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“Rescate” lleva la misericordia de Dios
a las prisiones
Max Barbosa
Especial para La Voz Católica
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De izquierda a derecha: Fernando Padilla, coordinador; Pedro
Calvo, diácono y capellán; Rita Calvo, Edith Barclag-Cabrera y
Jesús Cabrera, organizando el próximo retiro del 11 de
septiembre. Max Barbosa |
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El Programa Católico de Prisiones “Rescate”, adscrito a la
Arquidiócesis de Miami, refleja el espíritu de los Padres
Mercedarios. Así lo afirman Pedro y Rita Calvo, Mauricio
Hidalgo, Fernando Padilla y Edith y Jesús Cabrera, entusiastas
portadores de la esperanza.
Fue San Pedro Nolasco (1189-1258) quien inició dicha encomienda
en la España del siglo XII. El secuestro de cristianos a mano de
sarracenos para esclavizarlos en África era frecuente; muchos
perdían la fe. Pedro, mariano a cabalidad, invirtió las
ganancias de sus negocios mercantiles para rescatarlos,
consiguiendo, además, donaciones de la feligresía cuando el
dinero era insuficiente. Su cruzada por la libertad de los
cristianos dio lugar al nacimiento, en 1218, a la orden de los
Padres Mercedarios, bajo la advocación de la Virgen de Las
Mercedes.
El Papa Gregorio IX santificó a Pedro Nolasco en 1628. Hoy, la
orden labora incansablemente en diversos países, entre otros,
México, Perú y Argentina.
“A solicitud de Mons. Agustín A. Román creamos esta entidad en
1986, es decir, hace 20 años”, explica Pedro Calvo, diácono y
capellán de la institución.
Los “rescatistas” espirituales de “Rescate” asisten a las
cárceles del condado Miami-Dade semanalmente, según el programa
que organizan las autoridades pertinentes, proveyendo a los
reclusos no sólo de solidaridad humana, sino con determinados
detalles de índole material como tarjetas para los días de
fiestas, televisores, pelotas y hasta equipos para escuchar
música.
“¡Ah!”, agrega el capellán: “Las familias son atendidas por
miembros de la Arquidiócesis, porque a nosotros nos lo prohíben
las regulaciones”.
El grupo del programa está constituido por 160 personas entre
hombres y mujeres que atienden, en la actualidad, cuatro centros
penitenciarios a solicitud de los mismos, porque sólo acuden
cuando los llaman. Es ése el momento de organizar los retiros,
tarea que asumen con la responsabilidad que el instante requiere,
debido a la peculiaridad de los asistentes. Jesús Cabrera dice
que “si esos hermanos que están en las cárceles hubieran tenido
la oportunidad que nosotros disfrutamos de conocer al Señor,
quizás no estuvieran allí, porque nuestra Iglesia es madre; no
quiere que sus hijos sufran de esa manera”.
Para asistir al retiro no se exige ser católico; participa todo
el que desee aprender sobre el mejoramiento humano o,
simplemente, quien vaya por curiosidad. El mensaje es para quien
desee recibirlo durante los tres días que los “rescatistas”
permanecen en las instalaciones que les asignan, compartiendo la
forma de vida en las cárceles, además de cantar, orar o llorar
ante las vicisitudes de cada cual. Jamás se le pregunta al
recluso por qué está encarcelado, pues esto es intrascendente;
lo importante es vencer la adversidad que los agobia mediante la
relación con el Señor.
“Es increíble cómo reaccionan con la palanca”, dicen
Edith y Rita. La palanca son cartas que niños de las
parroquias que participan en el programa les envían con mensajes
de aliento: “Esta noche rezaré por ti”, o “siempre estarás en
mis oraciones”, provocando la emoción de quienes las lee por la
solidaridad que les ofrecen a mujeres y hombres.
El Programa Católico de Prisiones “Rescate” basa su quehacer en
el análisis de la Palabra bíblica, acorde con el diario
acontecer, finalizando los retiros con la celebración de la
Eucaristía. El Obispo Auxiliar Felipe J Estévez es asiduo
celebrante e impulsor de este programa para los que piden a
gritos la misericordia divina. Los “rescatistas” lo saben; por
eso su interés en evangelizar en las prisiones.
Cada retiro cuesta, como mínimo, $1,000, que ellos obtienen a
través de actividades organizadas al efecto; aunque su prioridad
mayor es incorporar nuevos miembros al programa, porque “en
verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos
míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 39-40).
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