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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

No nos dejemos llevar
por el miedo a los inmigrantes

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

¿Qué los obligaría a ustedes a abandonar su lugar de nacimiento? ¿Qué tipo de provocación, cuáles circunstancias los moverían a trasladarse de Weston o Kendall a Buenos Aires o Río de Janeiro?

¿Qué les sucedería si no pudieran llevarse nada consigo: ni sus propiedades, ni su cónyuge, ni sus hijos ni sus empleos? ¿Si no hablaran español o portugués?

¿Cómo se sentirían si tuvieran que entrar clandestinamente en Argentina o Brasil, cruzando la selva amazónica o subiendo las cimas de los Andes?

¿Aun así serían capaces de huir de sus hogares? Y, de ser así, ¿no estarían de acuerdo en que tendría que ser por una razón muy seria?

Después de todo, carece de sentido que alguien deje atrás su familia y sus comodidades por un capricho. Nuestra naturaleza humana nos inclina a aferrarnos a lo familiar, a menos que lo familiar sea insoportable.

Ahora ya pueden entender lo que impulsa a los inmigrantes hacia los Estados Unidos. Esas personas que trabajan en nuestros campos, cuidan de nuestros hijos y limpian nuestras oficinas, no vinieron aquí por un capricho. Vinieron porque la alternativa a ser ilegales en esta tierra era padecer hambre o persecución en la suya.

Vinieron en busca de los derechos humanos básicos, de una vida y un trabajo decentes que les permitieran criar y sostener a su familia con alguna dignidad. Éstas son libertades comunes a las que todos aspiramos. Fue esta misma fuerza la que llevó a los puritanos a Plymouth en el siglo XVII, a los cuáqueros a Pensilvania en el XVIII, a los holandeses al medio oeste en el XIX, a los irlandeses e italianos a Ellis Island a comienzos del XX, a los cubanos y haitianos al sur de la Florida en los años 60 y 80.

Por esa misma razón, en este siglo, mexicanos y centroamericanos siguen entrando en Texas y California; haitianos y cubanos siguen desembarcando en las costas del sur de la Florida, y nigerianos y ruandeses abordan frágiles embarcaciones para encontrar refugio en las Islas Canarias, que son parte de España.

En efecto, la inmigración no es ya un problema exclusivo de los Estados Unidos. Los franceses, los británicos y los alemanes también tienen que ocuparse de él. El miedo a los inmigrantes asoma su fea cara por todas partes. En una época como ésta, a todos nos haría mucho bien asumir de corazón las palabras de Jesús: “No tengan miedo”.

El actual ambiente de temor no dará por resultado una buena reforma de inmigración. Sólo traerá medidas draconianas que son inaplicables, tales como el insensato intento de la Cámara de Representantes de convertir a los inmigrantes indocumentados en criminales, y de imponer sanciones dignas de criminales a quienes los ayuden.

Como afirmó acertadamente el Cardenal Roger Mahoney, de Los Ángles, si dar de comer a los hambrientos y ofrecer albergue a los necesitados fueran acciones ilegales, la Iglesia no tendría otra opción que violar las leyes del hombre para cumplir la ley de Dios.

Esto no significa que la Iglesia no reconozca el derecho de las naciones soberanas a controlar la entrada de personas a través de sus fronteras. Pero las leyes son para servir y proteger a la gente. La necesidad de proteger sus fronteras no da a ningún país el derecho a ser cruel e injusto.

Para ser justa y eficaz, una verdadera reforma de inmigración tiene que tener en cuenta las necesidades de los inmigrantes, las razones por las cuales se precipitan hacia nuestras tierras. Quizás debamos revisar nuestra política exterior, o nuestra política económica, para aliviar las circunstancias económicas y políticas que los empujan hacia nuestras costas.

Una verdadera reforma de inmigración debe ser compasiva, reconociendo la prioridad de reunificar a los padres con los hijos, y a los esposos con las esposas tan pronto como sea posible.

Una verdadera reforma de inmigración también debe ser flexible, reconociendo las necesidades de inmigrantes diversos en momentos distintos, tales como cuando los desastres naturales o las turbulencias política provocan una crisis.

Los obispos de los Estados Unidos creemos que la mayoría de estas necesarias provisiones para efectuar una reforma de inmigración duradera y justa se encuentra en el proyecto de ley Kennedy-McCain Comprehensive Immigration Reform Act de 2006. Pedimos a los católicos que gestionen ante sus congresistas la aprobación de este proyecto de ley, o de otro que contenga la mayoría de sus provisiones.

No podemos dejar que el miedo guíe nuestro pensamiento en esta cuestión. La historia nos ha demostrado que los inmigrantes no son una carga, sino un don para nuestra nación. La historia también nos ha enseñado que no podemos crear una categoría inferior de ciudadanos, con derechos inferiores.

Ceder al miedo dañará a los inmigrantes hoy, y a nuestra gran nación en el futuro. Reconozcamos que las palabras del libro del Éxodo se aplican a todos los estadounidenses de hoy, independientemente de nuestra religión: “No oprimas al forastero: ya saben lo que es ser forasteros, porque forasteros fueron ustedes en el país de Egipto” (23:9).