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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

Por qué nos volvemos hacia María

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

No estoy seguro de cuál es la causa de tantos cometarios, pues no he leído El código Da Vinci y no pienso ver la película (y no para boicotearla, sino porque rara vez voy al cine, y no tengo necesidad de ver esta obra).

Sin embargo, si la premisa de la novela es que la Iglesia Católica ha disminuido el papel de las mujeres a lo largo de los siglos, cualquiera que tenga un conocimiento al menos elemental de la Biblia puede dar testimonio de que el libro de Dan Brown es una obra de ficción con muy poca base en la realidad. Las realidades de 2,000 años de historia son mucho más persuasivas y convincentes que una obra abiertamente ficticia.

Los Evangelios dejan bien en claro que la primera persona que llegó a la tumba de Jesús y vio al Señor resucitado en la mañana de Pascua, fue María Magdalena. Los Evangelios también señalan que sólo las mujeres permanecieron junto a Jesús durante la crucifixión, mientras que sus discípulos varones, con la excepción de Juan, lo abandonaron.

Hay otros muchos pasajes en la Biblia donde el Amor de Dios es comparado al de una madre por sus hijos.

“Así como una madre consuela a su hijo, así te consolaré Yo a ti”, se lee en Isaías 66, 13.

El propio Jesús, en Lucas 13, 34, dice: “¡Jerusalén, Jerusalén!, tú que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas…!”

¡Cuán bellas imágenes para expresar el Amor de Dios, imágenes que sólo tienen sentido en el contexto de una muy humana experiencia de lo que es la maternidad! Las madres fueron quienes siempre nos apoyaron y animaron, y nunca se apartaron de nuestro lado, sin importar las circunstancias ni los sacrificios.

Teológicamente, es muy significativo el hecho de que Jesús haya nacido dentro de una familia humana. Tal como lo señala San Pablo: “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos”. (Gal, 4, 4-5.)

Ésta es la razón por la que la Iglesia Católica honra a María: porque Dios fue el primero en honrarla, cuando la escogió para ser la madre de Su Hijo. Así como Dios confió Su Hijo a María, así nos confió Jesús al amor de Su madre: “Jesús, viendo a Su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a Su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’”. (Jn 19, 26-27.)

María es justamente honrada por la Iglesia como la primera de las santas, la primera en reconocer y en decir al Mesías. Su ejemplo de confianza y de fe en el Señor es digno de emulación por parte de todas las mujeres y de todos los hombres.

Posiblemente no sea una coincidencia que el mes de mayo se vea asociado, tradicionalmente, con María y con todas las madres. Al honrar a nuestras madres terrenales en el segundo domingo de mayo, honramos también a María con nuestras oraciones cotidianas.

Volvamos los ojos a nuestra Madre celestial en busca de bienestar y de consuelo, de fortaleza y de inspiración.

Que ella nos ayude a comprender que, en ocasiones, el medio más poderoso para dar testimonio de nuestra fe, y de nuestro amor, no es ponernos a gritar desde la cima de una montaña, sino permanecer con callada firmeza al pie de la cruz.

Y que Dios bendiga siempre a todas nuestras madres, en el cielo y en la tierra.

En honor de María, oramos: “Dios te salve, María, el Señor es contigo”.