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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

¿Debemos rezar por nuestro enemigo?

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

Cartas publicadas en los periódicos, y algunas voces a través de la radio, han estado criticando recientemente a los obispos de Cuba por rezar para que Dios acompañe al gobernante de su país en su seria enfermedad. En este lado del Estrecho de la Florida, también algunos dijeron estar rezando, pero por su muerte en vez de por su salud.

Nuestra gente venida de Cuba experimenta hondas y sinceras emociones. Muchos han perdido a sus familiares ante pelotones de fusilamiento o en las traicioneras aguas del mar. Otros conservan vívidos recuerdos de las injusticias sufridas en las cárceles. Han padecido un prolongado exilio de su patria, y años de separación de sus familias. Se han visto privados de libertad por demasiado tiempo.

Poniendo la política y las emociones a un lado, la enseñanza de la Iglesia en esta cuestión es clara: Debemos rezar por el bienestar y la lucidez de nuestros líderes cívicos, y debemos rezar por la salvación de los enfermos y los moribundos –sin excepción alguna, nos agraden o no.

En el día más sagrado del calendario de la Iglesia, el Viernes Santo, después de la lectura de la Pasión, que narra los eventos salvadores que condujeron a nuestra Redención, se procede a proclamar las grandes intercesiones. Hay diez intercesiones: la octava es por los que no creen en Dios; la novena es por quienes ocupan cargos públicos; y la décima es por los enfermos, por los moribundos y por otras necesidades especiales. Estas peticiones son un resumen del amor universal de Dios, y se basan en la salvación que Él ganó para nosotros por medio de su vida, de su muerte y de su resurrección.

La razón por la cual rezamos por quienes no creen, es para que puedan abrirse a las gracias de Dios. ¿Quién sabe? El Señor podría llamarles, tal como ha llamado a muchos, en su lecho de muerte. El Señor quiere que todos se salven.

Esto puede parecer injusto, pero ya sabemos, por las enseñanzas de Jesús, que los caminos de Dios no son nuestros caminos. Nuestra justicia no es la justicia de Dios. La justicia de Dios está atemperada por la misericordia y la compasión, mientras que –con demasiada frecuencia– nuestra justicia humana se mezcla con nuestra incapacidad para desprendernos y sanarnos de los recuerdos opresivos, o incluso, en ocasiones, con nuestro deseo de venganza y de retribución.

Si nos vamos a llamar cristianos, no podemos separar y escoger cuáles enseñanzas de la Iglesia son las que vamos a seguir, o qué camino del Señor es el que vamos a imitar.

En la parábola del Buen Pastor, Jesús enfatiza el hecho de que un buen pastor deja a las 99 ovejas para salir en busca de la oveja que se extravió..

En la Última Cena, Jesús rezó por que todos fuéramos uno, y por que todos llegaran a conocer la Verdad. No hizo excepciones. De hecho, debemos rezar especialmente por aquellos que parecen rechazar las gracias de Dios.

En nuestra oración eucarística, durante la Misa, decimos todos los días, en el momento de la consagración de la Preciosa Sangre: “Que será vertida por ustedes y por todos, para el perdón de los pecados”. Es por esto que la Iglesia de la Eucaristía tiene que ser un agente de reconciliación en medio de los conflictos y la división.

Jesús también nos ordenó, en términos muy precisos, que amemos a nuestros enemigos y que recemos por quienes nos persiguen. En el Evangelio de San Mateo, Jesús nos recuerda: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan” (Mt. 5,43-44). Esta enseñanza, en efecto, es difícil de llevar a la práctica, pero esto es lo que se espera de los cristianos.

Amar a nuestros enemigos, ofrecer la otra mejilla, son acciones especialmente difíciles para las personas que han sido heridas por alguien. Cuando las emociones o la política interfieran con nuestra capacidad para actuar como Jesús actuó, debemos rezar por nosotros mismos, y por la conversión de nuestro propio corazón, pues esto es lo que el Señor desea verdaderamente de cada uno de nosotros, es decir, “un corazón limpio, no holocaustos”.

Jesús dejó esto bien claro en la oración que nos enseñó, el Padre Nuestro. Cada vez que la rezamos, decimos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Si decimos esto y después nos negamos a perdonar a alguien, lo que le estamos diciendo a Dios es, realmente, que Él puede aplicar una excepción semejante cuando se trate de perdonarnos a nosotros. ¿Estamos dispuestos a correr semejante riesgo?

Rezo todos los días por la liberación y la salvación de todo el pueblo de Cuba, sin excluir a nadie, y no pido excusas por ello.

Tampoco pido excusas por apoyar a los obispos de Cuba, que durante años han estado evangelizando pacientemente a su pueblo, en medio de circunstancias extremadamente difíciles. Han sido pastores proféticos ante graves dificultades políticas. No sé cuántos de nosotros, en este país, hubiéramos sido capaces de hacer lo que ellos han hecho.

Puedo afirmar, de manera inequívoca, que la Iglesia de Miami se encuentra en comunión y en plena solidaridad con los obispos de Cuba, no sólo en estos momentos de incertidumbre, sino a través de todos sus empeños pastorales por llevar a cabo su misión apostólica..