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“Calidad de Vida”: Una frase que puede atentar contra la vida

Dr. Luis E. Raez
Cada vez es más común el hablar de “calidad de vida”, sobre todo
cuando hablamos de ancianos, personas con enfermedades
incurables o que han tenido accidentes y han quedado con
lesiones irreversibles. Generalmente estas personas, sus
familiares o sus amigos, opinan acerca de la “calidad de vida”
que el ser humano afectado tiene o va a tener en el futuro; así,
por ejemplo, se considera que la “calidad de vida” no será buena
si la persona no puede disfrutar como antes, no es útil a la
sociedad porque no es productiva, o le queda un tiempo de vida
corto. Ahora que la eutanasia (interrumpir la vida de una
persona con o sin su consentimiento) o la eugenesia (selección
de seres humanos) están volviendo a considerarse como opciones
válidas, es importante que tengamos una idea clara sobre aquello
de lo que estamos hablando y reflexionemos a la luz de nuestra
fe.
En un artículo publicado el mes pasado en la revista
Ethics and Medics,
los autores
Adam Hildebrand y Jo Massarelli dicen que realmente no existe
una definición ética o médica establecida de “calidad de vida”,
por lo que discuten la que es más común para todo el mundo:
“Estimar el valor de la vida humana basándose en criterios
externos”; así critican la cultura de hoy, que considera que las
personas muy enfermas o incurables son menos valiosas que las
demás, porque no tienen una “calidad de vida” buena. Los autores
consideran que esto es un error; antes, el uso de la expresión
“calidad de vida” se refería más a la calidad del medio en que
una persona vivía, o a la calidad del agua o de la comida que
comía, entre otras cosas, pero los autores consideran que no se
puede aplicar el concepto de “calidad de vida” al valor de la
vida del ser humano, que es intrínsecamente valiosa de acuerdo
con nuestra fe.
Hoy en día, en todas partes se usa el término “calidad de vida”
para juzgar si una persona enferma debe vivir o morir, para
saber si un enfermo debe recibir o no un tratamiento adecuado, o
–sin ir muy lejos– hasta para decidir si un ser humano debe
nacer o no.
En un artículo reciente (LVC, abril de 2006, p. 23) comentábamos
cómo, si hoy en día se descubre que una mujer embarazada va a
tener un hijo con síndrome de Down (retardo mental), se le
ofrece a la madre la posibilidad del aborto, ya que el “pobre”
niño “no tendrá una buena calidad de vida si nace”, o la madre
tendrá “una pobre calidad de vida si vive o cuida un hijo así”.
Yo creo que todos conocemos casos de niños con Down o con
autismo que son simplemente brillantes en música, pintura u
otras actividades no necesariamente relacionadas con el
razonamiento; atreverse a juzgar que ese niño preferiría no
haber nacido porque está experimentando una “pobre calidad de
vida”, sería una osadía. Aun si ese niño no dispusiera de
ninguna cualidad, y fuese una “carga para la sociedad” (otra
frase que se usa hoy mucho), ya fue concebido, nació, Dios lo
ama, y Él tiene un plan para cada uno de estos niños, un plan
que no es precisamente la infelicidad en este mundo, ni para
ellos ni sus padres. Como dice el salmo 138: “Cuando, en lo
oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la
tierra, tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu
libro; calculados estaban mis días antes que llegase el primero”.
Basta que un ser humano haya sido creado a imagen y semejanza de
Dios, y redimido por Jesucristo, para que todos tengamos una
dignidad humana tremenda y sagrada, cuyo valor no se altera por
ningún motivo socioeconómico, político o religioso, y debe ser
respetada.
Si arbitrariamente empezáramos a definir quién tiene o no tiene
una buena “calidad de vida”, empezaríamos también a juzgar quién
vale más o menos. La historia de la humanidad está plagada de
atentados contra la dignidad del ser humano basados en ese “razonamiento”:
los espartanos mataban a los niños que nacían deformados; los
nazis eliminaron a enfermos mentales, judíos y gitanos, porque
los consideraban menos valiosos; en China se aborta a las niñas
cuando se quiere lograr un varón (ya que sólo se permite un hijo
por familia).
Sin embargo, al haberse difundido tanto el término “calidad de
vida”, sería ya muy difícil prescindir de él. Pero su contenido
puede modificarse positivamente si la gente –cristiana y no
cristiana– reflexiona más profundamente acerca de lo que
realmente significa “calidad de vida”, y no se deja llevar tan
fácilmente por ideas que son totalmente contrarias a la correcta
visión de lo que es la dignidad del ser humano, la dignidad que
tiene y que permanecerá con él desde el inicio hasta el fin de
sus días.
Profesor Asistente de Medicina, Epidemiología y Salud Pública en
la División de Hematología Clínica y Oncología Médica,
Departamento de Medicina de la Escuela de Medicina de la
Universidad de Miami.
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