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Juan Pablo II: Un heraldo de la esperanza
Vivencias de un peregrino
Aurelio Fernández
Especial para La Voz Católica
El 2 de abril se cumplió el primer aniversario del fallecimiento
de Juan Pablo II.
Todos recordamos las ceremonias llenas de simbolismo y solemnidad
que culminaron con el sepelio de quien fuera el sucesor número 263
del apóstol San Pedro. Pero, de entre toda aquella secuencia, hay
una escena para mí en extremo significativa, y ocurrió cuando el
féretro de roble que contenía el cuerpo de Juan Pablo II yacía
expuesto ante primeros dignatarios, personalidades del mundo
entero y en presencia de una inmensa multitud que gritaba “¡Santo
ya!”, avalando de esta forma lo que, en la opinión de muchos,
representaba aquel hombre de Dios, quien por casi 27 años había
sabido ganarse el corazón de tantos. Más allá de las diferencias
en materia de creencias y posiciones filosóficas, muchos percibían
que el “Papa polaco” había dejado un legado importantísimo que
trascendía sus múltiples encíclicas, documentos, trabajos
literarios y demás escritos; sus innumerables viajes, y hasta las
importantes coyunturas de cambio político que le tocó encarar
durante su magisterio: había sido, sobre todo un verdadero
“heraldo de la esperanza”.
En aquel mismo lugar donde hace poco más de un año descansaban sus
restos, solía realizar Juan Pablo II sus semanales audiencias, en
que recibía a los miles de peregrinos que visitaban la Ciudad
Eterna y, cada miércoles, colmaban la legendaria Plaza de San
Pedro.
Yo fui también, un día, uno de aquellos peregrinos, y evoco hoy
aquella singular y bendita mañana en que, entre curioso y
emocionado, acudí temprano a la monumental explanada y, por
coincidencia, me encontré a pocos pies de aquel hombre encorvado
pero afable que, desde el “papamóvil”, saludaba a los allí
congregados. La admiración al verlo pasar fue transformando el
momento en una apoteosis de júbilo, cuya mejor expresión eran los
rostros transfigurados de los millares que, con este saludo, daban
quizás por cumplida la misión de presentarse ante la cabeza
visible de la Iglesia y, en su fuero interno, ofrecer al Cristo de
quien él era Vicario, sus preces, su compromiso y su testimonio.
No era la exaltación vacía hacia un líder, ni la reverencia servil
a un caudillo. Era el ofrecimiento alegre, ante el sucesor de
Pedro, del trozo de Iglesia que cada uno de los allí reunidos –joven
o viejo, docto o lego– había podido construir.
No era el momento de los escogidos, sino el de los emisarios. La
solemne expresión de los que “sirven” ante quien encarna la
representación de Aquel que “sirvió hasta el extremo”. El
comprender que profeta y testigo, sacerdote y apóstol, santo y
servidor se nutren inefablemente del manantial de la Cruz, donde
es preciso beber para poder resucitar y trascender.
Era, en suma, el reconocerse en cada uno, porque es así como Dios
se manifiesta plenamente cuando el hombre se mira en todos los
hombres, y cuando se encuentra en cada hermano.
Misterio y grandeza de una Fe que viene y va más allá de nuestra
propia condición, pero que se realiza plenamente en la Caridad que
es Amor y semilla de la Esperanza.
Por eso pienso que no es de extrañar la actitud de tantos miles
que proclamaban a Juan Pablo II como santo aquella luctuosa mañana
de abril, hace ya un año. Era la expresión más alta de
reconocimiento a alguien que, en un mundo vapuleado por el
facilismo, la revancha y la sensualidad, supo insistir, “a tiempo
y a destiempo”, en los valores fundamentales del Evangelio como
única fuente de redención.
Era el clamor de los que habían sabido interpretar el mensaje y
decían a una voz:
Gracias, porque cuando otros piensan en retirarse, tú comenzaste
tu peregrinar.
Cuando otros piensan en acomodarse en sus posiciones, tú fuiste
incansable mensajero del Evangelio.
Cuando otros piensan en vengarse de los que les hacen daño, tú
supiste perdonar y demostrar perdón.
Cuando otros esconden las miserias de la enfermedad, tú hiciste de
tu pena un estandarte apostólico.
Cuando otros hacen de la muerte un paso doloroso, tú la
convertiste en una lección de vida.
¡Gracias, Juan Pablo!
Profesor de Miami-Dade College
mailto:afernan1@mdc.edu |