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 La Virgen de la Caridad:
Llamamiento de Dios a los cubanos

Mensaje del Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad, Miami, 2006

Jóvenes de los Encuentros Juveniles portan una cruz durante la procesión de entrada.  Angelique Ruhi-López

Dirigiéndose a toda la Iglesia al finalizar el Gran Jubileo del año 2000, en su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, el muy recordado Papa Juan Pablo II nos invitaba a “remar mar adentro” confiando en la palabra de Cristo. Nos hablaba de un “dinamismo nuevo” y nos recordaba la importancia de fundamentar todo propósito en la contemplación y en la oración.

Al aproximarnos ahora al 8 de septiembre, día de la festividad de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, esa invitación del papa que coronara su imagen en Santiago de Cuba en enero de 1998, debe adquirir especial resonancia en nuestros corazones por su permanente actualidad, y también por la importancia de las alternativas que se van perfilando en los horizontes patrios.

Miembros de la Archicofradía de La Virgen de la Caridad del Cobre.  Angelique Ruhi-López

A “remar mar adentro” nos invita el Señor en esta ocasión especial de cada año, en la cual honramos a su Santísima Madre. A “remar mar adentro” queremos invitar nosotros también a todo nuestro pueblo cubano y a todos los que, a través de nuestro exilio en estas tierras, han conocido esta entrañable advocación de María. Remar mar adentro es no quedarse en la orilla de la vida, no quedarse en la orilla de la fe y por tanto, no quedarse tampoco en la orilla de esta hermosa devoción mariana. Remar mar adentro es no conformarse con ser para todos en conjunto, como pueblo.

Celebramos a Jesucristo, Señor, Redentor y Liberador, que quiso mostrarse a nuestro pueblo en los brazos amorosos de María, pues fue primordialmente para eso, para que conociéramos a Jesús, que quiso el Padre que la imagen de la Virgen apareciera milagrosamente en los mares de Cuba. Lo honramos a Él al honrar a su bendita madre, porque toda devoción a María se resume en el consejo que ella dio a sus hijos, a los hombres y mujeres de todos los pueblos y todas las generaciones, en Caná de Galilea: “Hagan lo que Él les diga” (S. Juan, 2: 5). Pero nada de esto tendría valor ni pudiera dar frutos buenos, si no nos postráramos humildemente para pedirle al Señor el discernimiento necesario para comprender qué nos quiere decir Él a través del regalo que nos ha hecho: la imagen de su propia madre.

Bailarinas, algunas vestidas con la bandera cubana, formaron parte de la procesión de entrada durante la Misa en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre. Angelique Ruhi-López

Se nos ocurre que la respuesta a esta pregunta llegó con la propia aparición. María llegó a los cubanos con su tarjeta de presentación. Según consta en las declaraciones de Juan Moreno, “el negrito de la Caridad”, documento que se encuentra en el Archivo de Indias, en Sevilla, España, él y los otros “Juanes” –Juan y Rodrigo Hoyos– encontraron la imagen flotando en las aguas de la Bahía de Nipe sobre una tabla en la cual se leía: “Yo soy la Virgen de la Caridad”. Y, ¿qué es la caridad?, ¿por qué ese título para la que rápidamente, a partir de ese momento, se convertiría en Reina y Patrona de Cuba?

La caridad es la expresión dadivosa del amor. La caridad es el amor actuante. Es el amor en su misma esencia. Es la más excelsa y paternal donación de Dios hacia sus criaturas: “Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él, no muera, sino que tenga vida eterna” (S. Juan, 3: 16). Podemos afirmar, pues, que decir Virgen de la Caridad, es igual a decir Virgen del Amor y que la aparición en Cuba de su imagen es, al mismo tiempo, una especial manifestación del amor de Dios a nuestro pueblo y una clara indicación de que es eso precisamente: la caridad, el amor, lo que Él quiere de nosotros, para gloria suya y bien nuestro. Es una manera simbólica de subrayar para el pueblo cubano el mensaje de ese Niño que nos llega en los brazos de María: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. (S. Juan, 13: 34)

El Obispo Auxiliar Emérito Agustín A. Román (centro) y el Obispo Auxiliar Felipe J. Estévez durante la celebración de la Fiesta de la Virgen de la Caridad, en el Bank United Center, de la Universidad de Miami, el 8 de septiembre de 2006.. Angelique Rui-López

Lo entendieron así numerosos pastores, apóstoles y obreros del bien, siervos de Dios y de su pueblo, que hicieron de sus vidas permanentes testimonios del amor. Hay toda una legión de hombres y mujeres que, a lo largo de la historia de Cuba, cada uno en su tiempo y en su lugar, se distinguieron por una eficaz y callada entrega al servicio de sus familiares y amigos, de vecinos y desconocidos, tanto en lo religioso como en lo cívico y en ambos campos en muchos casos.

