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¿Deportistas
vs Deporte?
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OP. Eduardo M. Barrios, S.J. |
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Padres de familia y educadores inculcan el deporte a los
pequeños por considerarlo actividad sana para cuerpo y alma. Lo
ven como instrumento para fortalecer el físico y alejar de los
vicios a los menores. Pertenece a la formación del hombre
integral. Hace seis años, el difunto Juan Pablo II llamó al
deporte “la actividad secundaria más hermosa del mundo”. Añadió
el pontífice que el deporte “promueve valores como la lealtad,
la perseverancia, la amistad, la participación y la solidaridad”.
El Papa Benedicto XVI también se ha pronunciado a favor de los
deportes.
¿Favorece el deporte la salud corporal? Hasta cierto punto, sí.
Los médicos prescriben ejercicio. Ahora bien, en exceso no
beneficia a la salud. La prueba la tenemos en las personas que
mueren centenarias: nunca se trata de quienes se excedieron en
ejercicios físicos.
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El jugador de la selección alemana de fútbol Michael Ballack (izq.)
consuela al argentino Esteban Cambiasso (der.) tras el encuentro
que Alemania y Argentina disputaron el 30 de junio en el estadio
Olímpico de Berlín, correspondiente a los cuartos de final del
Mundial de Fútbol Alemania 2006. Alemania venció en la tanda de
“penaltis”.
EFE/Leo La Valle |
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¿Es sano para el alma? En las secciones deportivas de los
periódicos aparecen con frecuencia noticias sobre diferentes
inmoralidades en el mundo deportivo: uso de drogas, agresiones
físicas, infracciones a reglamentos, abusos contra mujeres y
violencia doméstica, entre otros.
¿Se puede concluir, a partir de esas noticias, que el deporte no
es sano para el alma? No. El problema no radica en el deporte,
sino en algunos deportistas.
Lo mismo sucede en otros campos del quehacer humano. La abogacía,
por ejemplo, no es tramposa; algunos abogados, sí. La política
no es sucia, pero hay políticos corruptos. La profesión médica
no es interesada, pero hay galenos que piensan más en sus
ganancias que en la salud del paciente. La carrera eclesiática
es la más santa del mundo, pero hay clérigos lapsos. Los
cazatalentos deportivos deberían indagar mejor sobre el pasado
de los adolescentes habilidosos para el juego. Con frecuencia
aparecen jóvenes con talento para hazañas físicas, pero que
provienen de hogares rotos o que abandonaron la escuela
demasiado pronto. En lo posible, habría que llenar las lagunas
educativas de los candidatos a deportistas profesionales, sobre
todo en cuanto a valores morales, espirituales y cívicos.
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Los jugadores italianos Daniele de Rossi y Francesco Totti (der.)
besan el trofeo de la Copa del Mundo, durante la ceremonia de
celebración de la victoria de Italia en el partido de la final
del Mundial 2006, disputado contra Francia, el domingo 9 de
julio, en Berlín (Alemania). EFE/Roland Weihrauch |
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Hace unos años, con ocasión de un campeonato de fútbol (soccer)
celebrado en Portugal, los obispos lusitanos publicaron un
documento en que alababan el deporte con estas palabras:
“Constituye un medio de aprendizaje de las reglas propias de la
vida colectiva. Facilita la adquisición de valores como el
respeto a los demás, la magnanimidad, la fraternidad, la
solidaridad, la generosidad, el altruismo, el respeto a las
leyes y la confrontación leal. Inculca el sentido de disciplina
colectiva y educa para la vida cívica”.
Ahora bien, los prelados advertían que el deporte puede
convertirse en “competición de artistas pagados a precio de oro
que ofrecen un espectáculo de valor comercial, pero falto de
alma y de sentimientos”. También reprobaban “el empleo de
sustancias químicas prohibidas para mejorar el rendimiento
físico de los atletas, lo cual vicia los resultados deportivos y
pone en peligro la salud de los atletas”.
No sólo se fijaban los mitrados en los jugadores, sino también
en los espectadores. Exhortaban a los fanáticos a que apoyen al
propio equipo sin llegar a “episodios de intolerancia y
agresividad que desemboquen en graves acciones violentas”.
Recientemente en Alemania, durante el Mundial de Fútbol, se
dieron casos de mala conducta por parte de fanáticos de
Inglaterra y de otros países.
De lo dicho se deduce que en el mundo deportivo se necesita
mayor vigilancia sobre los malos comportamientos.
En nuestro medio se le da mucho seguimiento al béisbol. En ese
deporte deberían imponerse sanciones más duras a los pitchers
que golpean intencionalmente a los bateadores, y a los jugadores
que saltan del dugout al campo para enredarse en pugilato
con los contrarios.
También elevaría el nivel del béisbol el prohibir tajantemente
la común práctica de managers y peloteros de protestarle
descompuestamente a los umpires. Esas discusiones airadas
y desaforadas, que con frecuencia acaban en expulsiones, dan un
pésimo ejemplo a la juventud presente en el estadio y a los
televidentes.
Parece que en Asia hay mejor educación en caballerosidad y
compostura. Aquí en las Grandes Ligas juegan peloteros japoneses,
coreanos y taiwaneses. A esos deportistas asiáticos nunca se les
ve rabiosamente descontrolados por decisiones de los umpires,
como desgraciadamente sucede con no pocos jugadores de este lado
del Atlántico.
Quede clara la sanidad moral del deporte en sí, pero también la
necesidad de sanear más a quienes lo cultivan.
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