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Busquemos la belleza interior, no la exterior
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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Hace algún tiempo leí un artículo que exponía hasta qué punto
los estadounidenses se están sometiendo a la cirugía estética.
Según la American Society of Plastic Surgeons (Sociedad
Estadounidense de Cirujanos Estéticos), la cifra de operaciones
cosméticas realizadas en Estados Unidos alcanzó su cima en 2003,
con un total de 8,7 millones de operaciones realizadas,
incluyendo liposucciones e inyecciones de botox.
Esta cifra representa un incremento de 33 por ciento en relación
con el año anterior.
Tal vez esta fiebre de cirugías estéticas encuentre su
explicación en un informe del Center for Human Appearance
(Centro de Estudios sobre la Apariencia Humana), de la Escuela
de Medicina de la Universidad de Pensilvania: más de la mitad de
todas las mujeres y poco menos de la mitad de todos los hombres
se sienten insatisfechos de su apariencia personal.
¿Se debe esto a que nos hemos vuelto más “pesados” como nación?
¿O sucede porque estamos demasiado preocupados con los aspectos
físicos y materiales de nuestras vidas? Tal vez sea un signo de
cuán ridículamente próspera ha llegado a ser nuestra sociedad.
Puedo asegurarles que la cirugía estética no ocupa lugar en las
mentes de la mayor parte de la gente en África, Asia o, incluso,
América Central o Suramérica.
No se trata de que haya nada de inmoral en ocuparnos de nuestros
cuerpos. Debemos ejercitarnos y alimentarnos de manera correcta
para mantener nuestra condición física en buen estado. Debemos
hacer todo lo que podamos para conservar la salud.
El problema moral surge cuando la preocupación por nuestros
cuerpos se convierte en una fijación; cuando gastamos un dinero
que no tenemos para arreglar este o aquel rasgo de nuestro
aspecto personal.
Nuestra fe nos dice que somos seres físicos y espirituales,
compuestos al mismo tiempo de cuerpo y alma. Lo que es más,
hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, lo cual
significa que todos somos de una belleza innata.
El valor de un ser humano no depende exclusivamente de su
apariencia. Y en conclusión, y tal como dice un viejo anuncio,
“nadie puede engañar a la madre Naturaleza”. Siempre llega un
momento en que todo se viene abajo y se presenta la muerte.
Entonces, ¿qué es lo verdaderamente importante? Ciertamente, no
nuestra apariencia personal. Tal como se nos recuerda en cada
Cuaresma, “polvo eres y al polvo has de volver”.
Lo único que realmente importa es nuestra relación con Dios y
con los demás. Y la apariencia personal tiene poco que ver con
esto.
¿Ayudamos a los otros? ¿Consolamos a quienes sufren? ¿Tratamos
de aportar paz y justicia a nuestro pequeño rincón del mundo?
¿Les trasmitimos nuestra fe a nuestros hijos, y les enseñamos
los valores que verdaderamente importan? ¿Nos esforzamos por
cumplir la voluntad de Dios?
Es la belleza interior la que verdaderamente importa. Ésta es la
belleza que resplandecerá en la hora de nuestra muerte.
Por lo tanto, la próximo vez que nos sintamos preocupados por
haber aumentado un poco de peso, o que nos desesperemos por las
bolsas que se nos están formando debajo de los ojos, tomémonos
un momento para reflexionar sobre la salud de nuestras almas y
las “bolsas” de nuestras conciencias. En vez de someternos a un
procedimiento que nos “levante” la cara, recurramos a
“procedimientos” para levantar el espíritu: una buena confesión,
una oración sincera, una visita al Santísimo Sacramento.
La Bienaventurada Madre Teresa de Calcuta no era gran cosa a
simple vista, pero fue una de las más bellas hijas que Dios haya
tenido, y logró, con su manera de tratar al prójimo, que muchas
otras personas se sintieran también así.
Nuestra sociedad y nuestros hijos serán mucho mejores si nos
olvidamos de la cirugía estética y seguimos el ejemplo de la
Bienaventurada Madre Teresa. |