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 Se nos ha muerto un amigo

 

Mons. Aguistín Román

El pasado 15 de julio partió al cielo el Obispo John J. Fitzpatrick en su querida diócesis de Brownsville, en el estado de Texas. Para todos en Miami, ha muerto un buen amigo, porque trabajó por nosotros desde la creación de la diócesis, en 1958, hasta 1971, en que fue nombrado Obispo de Brownsville.

Como el buen servidor del Evangelio, se hizo para todos, pero de manera especial para aquellos que llegábamos de otros países. Con gran hospitalidad nos recibía como si fuera el hermano que recibía a sus hermanos. El Obispo Fitzpatrick nos presentaba el mejor retrato del norteamericano. Fue un instrumento precioso cooperando con el entonces Obispo Coleman Carroll en la llegada del primer grupo de inmigrantes que venían de Cuba, desde 1959, al instaurarse allá el totalitarismo comunista. Fue el hombre que trabajó con las familias, como Mons. Bryan Walsh trabajó con los niños del programa Pedro Pan.

Mons. John J. Fitzpatrick con hijos de trabajadores agrícolas en la zona de Homestead, en el sur de la Florida. Foto de archivo

John J. Fitzpatrick era un norteamericano que provenía de una familia católica de inmigrantes que educó a sus hijos y los enseñó a amar al prójimo. Ordenado sacerdote en 1942, fue enviado a Roma, donde, al mismo tiempo que hacía sus estudios teológicos, tuvo la oportunidad de ponerse en contacto con personas de diferentes idiomas y culturas, y así enriquecerse para la labor que la Divina Providencia le tenía reservada en el sur de la Florida.

De vuelta a Estados Unidos, desarrolló su ministerio con gran celo pastoral en distintas parroquias.

Al crearse la nueva Diócesis de Miami, desprendida de la de San Agustín, comenzó a cooperar con el nuevo obispo, quien le encomendó la fundación de nuestro primer periódico: The Voice, y la difícil tarea de atender la masiva llegada de cubanos.

Desde su parroquia de Hollywood viajaba todos los días por la U.S. 1 (no había I-95) hasta el downtown de Miami, a una humilde oficina, para atender y recibir al doloroso exilio, que llegaba sin nada y necesitado de todo. Miami no estaba preparada para recibirlos. Era entonces una ciudad pequeña y turística. Sus habitantes eran norteamericanos, y hablaban solamente inglés. Súbitamente, los nuevos visitantes no tenían dinero alguno, no hablaban inglés y no venían a quedarse permanentemente.

Llegaban como indigentes, sin importar cuánto habían tenido en Cuba.

El Espíritu iluminó a un hombre que entendió bien el recto proceso de integración del que emigra, y que consiste en adquirir la lengua y la cultura del hermano que le recibe en la nueva patria, sin perder su propia lengua y cultura. El sacerdote Fitzpatrick, que después llegaría a ser ordenado obispo auxiliar en 1968, se gastaba trabajando día y noche, sin abandonar sus responsabilidades como pastor, tanto en Little Flower, en Hollywood, primero, como en Corpus Christi en Miami, después. Entendía que había que consolar y mantener las esperanzas, infundir aliento, ayudar a buscar pan y techo, reunir a las familias que iban llegando con las que habían llegado, obtener colegio para los niños y becas para los universitarios, reválidas para los profesionales, cartas de recomendación para poderse presentar, facilitar conexiones con los empleadores y líderes comunitarios americanos. Mucho contribuyó a crear una opinión pública a favor de los exiliados cubanos.

Pero no sólo de pan vive el hombre. Había que proveer asistencia espiritual, para un pueblo que no dominaba el inglés. Los sacerdotes que venían de Cuba con el éxodo tampoco tenían el idioma ni las credenciales en este nuevo país. El buen pastor, con suave persuasión, fue abriendo caminos. Gracias a este hombre, instrumento del Obispo Carroll en tiempos difíciles, se fueron abriendo parroquias con servicio en español y se crearon otras, como San Juan Bosco y el Santuario de la Virgen de la Caridad, especialmente para el pueblo de catolicismo popular.

Nacieron aquí los Cursillos de Cristiandad, el Movimiento Familiar Cristiano y otras organizaciones católicas con dimensión misionera.

La acogida y defensa de la hoy Arquidiócesis de Miami fue aglutinante, y razón para que los exiliados permanecieran fuertes y se hicieran fuertes en este pedazo de suelo, y trampolín hacia el futuro. En la Iglesia encontraron ayuda material y espiritual en sus mayores tiempos de desolación.

El auge espiritual, familiar, político y económico de aquella primera inmigración, que abrió las puertas a otras en estas cinco décadas, tiene innumerables raíces en el quehacer inicial de este buen sacerdote y obispo que acaba de morir en Brownsville, y que continuó allí la labor humanitaria que había comenzado aquí.

En estos días en que se discute el recibir a los inmigrantes que, sin ser legales, viven con nosotros, es conveniente recordar la labor de este hombre de Dios y del pueblo que él acogió.

La comunidad cubana tiene una gran deuda con el fallecido Obispo John J. Fitzpatrick, que sólo puede satisfacer imitándolo en comprensión y ayudando a los exiliados que encontremos en nuestro andar. Un pueblo noble debe honrar y atesorar en su memoria al buen amigo. Descanse en paz el Obispo Fitzpatrick.