Recordemos, por citar solamente algunos ejemplos, que fue por amor a Cristo y al pueblo, que San Antonio María Claret, Arzobispo de Santiago de Cuba, abrió caminos en los montes para poder llegar personalmente, a lomo de caballo, a los más apartados rincones de la región oriental de la isla y llevarles a todos la palabra de Dios. Fue por amor que el Hno. Olallo Valdés quemó su vida en el servicio a los enfermos en el Camagüey del siglo XIX. Fue por amor que el Presbítero Félix Varela, hoy en proceso de beatificación, consagró su vida entera, en Cuba y en el destierro, a la enseñanza, a la prédica del Evangelio, al socorro de los pobres e inmigrantes y a su paciente labor de formación del alma nacional cubana.

Unos 30,000 refugiados cubanos abarrotan el Estadio de Miami para recibir la imagen de la Virgen de la Caridad, el 8 de septiembre de 1961. Foto: Bin Sanders/ Cortesía de Rogelio Zelada

El propio Varela expresó repetidamente en sus escritos la importancia del amor: “¡Qué feliz sería la sociedad, si poniendo freno a las pasiones y obedeciendo a una ley divina, se guiasen los hombres por los sentimientos de justicia y amor mutuo!”, nos dejó dicho en la segunda de sus “Cartas a Elpidio”.

Máximo Gómez recomendaba a los cubanos en su Proclama de Yaguajay (1898), no el odio ni el rencor, sino “un abrazo fraternal que apriete y una para siempre el augusto principio de la nacionalidad cubana”. Y José Martí, al sintetizar sus sueños para la patria en su frase famosa: “Con todos y para el bien de todos”, presentaba esa propuesta como la “fórmula del amor triunfante”. (Tampa, 26 de noviembre de 1891.)

Desoír esas voces ha costado muy caro a nuestro pueblo desde 1902 hasta el presente, y dolorosamente en extremo, a partir de la imposición en Cuba, en 1959, del régimen totalitario que todavía hoy la avasalla. Desde el momento mismo de la instauración de la república, cada vez que los conflictos políticos y sociales ensombrecieron el panorama nacional, hubo siempre voces equilibradas en la Iglesia, en el periodismo, en la política, en la intelectualidad y en la acción cívica que, de una forma u otra, implícita o explícitamente, llamaron a los cubanos al amor de hermanos como única vía de solución.

Los feligreses aclaman la imagen de la la Virgen, al terminar la Misa conmemorativa del 8 de septiembre de 2006. Angelique Ruhi-López

En febrero de 1958, ante la lucha fratricida que envolvía a la nación, los obispos de Cuba pedían “que reine de nuevo la caridad” para que la patria regresara a “una vida política pacífica y normal”. Desde los primeros días de 1959, varios de esos mismos obispos elevaron sus voces, a veces con gran riesgo para ellos y sus feligreses, advirtiendo contra el odio y pidiendo la armonización de los ideales políticos en el marco del amor fraternal.

En noviembre de 1959, cuando todavía muchos aplaudían la incipiente comunización de Cuba, el Congreso Católico Nacional, presidido por la auténtica imagen de Nuestra Madre de la Caridad aparecida en Nipe, sirvió de foro para que, de diversas maneras y en múltiples expresiones, la propuesta del amor sirviera de respuesta al odio de clases que oficialmente se propugnaba como la forma “revolucionaria” de lograr la justicia social.

De entonces a la fecha, no ha cesado tampoco el llamamiento de Dios, su invitación a los cubanos, al amor que simboliza la Virgen de la Caridad. Un joven líder católico de heroica historia, Virgilio Campanería, describía su visión de Cuba a sus compañeros estudiantes y “al pueblo de Cuba en general”, escribiendo desde su celda, minutos antes de ser fusilado, en abril de 1961: “Ya no habrá más odio entre hermanos”, decía; “ya no habrá gargantas que pidan paredón. Todo será amor entre cubanos, amor de hermanos, amor de cristianos”.

