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El Papa explica en una carta
los motivos de su encíclica

 

ACI

El Papa Benedicto XVI saluda a los fieles durante la audiencia general en la sala Pablo VI, en El Vaticano, el miércoles 8 de febrero de 2006. EFE/Danilo Schiavella

 

En un formato sencillo de preguntas y respuestas, la revista italiana Famiglia Cristiana publicó el miércoles 1º de febrero una carta del Papa Benedicto XVI dirigida a los lectores, explicando los motivos que lo llevaron a escribir su encíclica “Dios es Amor”.

En su sencilla y cordial carta, el Santo Padre señala que “me alegra que Familia Cristiana os envíe a casa el texto de mi encíclica y me dé la posibilidad de acompañarla con unas pocas palabras que quieren facilitar la aproximación a la lectura”.

El Pontífice señala que “al inicio, de hecho, el texto puede parecer un poco difícil y teórico. Cuando, sin embargo, se va adelante en la lectura, resulta evidente que yo sólo he querido responder a unas preguntas muy concretas para la vida cristiana”.

 

Preguntas

“La primera pregunta es la siguiente: ¿se puede verdaderamente amar a Dios? Y aún: ¿El amor puede ser impuesto? ¿No es un sentimiento que tenemos o que no tenemos?”

Y señala el Papa que la respuesta es: “Sí, podemos amar a Dios, dado que Él no se ha quedado a una distancia inalcanzable, sino que ha entrado y entra en nuestra vida. Viene hacia nosotros, hacia cada uno de nosotros, en los sacramentos a través de los cuales obra en nuestra existencia; con la fe de la Iglesia a través de la cual se dirige a nosotros; haciéndonos encontrar a hombres que son tocados por él y trasmiten su luz; con las disposiciones a través de las cuales interviene en nuestra vida; con los signos de la creación, que nos ha donado”.

“Él”, prosigue el Santo Padre, “no solamente nos ha ofrecido el amor, sino que antes lo ha vivido, y llama de tantas formas a nuestro corazón para suscitar nuestro amor de respuesta. El amor no es sólo un sentimiento: le pertenecen también la voluntad y la inteligencia. Con su palabra, Dios se dirige a nuestra inteligencia, a nuestra voluntad y a nuestro sentimiento, de manera que podamos aprender a amarlo ‘con todo el corazón y con toda el alma’”.

“El amor, de hecho, no lo encontramos ya bello y listo, sino que crece; por así decir, nosotros podemos aprenderlo lentamente de modo que cada vez abrace más nuestras fuerzas y nos abra el camino para una vida recta”, agrega el Pontífice.

La segunda pregunta que plantea el Santo Padre en su carta es: “¿Podemos de verdad amar al ‘prójimo’, que nos es extraño o incluso antipático?”.

“Sí, podemos”, responde, “si somos amigos de Dios. Si somos amigos de Cristo, y en este modo es siempre más claro que Él nos ha amado y nos ama, a pesar de que frecuentemente separamos de Él nuestra mirada y vivimos siguiendo otras orientaciones. Si su amistad se convierte, poco a poco, para nosotros, en importante e incisiva, entonces comenzaremos a querer a aquellos a los cuales Él quiere, y que tienen necesidad de mi ayuda. Él quiere que nosotros seamos amigos de sus amigos, y nosotros podemos lograrlo si le somos interiormente cercanos”.

 

El sentido del amor

Benedicto XVI plantea una pregunta aún más compleja, a la que ha querido responder en su encíclica: Con sus mandamientos y sus prohibiciones, ¿la Iglesia no nos hace amargo el gozo del eros, del ser amado, que nos empuja al otro y quiere que se convierta en una unión?

“En la encíclica”, responde el Pontífice, “he buscado demostrar que la promesa más profunda del eros puede madurar sólo cuando no buscamos aferrar la felicidad repentina. Al contrario, encontramos juntos la paciencia de descubrir siempre más al otro en lo profundo, en la totalidad de cuerpo y alma, de modo que al final la felicidad del otro sea más importante que la mía. Entonces no se puede sólo tomar, sino donar, y precisamente en esta liberación del yo el hombre se encuentra a sí mismo y se llena de gozo”.

“En la encíclica hablo de un recorrido de purificación y maduración necesario para que la verdadera promesa del eros pueda cumplirse. El lenguaje de la tradición la ha llamado ‘educación para la castidad’, que, al final, no significa otra cosa que el aprehendimiento del entero amor en la paciencia del crecimiento y de la maduración”, añade.

 

La Iglesia y la Caridad

Refiriéndose luego a la segunda parte de su encíclica, Benedicto XVI señala dos preguntas. La primera: “¿La Iglesia no podría dejar este servicio a otras organizaciones filantrópicas, que se forman de muchas maneras?

“No”, responde el Papa, “la Iglesia no lo puede hacer. Ésta debe practicar el amor por el prójimo también como comunidad, de otro modo anuncia al Dios del amor de modo incompleto e insuficiente”.

La segunda pregunta: “¿No se necesitaría más bien tender a un orden de la justicia en la que no haya más necesitados, y por esto la caridad se vuelva superflua?”.

Y a ella, el Santo Padre responde: “Indudablemente, el fin de la política es crear un justo ordenamiento de la sociedad, en el que a cada uno le sea reconocido lo suyo y ninguno sufra miseria. En este sentido, la justicia es el verdadero objetivo de la política, así como lo es la paz, que no puede existir sin justicia. Por su naturaleza, la Iglesia no hace política en primera persona, sino que respeta la autoría del Estado y de su ordenamiento”.

Pero el Pontífice enfatiza que, “frecuentemente, sin embargo, la razón es cegada por los intereses y por la voluntad de poder. La fe sirve para purificar la razón, para que pueda ver y decidir correctamente. Es tarea de la Iglesia el curar la razón y de reforzar la voluntad del bien. En este sentido –sin hacer ella misma política– la Iglesia participa apasionadamente de la batalla por la justicia. A los cristianos comprometidos en las profesiones públicas espera en la acción política el abrir siempre nuevos caminos para la justicia”.

Benedicto XVI señala, además, que la segunda mitad de la respuesta a su pregunta es que “la justicia no puede jamás hacer superfluo el amor. Más allá de la justicia, el hombre tendrá siempre necesidad de amor, que sólo da un alma a la justicia. En un mundo talmente herido como lo experimentamos en nuestros días, no hay verdadera necesidad de demostrar lo dicho”.

“El mundo espera el testimonio del amor cristiano, que nos es inspirado por la fe. En nuestro mundo, frecuentemente tan oscuro, con este amor brilla la luz de Dios”, concluye la carta del Papa.