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Cuando el hogar es escuela de amor
y la escuela da amor de hogar

El coro de Nuestra Señora de Lourdes
canta en la Misa del Papa

P. Eusebio Gómez, OCD
Especial para La Voz Católica

El coro de la escuela secundaria Nuestra Señora de Lourdes, de Miami, hizo recientemente un viaje a Italia. Estas jóvenes –alrededor de 40– cantaron en varias iglesias de Milán y Florencia. El día de Pascua fueron elegidas, con otro coro de Alemania, para cantar en la Misa del Papa. ¡Qué honor tan grande para el Coro de Lourdes, y para Miami!

Cuando me lo contaba el padre de una joven que fue en este viaje, pensaba yo lo importante que es educar a los jóvenes en valores humanos y cristianos y orientarlos hacia actividades que les suban la autoestima.

No hay duda de que el hogar es la mejor escuela del amor. Todo lo bueno o lo malo que somos y tenemos, lo aprendemos en los primeros años de vida. El ejemplo de los padres arrastra, el de los hermanos ayuda.

“La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia”. (Juan Pablo II.)

Los padres son los principales responsables de la formación de los hijos, y lo son, más que con la palabra, con el ejemplo.

Vivimos en una sociedad sin alma y la familia lo acusa, sobre todo los hijos. En muchos hogares no hay comunicación, cada uno se comunica con la “tele” o la Internet. Ya lo decía Juan Pablo II en el Jubileo de las familias, el 15 de octubre de 2000: “Al ser humano no le bastan relaciones simplemente funcionales. Necesita relaciones interpersonales, llenas de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre éstas, es fundamental la que se realiza en la familia: no sólo en las relaciones entre los esposos, sino también entre ellos y sus hijos”.

Cuando no hay comunicación, el amor poco a poco se va marchitando, y cuando no hay un amor verdadero, los intereses de cada persona salen a flor de piel. Entonces se lleva la contabilidad de los favores dados y de las ofensas recibidas.

Por el contrario, entre los enamorados (y, más en general, entre los miembros de una familia), “cada uno da según sus posibilidades y cada uno recibe según sus necesidades”, explica Francesco Alberoni. “No hay ninguna contabilidad entre lo que doy y lo que recibo. Cada uno da sobre la base de sus exigencias y cada uno recibe sobre la base de sus necesidades. Cuando se desencadena una contabilidad de los dones, un ‘yo te he dado y tú no’, es que el enamoramiento está a punto de terminar. Cuando cada uno exige contabilidad...  es que ha terminado por completo”.

Y cuando se apaga el deseo de hacer el bien al otro, los intereses, los criterios mandan en el corazón. “Aunque creemos desear el bien de los otros o nuestro propio bien, ese deseo suele estar mezclado con una búsqueda de nosotros mismos, de nuestra propia voluntad, del apego a nuestros criterios personales estrechos y limitados, a los que nos aferramos y queremos imponer a los demás, y a veces, incluso a Dios”. (Jacques Philippe.)

La familia –que es escuela– y la escuela –si aspira a ser familia– deben recordar, en su oración y en la vida, que Dios ama a todos y desea que creamos en el amor, y que amemos como Él nos ama. Cuando no contamos con la fuerza de Cristo, no podemos hacer nada.

La experiencia de las jóvenes que integran el coro de Nuestra Señora de Lourdes al cantar en la Misa papal del día de Pascua, no fue sólo un honor para ellas, sino para esta escuela de Miami donde la educación se imparte contando con la fuerza de Cristo.