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El “Padre Ruiz”, un santo mexicano,
misionero en Cuba
Con franciscana paciencia, Fray Valentín Zubizarreta, Obispo de
Camagüey, se ha situado en un lugar visible del muelle principal
del puerto santiaguero. Aunque es enero, el sol del oriente
cubano hace sudar a aquel vasco “aplatanado”, que ha querido
recibir en persona a un sacerdote mexicano, perseguido y
condenado por el gobierno de Plutarco Elías Calles. Gracias a un
común amigo, el obispo ha sabido que el P. Rafael Guízar y
Valencia es un excelente misionero de vida ejemplar.
Le impresiona gratamente verlo bajar del barco, animoso y
contento, y vestido tan pobremente. No trae más que un viejo
abrigo negro y una muy usada capa española.
Con tan ligero equipaje llega a Cuba el P. Guízar, que viene a
dar lo mejor de sí y a trabajar como misionero en casi toda la
isla. Como el gobierno de Calles ha puesto precio a su cabeza,
le aconsejan cambiar de nombre; de ahora en adelante, será
conocido como “el Padre Ruiz”.
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Mons. Rafael Guízar Valencia, “el Padre Ruiz” para los cubanos. |
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Desde Cienfuegos, el Padre Ruiz despliega un intenso ir y venir
misionero. Es el año de Dios de 1917 y la situación de la
iglesia cubana, apenas a15 años del fin de la Guerra de
Independencia, ofrece al joven sacerdote un rico campo para
desplegar sus afanes apostólicos. Ahora, lejos de la persecución,
podrá desarrollar toda su creatividad evangelizadora. Comienza
por el territorio de las Villas; predica en Fomento y Placetas.
De Ciego de Ávila, va a misionar en San Luis, el Caney, Banes,
Puerto Padre, Manzanillo y Holguín. El Obispo González Estrada
lo llama a La Habana, donde recorre los grandes templos de la
capital y los llena hasta repletarlos con jornadas en la Merced,
la Asunción de Guanabacoa, San Francisco, la Caridad, la
Anunciata y Bejucal.
Junto con el P. Manuel Arteaga, que con el tiempo sería el
primer cardenal cubano, predica a los presos del Castillo del
Príncipe y, tras una semana entera de intensas misiones, logra
que casi todos los 1,200 reclusos se confiesen y comulguen.
Su predicación poseía el fuego de la verdad, el convencimiento y
el testimonio. Era un orador de gran versatilidad, con el don de
captar y mantener la atención de sus oyentes. En los tres años
que sirvió a la iglesia cubana logró convocar a muchos sectores
de la sociedad que nunca antes se habían acercado a la Iglesia.
A sus misiones asistieron médicos, empresarios, negociantes,
militares y abogados. Sabía comunicarse con los jóvenes y
especialmente con los niños, para los que tenía una
extraordinaria facilidad de hacerse entender.
Fue un gran defensor de los derechos del pobre; en sus sermones
tronaba contra los atropellos de los que se enriquecían pagando
salarios misérrimos o abusaban de sus empleados.
Poco a poco, el Padre Ruiz se va convirtiendo en referente y
modelo para los futuros misioneros cubanos. Años más tarde,
siendo Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Enrique Pérez
Serantes afirmaría que el Padre Ruiz se había entregado al
trabajo misional como ningún otro sacerdote que él hubiera
conocido en toda su vida.
El trato con el Padre Ruiz determinó el carisma misionero del
futuro arzobispo y le sirvió de inspiración y modelo durante
todo su episcopado.
Hombre de acción y de oración, solía comenzar cada jornada
apostólica solicitando de los conventos y comunidades religiosas
de la zona el apoyo de la oración y el sacrificio. Luego lo
organizaba todo cuidadosamente, sin dejar nada a la
improvisación o para el ultimo momento. Pedía que le hicieran
una lista de las familias del pueblo y a cada una de ellas les
enviaba su invitación personal. Si hacía falta, él mismo
limpiaba el templo y ponía los bancos en la posición más
conveniente para que todos pudieran oírlo con claridad.
Durante el verano de 1919, y mientras dirigía una misión en la
habanera parroquia de la Caridad, el papa Benedicto XV lo nombró
Obispo de Veracruz.. Como el preconizado obispo vie tan
pobremente, los obispos y el clero cubano proveen gustosos de
todo lo necesario para su ordenación.
El 30 de noviembre de 1919, en la Iglesia de
San Felipe Neri de la calle Obispo, Mons. Tito Trochi, Delegado
Apostólico en Cuba y las Antillas, asistido por González
Estrada, Obispo de la Habana, y Valentín Zubizarreta, Obispo de
Santiago de Cuba, consagró a Monseñor Rafael Guízar y Valencia
(el Padre Ruiz) como 5º Obispo de Veracruz.
Antes de marcharse a su tierra para tomar posesión de su
diócesis, todavía tendrá tiempo para misionar en Bejucal y
Guanabacoa. En su patria lo esperan tiempos muy difíciles y
deberá pasar a la clandestinidad junto con su clero. Volverá a
Cuba durante su segundo destierro para trabajar intensamente en
Camaguey, por invitación de su amigo Monseñor Pérez Serantes.
Buen pastor, padre de los pobres, protector de los desamparados,
ejemplo de sacerdote, misionero infatigable; perseguido y
amenazado de muerte, enfermo de diabetes y con serios trastornos
cardíacos, deberá refugiarse en la ciudad de México, donde el
Señor lo llama su presencia el 6 de junio de 1938.
Juan Pablo II lo beatificó el 29 de enero de 1995, y el 28 de
abril de este año 2006, Benedicto XVI, anunció su ya próxima
canonización para el año en curso. El “Padre Ruiz” conoció en
carne propia el destierro, la intolerancia y la persecución. En
él tenemos todos los cubanos un muy buen amigo e intercesor.
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