San José el Bueno
Cuando
he visitado alguna de las casas de las Hermanitas de los
Ancianos Desamparados, no he podido dejar de admirar la imagen
de San José que preside la portería de estos hogares. Las monjas,
con mucha simpatía y confiado humor cristiano, utilizan una
técnica infalible para que el santo patrón no se olvide de las
urgentes necesidades de sus casas-asilo. Y es que al santo, en
vez de reluciente aureola, le ponen sobre la cabeza, unas veces
un saquito de arroz, otras de harina o azúcar, dependiendo de lo
que más falte en la bodega del convento.
Lo
cierto es que la petición nunca falla, porque San José hace que
la indirecta llegue al corazón y al bolsillo adecuado, pues
siempre ha sido un santo de cuerpo entero, proveedor excelente
de su familia y de sus amigos. Justo, oculto y tan silencioso,
que no dejó ni una sola palabra suya en los evangelios, pero es
capaz de echar una mano en todo momento.
Mateo lo llama el “esposo de María”, con quien comparte todas
las penas y alegrías de la infancia de Jesús. Lucas lo presenta
asustado, ansioso, preocupado y tan emocionado que prefiere que
sea María la que regañe y proteste cuando el niño se les pierde
y lo encuentren en el Templo. Mateo lo describe como un “varón
justo”, alguien que sabe comportarse con las demás personas
según la más pura y elevada ética del honor.
Puesto
que él no era el progenitor del niño que María llevaba en su
vientre, José decide divorciarse “en secreto”, para que el
verdadero padre tuviera la oportunidad de recuperar a su hijo,
casándose con la madre. Este gesto era el más alto y honorable
proceder que cabía esperarse de una persona justa y cabal, ya
que una acusación de conducta indigna hubiera cubierto de
vergüenza a María y a toda su familia.
Dócil a
la voz del Señor, José acepta sin reservas el papel que le toca
desempeñar en esta misteriosa historia que lo compromete a ser
el padre legal del niño, ya que todo hijo nacido durante el
matrimonio o durante el tiempo de los esponsales, podía
imputársele al padre, siempre y cuando éste lo reconociera.
Según
cuenta Mateo, todas las comunicaciones angélicas recibidas por
José suceden durante el sueño. Esto ha hecho que muchos quieran
ver aquí una clara alusión a la edad del santo, al leer una
referencia de la profecía de Joel: “los viejos tienen sueños y
los jóvenes ven visiones”. María, que es joven, tiene la visión
del ángel Gabriel, y José, anciano, solo sueños reveladores.
Citado
por San Gregorio de Nisa, Orígenes, San Epifanio y San Justino,
el Protoevangelio de Santiago es quizás el texto apócrifo que ha
tenido mayor influencia en la imagen que ha conservado la
Iglesia oriental de un José viudo y anciano, con hijos e hijas
de la misma edad de María.
El
Protoevangelio narra cómo todos los viudos del pueblo fueron
convocados por Zacarías para, entre ellos, elegir un esposo para
María, doncella entonces de doce años de edad. La paloma que
salió volando de la vara de José fue el prodigio que lo señaló
como el único capaz de recibir bajo su custodia a la joven
virgen.
Para
nuestra tradición occidental, José es un admirable varón, joven,
casto y soltero, que dedica toda su vida al cuidado de Jesús y
de María.
Según el relato de Mateo, José y María, que viven en Belén,
después del nacimiento de Jesús huyen a Egipto por temor a
Herodes, y a la muerte del tetrarca regresan a su casa en Belén,
para, finalmente, mudarse a Nazaret, ciudad de Galilea. De esta
manera nos explica por qué a Jesús lo llaman nazareno y nunca
betlemita.
Con un enfoque muy diferente, Lucas nos dice que Nazaret era
originalmente el sitio de residencia de José y María, de donde
parten hacia Belén para cumplir con el edicto imperial de
empadronarse en la ciudad de origen de un antepasado remoto. La
evidente intención del evangelista es acentuar la relación
mesiánico-davídica del nacimiento de Jesús en Belén, la ciudad
natal de David, poniéndole al acontecimiento un marco lleno de
claras referencias histórico-temporales.
Una
lectura de los Evangelios enfocada desde el conocimiento de la
cultura y las tradiciones del siglo primero, nos permite hoy día
tener una visión mucho más rica de los hechos, tal como debieron
haber sucedido.
Ciertamente, resulta muy difícil de entender y de aceptar que
José llevase a María, casi a punto de dar a luz, a un incómodo
viaje, con la intención de participar de un censo en el que no
tenían que tomar parte las mujeres.
