SU SANTIDAD EL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 EN LA FLORIDA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 REFLEXIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 QUIENES SOMOS
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA
 
 

 

 

Juan Pablo II: Un heraldo de la esperanza

Vivencias de un peregrino

Aurelio Fernández
Especial para La Voz Católica

El 2 de abril se cumplió el primer aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II.

Todos recordamos las ceremonias llenas de simbolismo y solemnidad que culminaron con el sepelio de quien fuera el sucesor número 263 del apóstol San Pedro. Pero, de entre toda aquella secuencia, hay una escena para mí en extremo significativa, y ocurrió cuando el féretro de roble que contenía el cuerpo de Juan Pablo II yacía expuesto ante primeros dignatarios, personalidades del mundo entero y en presencia de una inmensa multitud que gritaba “¡Santo ya!”, avalando de esta forma lo que, en la opinión de muchos, representaba aquel hombre de Dios, quien por casi 27 años había sabido ganarse el corazón de tantos. Más allá de las diferencias en materia de creencias y posiciones filosóficas, muchos percibían que el “Papa polaco” había dejado un legado importantísimo que trascendía sus múltiples encíclicas, documentos, trabajos literarios y demás escritos; sus innumerables viajes, y hasta las importantes coyunturas de cambio político que le tocó encarar durante su magisterio: había sido, sobre todo un verdadero “heraldo de la esperanza”.

En aquel mismo lugar donde hace poco más de un año descansaban sus restos, solía realizar Juan Pablo II sus semanales audiencias, en que recibía a los miles de peregrinos que visitaban la Ciudad Eterna y, cada miércoles, colmaban la legendaria Plaza de San Pedro.

Yo fui también, un día, uno de aquellos peregrinos, y evoco hoy aquella singular y bendita mañana en que, entre curioso y emocionado, acudí temprano a la monumental explanada y, por coincidencia, me encontré a pocos pies de aquel hombre encorvado pero afable que, desde el “papamóvil”, saludaba a los allí congregados. La admiración al verlo pasar fue transformando el momento en una apoteosis de júbilo, cuya mejor expresión eran los rostros transfigurados de los millares que, con este saludo, daban quizás por cumplida la misión de presentarse ante la cabeza visible de la Iglesia y, en su fuero interno, ofrecer al Cristo de quien él era Vicario, sus preces, su compromiso y su testimonio.

No era la exaltación vacía hacia un líder, ni la reverencia servil a un caudillo. Era el ofrecimiento alegre, ante el sucesor de Pedro, del trozo de Iglesia que cada uno de los allí reunidos –joven o viejo, docto o lego– había podido construir.

No era el momento de los escogidos, sino el de los emisarios. La solemne expresión de los que “sirven” ante quien encarna la representación de Aquel que “sirvió hasta el extremo”. El comprender que profeta y testigo, sacerdote y apóstol, santo y servidor se nutren inefablemente del manantial de la Cruz, donde es preciso beber para poder resucitar y trascender.

Era, en suma, el reconocerse en cada uno, porque es así como Dios se manifiesta plenamente cuando el hombre se mira en todos los hombres, y cuando se encuentra en cada hermano.

Misterio y grandeza de una Fe que viene y va más allá de nuestra propia condición, pero que se realiza plenamente en la Caridad que es Amor y semilla de la Esperanza.

Por eso pienso que no es de extrañar la actitud de tantos miles que proclamaban a Juan Pablo II como santo aquella luctuosa mañana de abril, hace ya un año. Era la expresión más alta de reconocimiento a alguien que, en un mundo vapuleado por el facilismo, la revancha y la sensualidad, supo insistir, “a tiempo y a destiempo”, en los valores fundamentales del Evangelio como única fuente de redención.

Era el clamor de los que habían sabido interpretar el mensaje y decían a una voz:

Gracias, porque cuando otros piensan en retirarse, tú comenzaste tu peregrinar.
Cuando otros piensan en acomodarse en sus posiciones, tú fuiste incansable mensajero del Evangelio.
Cuando otros piensan en vengarse de los que les hacen daño, tú supiste perdonar y demostrar perdón.
Cuando otros esconden las miserias de la enfermedad, tú hiciste de tu pena un estandarte apostólico.
Cuando otros hacen de la muerte un paso doloroso, tú la convertiste en una lección de vida.
¡Gracias, Juan Pablo!

Profesor de Miami-Dade College
mailto:afernan1@mdc.edu