|
No hay fronteras para el hambre
Brahim –uno de los pocos supervivientes del naufragio de una
patera, el 16 de septiembre de 1998–, en nombre de todas las
pateras del mundo, decía: “Nadie puede poner fronteras a nuestra
hambre”.
Las migraciones son un fenómeno antiquísimo, desde hace por lo
menos 150,000 años. Sin embargo, las migraciones sólo empezaron
a ser un fenómeno verdaderamente importante durante la segunda
mitad del siglo XIX. Hoy han ido en aumento.
Según las Naciones Unidas, en la actualidad existen
aproximadamente 130 millones de inmigrantes, lo que significa
que casi el 2% de la población mundial vive en un país distinto
del que le vio nacer. De esos 130 millones, alrededor de 22
millones son refugiados registrados por el Alto Comisionado de
las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Según las
previsiones de las Naciones Unidas, la población mundial seguirá
aumentando hasta quedar estabilizada en 10,200 millones de
personas dentro de cien años; y el 98% de dicho crecimiento
demográfico tendrá lugar en los países pobres. Estas cifras,
evidentemente, no pueden tener mucho rigor matemático, pero dan
idea del problema que se avecina.
Como dijo el Dr. Mahbub ul Haq al presentar el informe sobre
Desarrollo Humano de 1992, es inevitable que las personas vayan
hacia las oportunidades si las oportunidades no van hacia ellas,
y ninguna ley de extranjería, por muy represiva que sea, podrá
frenarlas.
El 5 de agosto de 1999, El País daba esta noticia que he
tomado de Luis González- Carvajal: el día 2 de agosto de 1999
fueron encontrados en el tren de aterrizaje de un avión que
cubría la ruta Malí-Bélgica los cadáveres de Yaguine Koitia y
Fodé Tounkara, dos niños de Guinea-Conakry. Se habían escondido
allí para escapar de la pobreza y poder estudiar, pero no
pudieron resistir las bajas temperaturas (entre 40 y 55 grados
bajo cero) que reinan a 10,000 metros de altura. Uno de ellos
llevaba sujeta a la altura del corazón una emotiva carta que
habían escrito a los dirigentes europeos: “Son ustedes las
personas a quienes los africanos necesitamos pedir socorro. Se
lo suplicamos por el amor que sienten ustedes hacia sus propios
hijos y por el amor de su creador, Dios todopoderoso, que les ha
dado todo lo necesario para hacer de su continente el más bello
y admirable de todos: ayúdennos, sufrimos enormemente en África.
Si ustedes ven que nos sacrificamos tanto y exponemos nuestra
vida, es porque se sufre demasiado en África. Queremos estudiar,
y les pedimos que nos ayuden a estudiar para ser como ustedes en
África. En fin, les suplicamos muy, muy fuertemente que nos
excusen por atrevernos a escribir esta carta a ustedes, los
grandes personajes a quienes debemos mucho respeto”.
¿Qué podemos hacer? Hay muchas soluciones, pero, según dice
Benedetti: “todo es según el dolor con que se mira”. Debemos
procurar, en primer lugar, que en el tercer milenio nadie
necesite salir de su tierra para poder comer. Juzgamos lo más
oportuno –decía Juan XXIII– que, en la medida de lo posible, el
capital busque al trabajador, y no al contrario. Y el mismo papa
añade: “Es necesario que sea lícito a cada persona humana,
cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y
fijar allí su domicilio. El hecho de pertenecer como ciudadano a
una determinada comunidad política no impide en modo alguno ser
miembro de la familia humana ni pertenecer en calidad de
ciudadano a la comunidad mundial”.
Los inmigrantes cristianos tenemos razones para comprender a los
inmigrantes. Bernard Bro dice “que quienes no han vivido un
éxodo no pueden comprender totalmente la Biblia”.
Y en la Biblia se nos recuerda: “No molestes ni oprimas al
extranjero, porque vosotros también fuisteis extranjeros en
Egipto” (Ex 22, 20); “no oprimas al emigrante: vosotros conocéis
cuál es la condición del emigrante, pues fuisteis emigrantes en
Egipto” (Ex 23, 9). “Si un emigrante se instala en vuestra
tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más
y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis
emigrantes en Egipto. Yo soy Yahveh, vuestro Dios” (Lv 19,
33-34). “Habrá una misma ley para el emigrante y para el nativo,
porque yo soy Yahveh, vuestro Dios” (Lv 24, 22). A la razón ya
conocida del recuerdo de la propia emigración, se añade ahora
otra: “Yo soy Yahveh, vuestro Dios”.
Los inmigrantes necesitan ser acogidos en todas sus necesidades,
especialmente en el ámbito de la fe. Como dijo Juan Pablo II,
“no existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del
necesitado”.
Es cierto que es preciso regular y cuidar la inmigración. Pero
nunca se debe perder de vista que el inmigrante es un ser humano.
Ya los romanos, en el siglo II, intentaron frenar a los
inmigrantes con la construcción de fosos, murallas y torres de
vigilancia. Pero ni aquellos muros fueron eficaces, ni lo serán
los de hoy. Solamente desde la justicia y el amor podremos
solucionar el problema de la inmigración, pues “nadie puede
poner fronteras al hambre”.
Director del Centro de Espiritualidad Carmelita
mailto:eugona46@hotmail.com
|