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San José el Bueno

 

Rogelio Zelada

Cuando he visitado alguna de las casas de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, no he podido dejar de admirar la imagen de San José que preside la portería de estos hogares. Las monjas, con mucha simpatía y confiado humor cristiano, utilizan una técnica infalible para que el santo patrón no se olvide de las urgentes necesidades de sus casas-asilo. Y es que al santo, en vez de reluciente aureola, le ponen sobre la cabeza, unas veces un saquito de arroz, otras de harina o azúcar, dependiendo de lo que más falte en la bodega del convento.

Lo cierto es que la petición nunca falla, porque San José hace que la indirecta llegue al corazón y al bolsillo adecuado, pues siempre ha sido un santo de cuerpo entero, proveedor excelente de su familia y de sus amigos. Justo, oculto y tan silencioso, que no dejó ni una sola palabra suya en los evangelios, pero es capaz de echar una mano en todo momento.

 “San José” por El Greco.

Mateo lo llama el “esposo de María”, con quien comparte todas las penas y alegrías de la infancia de Jesús. Lucas lo presenta asustado, ansioso, preocupado y tan emocionado que prefiere que sea María la que regañe y proteste cuando el niño se les pierde y lo encuentren en el Templo. Mateo lo describe como un “varón justo”, alguien que sabe comportarse con las demás personas según la más pura y elevada ética del honor.

Puesto que él no era el progenitor del niño que María llevaba en su vientre, José decide divorciarse “en secreto”, para que el verdadero padre tuviera la oportunidad de recuperar a su hijo, casándose con la madre. Este gesto era el más alto y honorable proceder que cabía esperarse de una persona justa y cabal, ya que una acusación de conducta indigna hubiera cubierto de vergüenza a María y a toda su familia.

Dócil a la voz del Señor, José acepta sin reservas el papel que le toca desempeñar en esta misteriosa historia que lo compromete a ser el padre legal del niño, ya que todo hijo nacido durante el matrimonio o durante el tiempo de los esponsales, podía imputársele al padre, siempre y cuando éste lo reconociera.

Según cuenta Mateo, todas las comunicaciones angélicas recibidas por José suceden durante el sueño. Esto ha hecho que muchos quieran ver aquí una clara alusión a la edad del santo, al leer una referencia de la profecía de Joel: “los viejos tienen sueños y los jóvenes ven visiones”. María, que es joven, tiene la visión del ángel Gabriel, y José, anciano, solo sueños reveladores.

Citado por San Gregorio de Nisa, Orígenes, San Epifanio y San Justino, el Protoevangelio de Santiago es quizás el texto apócrifo que ha tenido mayor influencia en la imagen que ha conservado la Iglesia oriental de un José viudo y anciano, con hijos e hijas de la misma edad de María.

El Protoevangelio narra cómo todos los viudos del pueblo fueron convocados por Zacarías para, entre ellos, elegir un esposo para María, doncella entonces de doce años de edad. La paloma que salió volando de la vara de José fue el prodigio que lo señaló como el único capaz de recibir bajo su custodia a la joven virgen.

Para nuestra tradición occidental, José es un admirable varón, joven, casto y soltero, que dedica toda su vida al cuidado de Jesús y de María.

Según el relato de Mateo, José y María, que viven en Belén, después del nacimiento de Jesús huyen a Egipto por temor a Herodes, y a la muerte del tetrarca regresan a su casa en Belén, para, finalmente, mudarse a Nazaret, ciudad de Galilea. De esta manera nos explica por qué a Jesús lo llaman nazareno y nunca betlemita.

Con un enfoque muy diferente, Lucas nos dice que Nazaret era originalmente el sitio de residencia de José y María, de donde parten hacia Belén para cumplir con el edicto imperial de empadronarse en la ciudad de origen de un antepasado remoto. La evidente intención del evangelista es acentuar la relación mesiánico-davídica del nacimiento de Jesús en Belén, la ciudad natal de David, poniéndole al acontecimiento un marco lleno de claras referencias histórico-temporales.

Una lectura de los Evangelios enfocada desde el conocimiento de la cultura y las tradiciones del siglo primero, nos permite hoy día tener una visión mucho más rica de los hechos, tal como debieron haber sucedido.

Ciertamente, resulta muy difícil de entender y de aceptar que José llevase a María, casi a punto de dar a luz, a un incómodo viaje, con la intención de participar de un censo en el que no tenían que tomar parte las mujeres.

