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El Cristo de Chimayó, Señor de Esquipulas

Rogelio Zelada

Es la hora de Vísperas del Viernes Santo y don Bernardo Abeita, cófrade de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús el Nazareno, aprovecha la tranquila soledad del valle para rezar el último Vía Crucis del día, tal como lo ordenan las tradiciones y reglamentos de la sociedad de penitentes a la que pertenece.

Le gusta pasear por esta silenciosa hondonada cercada por suaves colinas, antiguo lugar sagrado de los indios Tewa, donde las viejas leyendas situaban la mítica y primordial laguna que, al comienzo de los tiempos, manaba el agua y el fuego de la vida, y que el tiempo transformara en una fértil llanura que los nativos llaman Chimayó, y los españoles El Potrero.

El Santuario de Chimayó, en Chimayó, Nuevo México. Fotos: Cortesía del autor

Desde lo alto del monte contempla los inquietos temblores de luz que la luna de abril dibuja en el sereno cauce del pequeño río Santa Cruz. Mientras medita en la Pasión del Señor, advierte un inexplicable resplandor que distrae sus pensamientos; en medio de la ladera que desciende hasta el río, un intenso fulgor aflora de lo hondo del arenal. Movido por la curiosidad, escarba y remueve la grava hasta encontrar la fuente de aquel prodigio: un gran crucifijo de rasgos indígenas, una talla de buen tamaño, de rústica y serena belleza. Entusiasmado, avisa a los vecinos y convoca a toda prisa a Fray Sebastián Álvarez, el franciscano a cargo de la misión de la Santa Cruz de la Cañada.

Interior de El Santuario.

Todos acuden para ver el hallazgo, y enseguida organizan una devota y jubilosa procesión, con antorchas y cánticos de fiesta, para trasladar el crucifijo hasta la iglesia de la Santa Cruz, donde el P. Sebastián, con toda la solemnidad posible, lo entroniza en el nicho principal del altar mayor del templo. A la mañana siguiente, descubren con estupor que la imagen ya no está en su sitio; misteriosamente, ha regresado al lugar del hallazgo. Con una segunda procesión la traen de regreso, pero, cuando la imagen desaparece por tercera vez, entienden que le deben levantar una capilla en Chimayó, en el mismo paraje donde don Bernardo la había encontrado.

En los archivos de la Dióceses de Durango, en México, aparecen datos que sugieren explicar el origen del Cristo. A finales del siglo XVII, procedente de Guatemala, un misionero franciscano fue martirizado por los indios, y los colonos lo sepultaron en El Potrero, junto con el Cristo de Esquipulas que él siempre llevaba consigo, y muy probablemente, cuando el río Santa Cruz se desbordó en 1810, la gran inundación sacó a la superficie el cuerpo del sacerdote y el crucifijo. Al parecer, este misionero fue el que propagó la devoción al Señor de Esquipulas, ya que, años antes del hallazgo del crucifijo y la construcción de la Ermita de Chimayó, en las partidas de bautismo de la región los registros parroquiales repiten nombres como Juan de Esquipulas, María de Jesús Esquipulas, Tomás de Jesús Esquipulas, etcétera.

Detalle del crucifijo de Nuestro Señor de Esquipulas, que está en el altar mayor de El Santuario.

La devoción al Cristo de Chimayó se extendió poco a poco entre las comunidades indígenas de Nuevo México, y en 1813 se reunieron todas las familias del lugar para pedir a la Sagrada Mitra en Durango (el obispado) el correspondiente permiso para levantar una capilla donde dar culto al Señor y celebrar la Santa Misa: “Este lugar es frecuentado de muchas personas que como en romería vienen hasta de veinte y más leguas, a rendir sus votos al Soberano Redentor y a experimentar el alivio o sanidad de sus dolencias. De la fama constante de estos portentos se ha originado el laudable deseo que viene de muchos feligreses y devotos”

El Santuario de Chimayó, un gracioso y pequeño templo, de simples muros de adobe al más puro estilo de las misiones de Nuevo México, fue construido entre 1814 y 1816.

Por más de cien años, funcionó como una capilla privada, cuidada por los descendientes de la familia Abeita, hasta que, en 1929, la Arquidiócesis de Santa Fe se hizo cargo del Santuario y lo encomendó a la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia.

Miles de peregrinos acuden de continuo a esta capilla para orar y también para recoger y llevar la sagrada tierra, que se debe sacar del “pocito” (un pequeño agujero en el piso de una salita contigua al Santuario), que marca el sitio donde fuera hallado el Cristo.

Los peregrinos utilizan esta sagrada tierra para usos muy similares a los del agua de Lourdes. El “pocito” es rellenado varias veces al día con simple arena tomada de las colinas cercanas. Una vez colocada en el pequeño pozo y, sobre todo, bendita por el sacerdote a cargo del santuario, la arena se vuelve algo sagrado, un objeto de veneración popular al que se le atribuyen cualidades extraordinarias. La pequeña habitación donde se encuentra el “pocito” está llena de toda clase de exvotos, imágenes y objetos piadosos que los devotos han ido dejando allí como signo de gratitud. A lo largo del año acuden más de 300,000 peregrinos para rezar, dar gracias y pedir favores. En el mes de junio miles de hombres y mujeres, en grupos separados, recorren a pie un camino de más de cien millas para celebrar la Eucaristía frente al Santuario, junto con las comunidades indígenas de Taos y otros pueblos nativos de la zona. Parroquias, grupos y organizaciones religiosas, familias o personas llegan todos los días a Chimayó, pero muy especialmente cada Viernes Santo, cuando más de 20,000 personas acuden a la ermita para conmemorar la muerte del Señor y venerar la imagen del Cristo.

Vale la pena visitar este hermoso espacio de oración, enmarcado por el imponente escenario de las montañas Sangre de Cristo; y no sólo como sitio de peregrinación o interesante lugar histórico (National Historic Landmark desde 1970), sino, sobre todo, porque es uno de los más antiguos signos que recuerdan y celebran los orígenes de la presencia hispana en la evangelización de lo que es hoy el territorio de los Estados Unidos.