En la fiesta de la Caridad de 1993, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba dio a conocer su fundamental mensaje pastoral, “El amor todo lo espera”, cuyo nombre es la síntesis mejor de la reiterada proposición del amor como único camino de salvación para nuestro pueblo. Y a lo largo de todo su fructífero y valiente ministerio, en Cuba y fuera de Cuba, el bien llamado “Profeta del exilio”, Mons. Eduardo Boza Masvidal, nos dejó, con su vida, su obra y su palabra, un incuestionable testimonio de amor vivido, practicado y predicado, tanto en el orden estrictamente religioso, como en el del patriotismo, que él concebía como lo que éste debe ser: manifestación del amor a Dios en el amor a los hermanos, hijos de la misma patria.

En 1961, bajo el más feroz asedio gubernamental y a pocos meses de ser expulsado de Cuba a punta de metralleta, el inolvidable obispo auxiliar de La Habana proclamaba: “A la Iglesia toca gritar a los cuatro vientos que no se llegará a la solución del problema social mediante el odio y la lucha de clases, sino mediante el amor, que es lo esencial del Evangelio…” Y en 1994, recapitulando sus 50 años de sacerdocio, reiteraba a todos la fórmula del amor como el remedio mejor a los males de la patria: “El odio destruye, sólo el amor construye. Este camino es el que tenemos que forzar, para que salgan ganando Cuba, la justicia, la libertad y la paz”.

Justo es decir algo que es evidente, además, y es que el dilema entre el odio y el amor no es exclusivo del pueblo cubano, sino coyuntura constante para toda la humanidad, en todos los tiempos. Lo ha visto así en los tiempos actuales el Santo Padre Benedicto XVI, al dedicar la primera encíclica de su pontificado al tema del amor. “Dios es Amor”, nos recuerda el Papa, señalando que esas palabras identifican el corazón de la fe cristiana, así como la consiguiente imagen del hombre y su camino. (Deus caritas est, 1)

Pero quien dude de la vital importancia que tiene esa alternativa para el pueblo cubano, dentro y fuera de la isla, y especialmente en estos momentos que parecen ser de definición del futuro de la nación, no tiene más que constatar los devastadores efectos del odio, fundamento malévolo del actual estado de cosas en Cuba, así propuesto específicamente por uno de los más importantes teóricos de la revolución, Ernesto Guevara, quien convocaba al odio como motor de su lucha ideológica, convocatoria que lamentablemente para todos, ha marcado el hacer y el decir de los gobernantes de Cuba por casi medio siglo ya. “Por sus frutos los conoceréis”, nos dijo el Señor (S. Mateo, 12: 33) y los frutos del odio están bien visibles en Cuba.

Queridos hermanos: rememos mar adentro, escojamos el amor. Imprimámosle a ese amor el “nuevo dinamismo” del que nos hablaba Juan Pablo II y hagámoslo fundamentando en la oración nuestro quehacer patriótico. En este año en que coinciden varios aniversarios significativos en la historia de nuestra devoción a la Madre de la Caridad, proclamemos sin temor ni respeto humano que el amor es el único camino para la patria que Dios nos dio. Noventa años atrás, el Papa Benedicto XV complacía la petición de los mambises, veteranos de las luchas por la independencia, proclamando a la Virgen María, bajo el título de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba. Setenta años atrás, por delegación del Papa Pío XI, el entonces arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Valentín Zubizarreta, coronaba por primera vez la imagen milagrosa. Cuarenta y cinco años atrás, exactamente el 8 de septiembre de 1961, llegaba a Miami, al estadio deportivo donde 30,000 cubanos exiliados oraban por Cuba, la bendita imagen de nuestra Patrona, que, después de recorrer varios templos en los primeros años del destierro, halló asiento adecuado y reverente en nuestra Ermita de la Caridad, hoy Santuario Nacional, y desde entonces ha acompañado a los cubanos en su destierro y ha acogido las súplicas de peregrinos de todo el mundo, en ese templo levantado para gloria de Dios por un pueblo en exilio.

Añádase a todo lo anterior, que entraremos este 8 de septiembre en el cuarto año de preparación para la gran celebración, en los años 2012 y 2013, del cuarto centenario de la aparición de la imagen de la Virgen en la bahía de Nipe, y veremos que todo nos obliga y nos convida a hacer de la fiesta de este año una de especial significación.

Hagámoslo respondiendo de corazón a la disyuntiva que planteara durante el Congreso Católico Nacional de noviembre de 1959, el entonces obispo de Matanzas, Mons. Alberto Martín Villaverde: “¡O con Dios en el amor, o contra Dios en el odio!” Respondamos que para Cuba, la tierra de la Madre de Dios, la Virgen de la Caridad, no hay más camino que el Amor.

Los bendicen,

Mons. Agustín A. Román
Obispo Auxiliar Emérito

 P. Oscar Castañeda
Rector del Santuario