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 Por treinta monedas…

Judas en los Cuatro Evangelios

Rogelio Zelada

Como una ola de hielo, un hondo y negro silencio recorre todo el aposento alto donde aquellos doce hombres, ritualmente recostados sobre almohadones y esterillas, cumplen con la vieja tradición de Israel, celebrando con su Maestro la cena del cordero.

Jesús ha interrumpido el gran discurso de despedida para dar un terrible anuncio que los ha llenado de vergüenza y tristeza: “Les aseguro que me va a entregar uno de ustedes que comparte mi pan”. Y es tal el asombro que sólo aciertan, nerviosos, a balbucear: “Maestro, ¿seré yo el traidor?”.

Común a los Cuatro Evangelios, el episodio de la traición de Judas introduce dramáticamente el momento de la Pasión de Jesús. La incomprensible infidelidad de uno de sus más allegados, hace que el plan de los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo encuentre un aliado inesperado en el círculo más cercano a Jesús.

“El beso de Judas”:Pintura anónima del siglo XII. Cortesía del autor

Judas Iscariote era uno de sus íntimos amigos y, como tal, estaba totalmente al corriente de todos los detalles de su vida; era un perfecto conocedor de sus desplazamientos, sus hábitos y costumbres; era testigo de sus enseñanzas y sus milagros.

Miembro del pequeño grupo que Jesús había creado, después de haber pasado una noche entera en oración, Judas, según el significado evangélico de “los Doce”, había sido llamado a formar parte del grupo de los doce patriarcas del nuevo pueblo de Dios y, como tal, era uno de los futuros pilares o columnas de la Iglesia.

Por eso la deslealtad de Judas constituía un enorme escándalo para la fe de las primeras comunidades cristianas; un horrible baldón para el que Lucas no encuentra ninguna motivación humana. Un episodio que sólo puede explicarse por la seducción de Satanás, el rival de Dios, y que en el texto lucano se convierte en una llamada a la atención para todo cristiano, que debe estar dispuesto a cargar con su cruz para seguir a Jesús en un continuo combate contra todas las fuerzas del mal.

Es curioso notar que Juan, que no nos narra ninguna posesión diabólica en su Evangelio, nos dice que “el diablo entró en Judas”; lo que quiere decir que todo el que abandona el mundo de Dios, pasa inmediatamente a pertenecer al mundo contrario a Él, y que ser de uno u otro mundo –el de la luz o el de las tinieblas– depende siempre de la propia y libre decisión.

La predicación viva de la comunidad apostólica recogida en los textos del Nuevo Testamento, nos permite acceder no sólo al mensaje salvador de Jesús, sino también a un rico encuentro con la experiencia real de aquellos hombre y mujeres que anduvieron el camino de la fe en el tiempo en que el Evangelio (la Palabra predicada por los apóstoles) se plasmó en los Cuatro Evangelios (la obra literaria de los cuatro evangelistas).

Cada autor sagrado, al recoger por escrito la tradición recibida de los apóstoles, tiene ante sí a un grupo humano, con cultura y vivencias diversas, hombres y mujeres que debían vivir y anunciar a Cristo dentro de un marco político determinado, con tensiones internas y diversos niveles de conversión.

Para Pablo, la comunidad de mesa con Jesús es ante todo comunidad de fidelidad y amistad. El que abandona la Iglesia traiciona al Señor y a su comunidad.

Formar parte de esa comunidad no garantiza la salvación, ya que cada uno debe decidir su opción personal por la Palabra y la persona del Señor de la mesa, que es Jesús.

En Mateo y Marcos, la revelación de la deslealtad de Judas ocurre antes de la institución de la Eucaristía, solemne anuncio de la donación total de Jesús. Lucas, al contrario, ha preferido colocarla después, como una advertencia a toda la Iglesia; un sutil aviso a la comunidad cristiana: el que come de la sagrada Eucaristía puede llegar a ser un nuevo Judas, si no asume la vida como donación de sí mismo y de entrega al servicio del Evangelio y de sus hermanos. Para Lucas todo pecado es semejante al de Judas, porque se ofende a Cristo con la misma mano con que se participa de su mesa.

Juan nos recuerda que “era de noche” cuando Judas salió del cenáculo. Más que dar un dato cronológico preciso, se quiere acentuar que Judas se aleja de Jesús, que es la luz verdadera, para colocarse bajo el poder del mal y la mentira.

Es la hora de las tinieblas y el traidor se sumerge de lleno en la oscuridad; por eso, en el texto de Juan, Judas nunca llega a besar a Jesús, porque, para este evangelista, es del todo imposible el contacto entre la luz y las tinieblas.

Mateo ha trabajado con especial interés la participación de Judas en el relato de la Pasión, donde una y otra vez el traidor es nombrado como “el que lo entregó”. Judas no sólo ha abandonado el camino del seguimiento, sino que se ha convertido en “el que lo entregó”. Es interesante notar cómo todos los discípulos se dirigen a Jesús llamándolo “Señor’, menos Judas, que lo llama rabbí, “maestro”, un título que en el texto de Mateo sólo es utilizado por los enemigos de Jesús, adversarios incapaces de comprender y aceptar que Él es el Señor.

Todos, menos Judas, lo acompañan hasta el huerto de Getsemaní, y allí, medio dormidos, asisten a la intensa oración de Jesús al Padre, que concluye con una exhortación a buscar en el diálogo con Dios la fuerza necesaria para cumplir Su voluntad. Es la única forma de evitar caer en la tentación de abandonar el camino del seguimiento, cuando llegue el momento de la desolación y de la prueba.

Para la comunidad de Marcos, amenazada diariamente con la real posibilidad del martirio, las figuras de Judas y Pedro constituían una clara advertencia que no se podía pasar por alto. A muchos de sus miembros les flaqueaba el valor ante el sufrimiento y la muerte. La Iglesia sufría y se desangraba porque muchos, por temor a perder la vida o las propiedades, renegaban de su condición de cristianos, y la figura del Iscariote venía a ser el modelo de los discípulos que rompen definitivamente su vinculación con el Maestro y el remordimiento y la vergüenza les impide pedir el perdón y la compasión de los hermanos, tal como sucedió con Judas, “el que lo entregó”, que perdió toda esperanza porque no quiso, no pudo o no supo acordarse de la infinita misericordia de su Maestro. Pedro, al contrario, a pesar de su triple negación, se mantuvo tan cerca como se lo permitió el miedo: sólo esa distancia y sólo ese instante necesitó Cristo para cruzar con él su mirada. Nada más hizo falta para que Simón Pedro emprendiera el camino de la conversión y del regreso.