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 Un enfermo de cáncer se acoge
al poder de la oración

Max Barbosa
Especial para La Voz Católica

Jorge Córdoba (centro), en compañía de su esposa, Niomi Córdoba, y de los cinco hijos del matrimonio. Max Barbosa

La madre de Jorge Córdoba, Sofía Córdoba de George, murió en Venezuela, víctima de cáncer en los pulmones, el 21 de julio de 2002. Dos semanas antes, en el constante ir y venir entre dicho país y Miami, su hijo sentía dolores en el cuero cabelludo mientras se peinaba. Entonces decidió pedirle a Niomi, su esposa, que le observara el área afectada, donde ella descubrió partículas de sangre. Se hizo evidente para ambos la necesidad de consultar a un dermatólogo.

“Un lunes por la tarde, durante el mes de agosto, solicitamos la cita; pero no me podían atender hasta mediados o finales de noviembre”, explica Jorge. “Niomi insistió con la secretaria del doctor para que nos llamara en caso de una cancelación. Esa misma tarde, así lo hizo: teníamos turno para el otro día, martes”.

Del éxamen médico resultó una biopsia; el miércoles, Córdoba supo lo encontrado: melanoma, es decir, un cáncer de la piel sumamente difícil de controlar, sin tratamiento definido. No obstante, los especialistas decidieron operarlo para eliminar los bordes de la afección y analizar si, a través de los ganglios, el líquido canceroso había drenado hacia otras partes del cuerpo, porque era posible que ya estuviera en el torrente sanguíneo.

En una segunda operación le extirparon noventa y dos ganglios en cuatro horas. A las seis semanas inició el tratamiento a base de interferón.

Pero, desde el punto de vista laboral, Jorge, que es ingeniero en computación, se encontraba en una situación precaria. Había iniciado su propia compañía de tecnología con clientes de Venezuela, país cuya inestabilidad política afectó el propósito.

“ Mi familia –esposa y cinco muchachos– sobrevivía”, asegura.

“Niomi estaba conmigo”, recuerda Córdoba. “Cuando el doctor nos explicó que mis posibilidades de vida eran del cincuenta por ciento, porque no dudaba de que existieran otros tumores, él se impresionó al mirarla e intentó darle ánimos”.

Desolados ante tal incertidumbre, inciertos de esperanzas, asumieron la actitud que consideraron más sensata: Jorge ofreció su enfermedad a Dios en el Santísimo Sacramento, “desplomándome en el piso”, dice, hasta que una señora interrumpió sus plegarias, pidiéndole que rezara por ella porque padecía de cáncer.

“Paré de orar y dije: ‘espérate un momento: yo no soy una víctima; si el Señor me está llamando a servir a otros lo que resta de mis días, ¡me está dando una oportunidad, ¡vale!’”

Los hermanos de Emaús no se hicieron esperar. Conrado Miombé, compadre de Jorge, le llevó la imagen de los Corazones Traspasados de Jesús y María, que semanalmente rotan por los hogares de cada miembro; él la tenía en el suyo. Sucedió que en ese preciso instante, al mostrarle Conrado el cuadro, Niomi recibía una postal con los mismos Corazones, enviada por su tía californiana, que también oraba por Jorge.

Por eso, Córdoba se levantaba en la madruga para rezar el rosario. “Sentí la necesidad de acercarme a la Virgen”, dice. Al finalizar cada Ave María, agregaba: “hazme conocer más a Tu Hijo”, y, después del Padre Nuestro, decía: “Hazme conocer más a Tu Madre”.

Posteriormente, Conrado lo invitó a participar con el P. Jordi y la madre Adela en el cenáculo de oración que ellos realizan en la parroquia St. Raymond. Córdoba se excusó con él por encontrarse extenuado. Más tarde recapacitó, al acordarse de la señora que vio en el Santísimo y del hijo de Conrado, que es autista. Decidió que iría a pedir por ellos.

“Sólo recuerdo que me llamaron a orar frente al altar y mis piernas no me aguantaron; caí al piso sintiendo un calor agradable; cuando abrí los ojos vi el Santísimo Sacramento que el P. Jordi sostenía en sus manos”, dice. “Me paré de inmediato y fui a rezar por los demás. Sentí mucha paz, libre de preocupaciones”.

En la siguiente consulta, el médico le comunicó la buena nueva de que estaba libre de todo mal: así lo reflejaba la última investigación.

Jorge Córdoba fue paciente en la Escuela de Medicina de la Universidad de Miami, y en el Jackson Memorial Center. Es miembro activo de la parroquia Mother of Christ a través del comité parroquial Por Amor a Cristo (PAC) y Emaús. Le agrada visitar a los enfermos para ofrecerles su experiencia a modo de apostolado.