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Ni es evangelio ni es de Judas
Cuatro Evangelios constituyen la fuente canónica aceptada por la
Iglesia Católica (y por todas las otras iglesias y sectas
cristianas que de ella se han separado a lo largo de los siglos)
para conocer la vida y las enseñanzas de Jesucristo. Frente a
estos Cuatro Evangelios, se alza una verdadera montaña de textos,
calificados como apócrifos unos y gnósticos los otros, que
ofrecen visiones divergentes (y muy contradictorias entre sí)
acerca de Jesús. Muchos de estos textos eran desconocidos hasta
fechas relativamente recientes, y de algunos sólo existían
referencias. Entre estos últimos se encuentra el llamado
“Evangelio de Judas”, “cuya autenticidad se anunció” el 6 de
abril, y sobre el que acaba de trasmitirse un interesante
documental realizado por la sociedad National Geographic.
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Foto cedida por National Geographic el jueves 6 de abril, que
muestra un antiguo manuscrito de la Iglesia Copta. Se cree que
éste y otros papiros parecidos, que fueron expuestos ese día al
público por primera vez en la sede de National Geographic, en
Washington, D.C., constituyen la única copia que existe del
llamado “Evangelio de Judas”, la que ha sido identificada,
restaurada y traducida, después de que se creyera perdida
durante 1,700 años. EFE/Kenneth Garret. |
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La autenticidad que ha sido probada es la del manuscrito, es
decir, la del papiro de 26 páginas encontrado en Egipto en 1978,
cuidadosamente analizado, restaurado y traducido por
especialistas, quienes han llegado a la conclusión de que fue
escrito alrededor del año 300 d.C. Esta autenticidad nada tiene
que ver con el contenido del llamado “evangelio”, cuyo
planteamiento fundamental es de clara raíz gnóstica: Judas no
habría traicionado a Jesús, sino que, a petición de su maestro,
habría aceptado entregarlo para que, sufriendo el martirio de la
cruz, su alma se liberara del mundo material en que se
encontraba encerrada, y pasara así a un plano de conocimiento
perfecto. Dicho en otras palabras: lo que la ciencia ha
demostrado es que el papiro donde se cuenta esta historia tiene
unos 1,700 años de antigüedad, lo cual no prueba, en términos
estrictamente académicos, que la historia narrada en él sea
cierta o falsa. Al “Evangelio de Judas” (escrito por cualquiera
menos por Judas, como sucede con los apócrifos “de Santiago”,
“de Pedro”, “de Nicodemo”, y con los gnósticos “de Tomás”, “de
Felipe”, “de María Magdalena”) se había referido ya San Ireneo
en su apasionado tratado contra los herejes y sus evangelios,
escrito en el año 180 d.C. Y a esta proliferación de evangelios
escritos durante los primeros tiempos del cristianismo alude,
abiertamente, el prólogo del Evangelio de San Lucas: “Puesto que
muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han
verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los
que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de
la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado
diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su
orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las
enseñanzas que has recibido” (Lc. 1, 1-4).
Ni Mateo, ni Marcos, ni Lucas ni Juan argumentan nada de lo que
narran para convencer a nadie: lo tomamos o lo dejamos, pero
ellos estaban seguros de “la solidez de las enseñanzas” que
trasmitían. Los apócrifos, en cambio, suelen abundar en
explicaciones que apuntalen su “veracidad”, y los gnósticos
apelan a un recurso cuyo atractivo es hoy tan fuerte como hace
dos milenios: “Escucha, te voy a revelar un secreto, un gran
secreto; ésta es la verdadera historia de… Casi nadie la conoce,
pues sólo puede trasmitírseles a los elegidos, y ahora tú, por
recibirla, vas a entrar en el círculo…”
¿Y a quién no le ha atraído alguna vez eso de “entrar en el
círculo” de los elegidos?
Recuerdo la impresión que me causó la primera lectura que hice
de los evangelios apócrifos, hace más de 20 años… Salí del
“círculo de los elegidos” con la impresión de que algún buen
bromista de la época de los gladiadores todavía se estaba riendo
de mi “insaciable sed de conocimiento”. Y volví a los Cuatro
Evangelios en busca de la sobriedad, del realismo narrativo y de
la convincente sencillez que los caracteriza, valores éstos que
se hacen aún más evidentes cuando se compara el escalofriante
realismo de la resurrección de Lázaro, narrada en el Evangelio
de San Juan, con cualquiera de las historias de magia que
abundan en los apócrifos. Lo mismo me sucedió al leer los
evangelios de Nag Hammadi: todo lo que a guisa de “secreto” se
“revela” en ellos es muchísimo menos impactante que la sencilla
afirmación de que “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”,
proclamada por Jesús ante sus discípulos, también en el
Evangelio de San Juan.
Se acusa a la Iglesia de haber proscrito y destruido cuanto
evangelio apócrifo y gnóstico cayó en sus manos durante los
primeros siglos de su historia, y cada vez que aparece un nuevo
evangelio se afirma que “ahora sí tenemos la verdad en las manos:
la historia real de Jesucristo, la que la Iglesia nos ha querido
ocultar durante dos milenios”.
Y cada vez que aparece un “nuevo” evangelio (por muy apócrifo,
muy gnóstico y muy herético que sea), los cristianos debemos
alegrarnos. En primer lugar, porque todo descubrimiento que
añada algo a la cultura universal, es motivo para alegrarse, y
los evangelios apócrifos y gnósticos forman parte de la cultura
universal y de la cultura cristiana, pues se escribieron como
resultado del tempestuoso desarrollo inicial del cristianismo.
En segundo lugar, porque cada “nuevo” evangelio que se descubre
o se redescubre, ratifica, por contraste, la veracidad de la
aserción de Lucas: “…para que conozcas la solidez de las
enseñanzas que has recibido”. Y en tercer pero principalísimo
lugar, porque todos esos evangelios, “y cien más si llegaran a
aparecer”, demuestran la fascinación universal que ejerció y
sigue ejerciendo el que se llamó a sí mismo Hijo del Hombre.
Pero éste, ni es evangelio ni es de Judas.
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