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En recuerdo de Mons. Enrique Pérez Serantes
P. René Parra R.
Especial para La Voz Católica
Entre los años 1950 y 1952, para conmemorar los primeros 50 años
de nuestra república, el entonces Arzobispo de Santiago de Cuba,
Mons. Enrique Pérez Serantes, organizó una peregrinación con una
imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, llevándola por
todos los pueblos y campos de Cuba donde hubiera una capilla.
En mayo de 1951, la imagen de la Virgen visitaba la ciudad de
Holguín, donde yo vivía. La Virgen llegaba por la noche… Había
mucha gente por las calles, que habían ido a recibirla. El
jeep desde donde el arzobispo encabezaba la procesión,
avanzaba lentamente, hasta que el motor empezó a calentarse de
tal manera, que echaba humo. El chofer no hallaba qué hacer. Yo,
un adolescente que iba prendido del jeep, cerca del
arzobispo, le dije: “¡Hace falta agua!”
El arzobispo me miró y con voz fuerte me dijo: “¡Pues busca un
cubo de agua!”
Esas fueron las primeras palabras que oí de su boca.
Al otro día, por la noche, asistí a la Misa, y estaba sentado en
una nave lateral, con mis ojos puestos en el arzobispo, viendo
cómo le ponían y le quitaban la mitra. Cuando el arzobispo
empezó a predicar, habló de la devoción a la Virgen de la
Caridad. Al final dijo: “Pidan a Dios, por mediación de la
Virgen de la Caridad, que un holguinero ocupe el puesto vacío
que en estos días ha dejado el P. Rolando García en el seminario”,
al ser ordenado recientemente. Al oír estas palabras, dije
rápidamente en mi interior: “Yo”.
Salí del templo antes de terminar la Misa. Pero en mi mente y en
mi corazón quedaron clavadas las palabras del arzobispo.
Fui al párroco de la iglesia de San José, el P. Casimiro Zurita,
y le dije: “Quiero ser sacerdote”. Me respondió: “Cuando pase
por aquí el arzobispo, te avisaré”.
Pasaron dos meses… Y un día, como alrededor de las 2:00 de la
tarde, apareció un jeep frente a mi casa, con el chofer
del arzobispo y un acólito. Venían a buscarme para la entrevista.
En la oficina de la casa parroquial me esperaba el arzobispo. Su
figura era impresionante, pero, al mismo tiempo, bondadosa. Yo
no sabía que había que besarle el anillo.
“Siéntate”, me dijo, y me hizo una primera pregunta: “¿Para qué
quieres ser sacerdote?”
“Para ser santo”, le respondí impulsivamente.
Entonces me preguntó: “¿Qué grado de escolaridad tienes?”
“Voy a ingresar en el Instituto”, le dije, “pero me suspendieron
en una asignatura”.
“¿En cuál?”, precisó.
En vez de decir “en matemáticas”, que era realmente en la que me
habían suspendido, le respondí: “En gramática”.
Con su voz profunda y dando una palmada en la mesa, Mons. Pérez
Serantes dijo: “¡Hombre, la asignatura más importante en el
seminario!” Y empezó a preguntarme de gramática… Pero, como yo
había sacado 100 puntos en gramática, le respondía bien a todo
lo que me preguntaba, hasta que por fin dijo: “No entiendo cómo
pudieron suspenderte en gramática…”
Terminó admitiéndome al seminario.
Años después, hablando sobre de las fragilidades humanas, me
dijo: “Todos somos capaces de todo”. Esta observación me ha
servido para sobrellevar mis propias debilidades y comprender
las miserias humanas. Me ha servido para comprender los pecados
de los hombres y tratar de ayudarlos sin escandalizarme.
En el año 1962, en vísperas de mi ordenación sacerdotal, le
relaté esta historia.
Me pidió que la escribiera.
Ahora cumplo su voluntad.
¡Gracias doy al Señor!
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