efecto, profesamos una creencia en Cristo. Muchos hasta vamos a la iglesia el domingo. Pero también creemos en nuestras estrellas deportivas. Y de hecho, les rendimos culto todos los domingos.

Y aunque a veces podemos leer la Biblia, nunca dejamos de leer la sección deportiva. Para algunos de nosotros, el Super Bowl es el equivalente de la Pascua de Resurrección, el día más sagrado del año.

Para las mujeres, quizás los ídolos sean ciertas celebridades: Martha Stewart y Oprah Winfrey, Brad Pitt y Harrison Ford. Tal vez la entrega de los Óscares sea la Pascua de algunos, y su Misa dominical sea Desperate Housewives.

Éstos son síntomas del secularismo, al que podría considerarse como la religión predominante de los siglos XX y XXI. El secularismo se trasmite a través de los medios de difusión masiva, de modo que ningún rincón del mundo es inmune a su contagio.

Como está muy vinculado a la cultura occidental, la reacción contra el secularismo ha sido más áspera en el oriente.

El talibán, en Afganistán, fue la manifestación extrema, pero la teocracia shiíta de Irán y los desmanes de al-Qaida son igualmente intentos por erradicar el secularismo de las sociedades tradicionalmente islámicas.

Lo mismo sucede con los muchos movimientos fundamentalistas que hay en el judaísmo y en el cristianismo. La adhesión al dogma estricto y a reglas inviolables es una reacción contra la ambigüedad moral del secularismo.

No es posible convertir a nadie por la fuerza; el secularismo, sin embargo, es mucho más contagioso que ninguna religión organizada, porque ofrece el atractivo de entregarse al aquí y al ahora, con el cebo de la comodidad y la conveniencia.

Ambas cosas son tendencias naturales en todos los seres humanos, incluso en los creyentes más comprometidos. No somos atraídos por el sacrificio y la autoentrega, que son los ejercicios espirituales que nos purifican y nos preparan para encontrar más plenamente a Dios en nuestras vidas, sin los obstáculos y las distracciones de los atractivos secularistas.

Por todo esto, si queremos arrancar realmente de raíz el secularismo, tenemos que arrancarlo de nuestros corazones. Como dijo Jesús: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

Objetivamente, nada hay de malo en seguir a un equipo deportivo, en ver la televisión o en leer artículos sobre celebridades en las revistas. El problema ocurre cuando la fe pasa al último lugar de nuestra escala de intereses.

Ya nadie rinde culto a becerros de oro, como hicieron los antiguos israelitas cuando vagaban por el desierto; pero, a la manera de nuestra época, también nosotros nos creamos ídolos falsos. Y de este modo somos infieles a Dios.

La Cuaresma es la época ideal para examinar nuestras conciencias sobre este punto. ¿A qué ídolo falso rendimos culto? ¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Dónde está nuestro corazón?