Una reconstrucción de los hechos, según los datos que ofrece la actual ciencia bíblica, nos presentaría a José y a María residiendo ya en Belén al momento de la convocación de este censo, que tenía como objetivo la inscripción de las propiedades agrícolas, para ulteriormente fijar los impuestos que se debían pagar al fisco romano.

La tradición nos ha presentado a José y a Jesús trabajando como carpinteros en Nazaret. Los arqueólogos que han excavado en las ruinas de aquella “ciudad”, descubrieron que ésta, en tiempos de Jesús, era una aldea mínima, sumamente pobre e insignificante. Sus pequeñísimas casas eran simples muros de barro con techumbre de ramajes. Un estrecho y limitado espacio de vivienda, donde se vive precariamente y con muy escaso ajuar.

Si se tiene en cuenta la costumbre oriental de sentarse en el suelo sobre esteras y cojines, donde los muebles, si los hay, no son más que una simple banqueta o un rústico arcón, es muy difícil pensar en una familia que viviera de la fabricación y la venta de un mobiliario que no tenía clientela posible.

Los pocos muebles disponibles se cuidaban como oro, y se transmitían de padres a hijos como preciada herencia. Los evangelistas describen a José y a Jesús como tekton, lo que propiamente se podría traducir no sólo como carpintero, sino también como herrero, albañil, cantero, escultor, artista, constructor o artesano.

Fue San Justino, un filósofo del siglo II, quien escogió traducir tekton como carpintero, y desde entonces hemos imaginado al taller de Nazaret como una fábrica familiar de mesas, sillas, yugos y arados. Pero el oficio de carpintero, entendido como persona que trabaja la madera, era casi inexistente en Palestina.

José y Jesús debieron ser algo parecido a lo que hoy conocemos como “obreros de la construcción”: artesanos con conocimientos de carpintería, albañilería y cantería; habituados al uso del martillo, la plomada y el nivel. Su campo de trabajo no estaba entonces en Nazaret, sino en la muy cercana gran ciudad de Séforis, la capital herodiana de Galilea, que se encontraba en proceso de reconstrucción, y muy necesitada de obreros cualificados.

Junto con su padre y con muchos de sus vecinos de Nazaret, el joven Jesús emprendería cada mañana el camino hacia Séforis, para aprender de José el oficio de constructor. Tal vez por eso no se encuentra en sus parábolas y comparaciones alusión alguna a la carpintería, pero sí varias referencias a la construcción de edificios y a la forma en que se espera que éstos sean bien cimentados (Lc 6, 47-49. Lc 14, 28-29. Mt 7, 24-27).

En su breve aparición en el relato de la infancia compuesto por San Mateo, José es presentado como un perfecto modelo para todo cristiano. “Se levanta” una y otra vez para cumplir al pie de la letra con la petición que ha recibido de parte de Dios. Su fe recuerda la de Abraham, porque posee una confianza que lo hace partir en plena oscuridad de la noche y encaminarse hacia tierras lejanas y desconocidas.

Al comenzar las sesiones del Concilio Vaticano II, el Papa Juan XXIII sorprendió a todos los presentes con la inclusión de San José en el corazón del Canon de la Misa, que entonces era la única plegaria eucarística existente en todo el rito romano.

San José, el justo, el santazo, el Bueno, se merecía, sin lugar a dudas, un buen lugar dentro de la oración oficial de la Madre Iglesia, que no sólo lo reconoció como su santo patrón preferido, sino que además, y entre otras muchas tareas, le ha encomendado el cuidado oficial de todos sus moribundos.

 

A San José

José, buen carpintero, que esmerado te empeñas
en instruir a Dios en las humanas ciencias,
compartes con María los gozos y carencias
entre calladas sombras de piedad nazarenas.

 Cuántos reyes, santos, vírgenes y profetas
añoraron tu suerte, tu callada presencia,
el compartir fraterno el trabajo y la mesa,
el sudor, la fatiga, el hambre, la pobreza,

 la primera palabra, el primer paso a tientas,
la primera sonrisa, las caricias serenas,
paso a paso con Dios alegrías y penas,

 develar el misterio que la madera encierra,
y el esperar confiado, cuando la muerte venga,
que el Dios que cobijaste ahora te sostenga.

 Lester García García