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Las misiones jesuíticas
y su herencia musical en Latinoamérica

 

Jesús Vega
Especial para La Voz Católica

 

Aunque muchos crean que la histórica y controversial colonización de América fue llevada a cabo por navegantes soñadores como Cristóbal Colón, acompañados por codiciosos soldados, galeotes y aventureros, es preciso recordar que en aquellas naves legendarias también viajaron sacerdotes de distintas órdenes religiosas, quienes llevaron a cabo una misión evangelizadora que no sólo difundió el mensaje cristiano entre los pobladores del Nuevo Mundo, sino que también se extendió a los campos de la economía, la arquitectura, la literatura y la música, dejando una huella imperecedera. Entre las comunidades religiosas conocidas como “misiones” o “reducciones” de dichas órdenes se destacaron las de los jesuitas y franciscanos.

Al tener en cuenta el perfil histórico de la colonización, podría pensarse que la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola, llegó tarde al Nuevo Mundo. Pero, comparando fechas, se evidencia que en marzo de 1540, seis meses después de obtener la aprobación formal del Papa Pablo III, ya el santo superior de la Compañía enviaba a Francisco Javier a fundar misiones y a evangelizar en otras tierras, clara expresión de su intención y espíritu misioneros.

Aunque los jesuitas edificaron misiones en México, California, Ecuador y cerca del lago Titicaca, los establecimientos más conocidos fueron los guaraníes, que se localizaron en una zona extensísima (la del Paraná) situada entre Paraguay, Uruguay y Argentina. En 1604, Paraguay fue designada por el Papa como provincia donde debía desarrollarse el trabajo de esa orden religiosa.

Lo que distingue a las misiones de otras comunidades religiosas es que, aparte del fomento de la agricultura y la ganadería, los jesuitas impulsaron –dando el ejemplo con sus propias actividades– las artes y los oficios, enseñando a los pobladores y estimulando sus capacidades. A mediados del siglo XVII ya existían artesanos de todas las especialidades en cada una de ellas, como herreros, carpinteros, tejedores, plateros, escultores, decoradores, torneros y relojeros e, incluso en muchos pueblos, grabadores, impresores, fundidores de campanas y constructores de instrumentos musicales.

A tales actividades se sumó la música compuesta en las misiones jesuíticas, que proviene de lo que se llamó la “Provincia Paracuaria”, la cual abarcaba Buenos Aires, casi toda la región central argentina, Córdoba, el noreste argentino, el oeste uruguayo, el sudoeste brasileño y, particularmente, la región de las misiones jesuíticas en Paraguay y Bolivia.

 

Una desbordante alegría

Los pobladores originales de América fueron extremadamente hábiles en la ejecución y construcción de instrumentos y en el canto polifónico, copiando con suma facilidad cuanto oían y veían, lo cual suscitó una actividad musical extraordinaria. Numerosos testimonios de la época nos hablan del gusto y el talento innato para la música en las diferentes etnias americanas. Todos los cantantes e instrumentistas de las misiones eran indígenas –principalmente niños–, quienes integraban las capillas musicales. Además, fueron los actores de las óperas y otras representaciones escénicas, y sólo ellos ejecutaban música en las iglesias, lo cual convirtió a los evangelizados en los protagonistas de la cultura en las misiones, bajo la supervisión de los jesuitas, quienes trajeron consigo tradiciones europeas que se fusionaron con las de aquellas tierras, para dar como resultado obras refinadas y de innegable perfección.

Atendiendo a la gran producción musical y la calidad de las obras creadas en los poblados jesuíticos a finales del siglo XVII y en la primera mitad del XVIII, es evidente que los centros de la vida musical fueron fundamentalmente las misiones, no los conventos y catedrales citadinos. La música que se ejecutaba en las selvas amazónicas era aparentemente similar a toda la que se exportó de Europa, pero con una característica particularmente significativa: una desbordante alegría que contrasta con la solemnidad del barroco europeo.

Lamentablemente, luego de la expulsión de los jesuitas de América en 1767, esta música fue objeto de una cruel degradación a causa del auge del romanticismo, y fue condenada injustamente al olvido, por lo que es probable que gran parte de sus partituras se perdieron para siempre. Además, numerosos manuscritos sobrevivientes fueron atacados por los insectos y, en zonas húmedas como la de Chiquitanía, en el oriente boliviano, muchos quedaron ilegibles, lo que hizo casi imposible su reconstrucción y transcripción.

En 1990, a un año del tricentenario de la fundación de San Javier, el primer pueblo chiquitano, la UNESCO declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad los seis conjuntos arquitectónicos que se habían conservado en tierras chiquitanas, entre ellos Concepción y San Javier.

Durante los trabajos de reconocimiento de las iglesias, el arquitecto suizo Hans Roth, encargado de la restauración, descubrió en Santa Ana y San Rafael de Chiquitos unas cinco mil páginas de música que ilustraban la fructífera vida musical de la región en los tiempos de los jesuitas (1694-1767).

A partir del descubrimiento de esas olvidadas partituras, considerado como uno de los mayores hallazgos culturales del siglo XX, el patrimonio musical de la humanidad cuenta con un nuevo estilo: el Barroco Misional, justa denominación asignada tanto por su copiosa contribución, como por su originalidad y rasgos propios; un invaluable tesoro que ha encontrado refugio definitivo en el Archivo Musical de Chiquitos, la mayor colección que se conserva de todas las misiones jesuíticas, no solamente americanas, sino también asiáticas, con más de cinco mil folios que contienen obras musicales escritas dentro y fuera de Chiquitos por músicos europeos y criollos como Domenico Zipoli, Juan de Araujo, Manuel de Sumaya y Sebastián Durón, entre otros, además de los compositores anónimos que también contribuyeron, con sus singulares estilos, al florecimiento de una sustancial y única corriente creativa que goza de un aliento de eternidad, y una fuerza e intensidad que sorprende y subyuga con la misma frescura del primer día.

Crítico de arte y literatura
mailto:djvega@bellsouth.net
 

Discografía mínima

‘Mission San Francisco Xavier. Opera y Misa de los Indios’. K617. Nro. de serie K617 111.

‘Florilegium. Bolivian Baroque’. Channel Classics. Nro. de serie CCS SA 22105.

‘Música sacra latinoamericana del Barroco y la Colonia’. Fundación Camerata de Caracas. Nro. de serie CC 210909.

‘Baroque Music of Latin America’. Dorian Recordings. Nro. de serie DOR 93199.