Una reconstrucción de los hechos, según los datos que ofrece la
actual ciencia bíblica, nos presentaría a José y a María
residiendo ya en Belén al momento de la convocación de este
censo, que tenía como objetivo la inscripción de las propiedades
agrícolas, para ulteriormente fijar los impuestos que se debían
pagar al fisco romano.
La tradición nos ha presentado a José y a Jesús trabajando como
carpinteros en Nazaret. Los arqueólogos que han excavado en las
ruinas de aquella “ciudad”, descubrieron que ésta, en tiempos de
Jesús, era una aldea mínima, sumamente pobre e insignificante.
Sus pequeñísimas casas eran simples muros de barro con techumbre
de ramajes. Un estrecho y limitado espacio de vivienda, donde se
vive precariamente y con muy escaso ajuar.
Si se tiene en cuenta la costumbre oriental de sentarse en el
suelo sobre esteras y cojines, donde los muebles, si los hay, no
son más que una simple banqueta o un rústico arcón, es muy
difícil pensar en una familia que viviera de la fabricación y la
venta de un mobiliario que no tenía clientela posible.
Los
pocos muebles disponibles se cuidaban como oro, y se transmitían
de padres a hijos como preciada herencia. Los evangelistas
describen a José y a Jesús como tekton, lo que
propiamente se podría traducir no sólo como carpintero, sino
también como herrero, albañil, cantero, escultor, artista,
constructor o artesano.
Fue San
Justino, un filósofo del siglo II, quien escogió traducir
tekton como carpintero, y desde entonces hemos
imaginado al taller de Nazaret como una fábrica familiar de
mesas, sillas, yugos y arados. Pero el oficio de carpintero,
entendido como persona que trabaja la madera, era casi
inexistente en Palestina.
José y Jesús debieron ser algo parecido a lo que hoy conocemos
como “obreros de la construcción”: artesanos con conocimientos
de carpintería, albañilería y cantería; habituados al uso del
martillo, la plomada y el nivel. Su campo de trabajo no estaba
entonces en Nazaret, sino en la muy cercana gran ciudad de
Séforis, la capital herodiana de Galilea, que se encontraba en
proceso de reconstrucción, y muy necesitada de obreros
cualificados.
Junto
con su padre y con muchos de sus vecinos de Nazaret, el joven
Jesús emprendería cada mañana el camino hacia Séforis, para
aprender de José el oficio de constructor. Tal vez por eso no se
encuentra en sus parábolas y comparaciones alusión alguna a la
carpintería, pero sí varias referencias a la construcción de
edificios y a la forma en que se espera que éstos sean bien
cimentados (Lc 6, 47-49. Lc 14, 28-29. Mt 7, 24-27).
En su
breve aparición en el relato de la infancia compuesto por San
Mateo, José es presentado como un perfecto modelo para todo
cristiano. “Se levanta” una y otra vez para cumplir al pie de la
letra con la petición que ha recibido de parte de Dios. Su fe
recuerda la de Abraham, porque posee una confianza que lo hace
partir en plena oscuridad de la noche y encaminarse hacia
tierras lejanas y desconocidas.
Al comenzar las sesiones del Concilio Vaticano II, el Papa Juan
XXIII sorprendió a todos los presentes con la inclusión de San
José en el corazón del Canon de la Misa, que entonces era la
única plegaria eucarística existente en todo el rito romano.
San
José, el justo, el santazo, el Bueno, se merecía, sin lugar a
dudas, un buen lugar dentro de la oración oficial de la Madre
Iglesia, que no sólo lo reconoció como su santo patrón preferido,
sino que además, y entre otras muchas tareas, le ha encomendado
el cuidado oficial de todos sus moribundos.
A San José
José, buen carpintero, que esmerado
te empeñas
en instruir a Dios en las humanas ciencias,
compartes con María los gozos y carencias
entre calladas sombras de piedad nazarenas.
Cuántos reyes, santos, vírgenes y
profetas
añoraron tu suerte, tu callada presencia,
el compartir fraterno el trabajo y la mesa,
el sudor, la fatiga, el hambre, la pobreza,
la primera palabra, el primer paso a
tientas,
la primera sonrisa, las caricias serenas,
paso a paso con Dios alegrías y penas,
develar el misterio que la madera
encierra,
y el esperar confiado, cuando la muerte venga,
que el Dios que cobijaste ahora te sostenga.
Lester García García |
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