Cuaresma: Tiempo de mirar como Jesús
Como cada año y con el Miércoles de Ceniza, la Iglesia Católica
invita y conduce a todos sus fieles a vivir en el tiempo
litúrgico de la Cuaresma. Tiempo que, en memoria del Señor, ha
de ser tiempo permanente de desierto, de penitencia para la
conversión, es decir, para alinear, enderezar, cambiar, corregir,
adecuar toda nuestra vida a la vida de Cristo; todos nuestros
comportamientos a Sus comportamientos, todos nuestros hechos y
palabras a Sus hechos y palabras, y todos nuestros principios y
valores a los que dimanan de Su Evangelio.
El
frenesí de la vida y de la sociedad actual por producir dinero
para consumir bienes, servicios y las toneladas de
entretenimiento y productos superfluos que nos inundan, no dejan
tiempo al hombre de hoy para hacer un alto en el camino y
examinar seriamente las más razonables, internas, profundas y
verdaderas opciones de vida, la coherencia de sus
comportamientos y actitudes con lo que cree, ama y espera, y el
sentido total de su existencia, que para un cristiano tiene
nombre propio: la persona de Jesús de Nazaret y su Evangelio de
vida.
Si
a todos estos factores de distracción les añadimos el ataque
constante que por todos los medios, –especialmente los de
comunicación social– sufre la experiencia religiosa de los
hombres y de las comunidades actuales, el secularismo rampante,
el desprecio por el espíritu humano y la cultura de la muerte en
tantas manifestaciones, entonces la Cuaresma es un tiempo
difícil de entender y de vivir y, por ello mismo, es un tiempo
necesario, hoy más que nunca, en la experiencia del discipulado
cristiano.
Pero también contribuyen a hacer más difícil una experiencia
religiosa verdaderamente cuaresmal, de penitencia y conversión,
las dificultades e incoherencias que a veces ocurren en el
interior mismo de la comunidad eclesial, tales como las
deficiencias en la tarea evangelizadora, en la formación
teológica y pastoral de algunos agentes responsables de la misma,
en el sentido de compromiso con nuestra Iglesia, en el frecuente
divorcio e incoherencia entre nuestra fe y nuestra vida
cotidiana, en el descenso en el número de vocaciones a la vida
sacerdotal y religiosa, así como en el del número de parejas que
contraen el sacramento del matrimonio para conformar hogares
cristianos, llamados a ser las primeras escuelas de
evangelización y de Iglesia.
Cuaresma, entonces, es un tiempo que supone y nos exige
muchísimo más que la sola y fácil asistencia a tres ritos: el
del Miércoles de Ceniza, el del Domingo de Ramos y el del
Viernes Santo. Porque cuanto más el momento histórico, el
ambiente social y los moldes culturales en los que vivimos
inmersos nos alejan de la Persona de Jesús y de los criterios de
Su Evangelio, tanto más importancia cobra un tiempo litúrgico
como el de la Cuaresma, con el cual la Iglesia pretende que
volvamos por los caminos de la autenticidad en la vida cristiana.
Por
eso, “teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal
que oprime al hombre”, en este contexto y coyuntura de nuestra
historia personal y social, resultan muy oportunos la persona de
Benedicto XVI, su magisterio y especialmente su Mensaje para la
Cuaresma de 2006, en el que –reflexionando sobre el desarrollo
de las personas y de los pueblos– aboga por una salvación
“integral” de todo el hombre y de todos los hombres, y nos
exhorta y alienta a todos a volver a “la mirada” compasiva y
misericordiosa de Jesús sobre “todas las muchedumbres probadas
por la pobreza”.
“Mirada” de Jesús, compasiva y misericordiosa– dice el Papa en
su mensaje – que “devuelve la confianza a cuantos no se cierran
en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la
salvación eterna”.
Que
nuestro camino cuaresmal de 2006 nos abra a esta perspectiva en
la medida en que, siguiendo verdaderamente al Señor, abramos
nuestro corazón a nuestros hermanos, especialmente a los que más
sufren.
Director de Hispanic American Market, Multicultural &
Diversified Business Development, Merrill Lynch
mailto:Mario_paredes@ml.com

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