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 Las “Variaciones Goldberg”:
Cien luises de eternidad

Jesús Vega
Especial para La Voz Católica

Su rimbombante título al estilo de la época, “Ejercicio que comprende un aria con variaciones diversas para el clavicordio con dos teclados. Compuesto para aficionados para el deleite de la mente por Juan Sebastián Bach, compositor de la corte, maestro de capilla y director musical coral en Leipzig”, podría resultar algo aburrido. Sin embargo, tras el florido preámbulo barroco y su publicidad efectiva, está el cuarto y último de los Clavier-Übung o ejercicios de teclado creados por Juan Sebastián Bach, el cual constituye en cierta medida el punto más alto en la creación de este género.

La monumental obra, que también se conoce como Variaciones Goldberg, sigue en el tiempo a las Seis partitas, la Obertura francesa y Concierto italiano, la Misa alemana para órgano, y los Cuatro duetos, respectivamente. Cada una de las piezas anteriores representa la máxima expresión de su género particular. Son típicas “glorias de coronación” en las cuales la música extraordinaria, la práctica en la técnica del teclado y la demostración de maestría compositiva no sólo se unifican, sino que también se combinan para proporcionar lo que podría parecer un cliché: “El deleite de la mente”, una formulación que trasciende el mero juego de palabras, para expresar a plenitud lo que representa.

El origen de las Variaciones Goldberg es uno de los mitos que envuelven la obra. Una de las versiones más aceptadas es precisamente la de Forkel, según la cual el conde Keyserling, ex embajador de Rusia ante la corte del príncipe elector de Sajonia –el cual visitaba Leipzig con frecuencia–, llevó consigo en uno de sus viajes a Johann Gottlieb (o Teófilo) Goldberg, un joven clavecinista que no sólo llegó a ser alumno de Bach, sino también del hijo mayor de éste, Wilhelm Friedeman, y se hizo acreedor en Dresde de una sustancial reputación como intérprete, hasta su muerte a causa de la tuberculosis en 1756, a los 29 años de edad.

El conde, al que sus múltiples quebrantos de salud le impedían dormir, necesitaba entretenimiento para esas horas de desvelo. En cierta ocasión le solicitó a Bach algunas piezas para teclado, lo suficientemente ligeras como para proporcionarle alguna alegría durante aquellas vigilias nocturnas. El músico aceptó con agrado, pues, además de la sincera conexión que los unía, había logrado el título de compositor de la corte del rey de Sajonia gracias a la influencia del conde. El resultado fue una serie de variaciones que, en principio, consideró algo ingratas, debido a su constante repetición de la misma estructura armónica. Sin embargo, como el resto de sus creaciones, se transformó con el tiempo en una obra maestra sin discusión. De más está decir que el conde quedó enormemente satisfecho, integrándolas instantáneamente al repertorio del insomnio como sus variaciones, de manera que durante años, se cuenta que a la hora del desvelo, Keyserling decía: “Querido Goldberg, toque alguna de mis variaciones, por favor”. Tal vez por aquella solicitud tantas veces repetida, y por ironía de la historia, se les añadió a las Variaciones el nombre del intérprete, y no el de la ilustre personalidad que las encargó.

El aria en la que se fundamentan las Variaciones también existe en el Clavierbüchlein (libro de ejercicios para teclado) de Anna Magdalena, la segunda esposa de Bach, y sirve como punto de partida de un complejo musical dividido inicialmente en dos partes, con quince variaciones cada una, en la que cada secuencia de tres variaciones forma una subdivisión relacionada. Después que el intérprete cubre todos los intervalos establecidos, el compositor concluye las variaciones con un quodlibet, donde combina inesperadamente dos canciones de carácter popular con la línea para bajo del tema.

Las Variaciones Goldberg se consideran como el apogeo de las composiciones para teclado del maestro barroco. Con ellas, Bach aportó una nueva prueba de la universalidad de su genio, que trasciende el entorno epocal, temporal, de estilos y géneros. Y la grabación que hiciera de las mismas el mítico pianista y musicólogo canadiense Glenn Gould en 1955, definió para siempre la forma en que escucharíamos esa obra que conjuga elementos contrapuntísticos, matemáticos, numerológicos y, sin duda alguna, metafísicos. Aludiendo a lo simple, nos regaló una pieza de indudable profundidad. Con esta obra que no envejece, Bach nos dejó su visión de un mundo coherente y ordenado por Dios, en un discurso sencillo y reafirmado por términos puramente musicales.

Según cuenta Forkel –y es la única evidencia que se tiene del hecho– el conde Keyserling le regaló a Bach una copa de oro dentro de la cual había cien luises también de oro, suma que, como dicen los estudiosos, pudo haber sido la mayor remuneración recibida por el maestro. No obstante, la grandeza de las Variaciones Goldberg supera con creces esa suma, cuya autenticidad se ha diluido en el tiempo, dando paso a la magnificencia de una pieza llena de enigmas y aliento de eternidad.