SU SANTIDAD EL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 EN LA FLORIDA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 REFLEXIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 QUIENES SOMOS
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA
 
 

 

 “In fluctibus maris…”

Rogelio Zelada

El sol de la mañana centelleó jubiloso, danzando en mil colores sobre el oro y las finas piedras de la corona que el anciano arzobispo santiaguero colocaba sobre la pequeña imagen de la Patrona de Cuba.

Como un sonoro entorno de fiesta, el aplauso emocionado de la ingente muchedumbre se fundió con el rugir de los cañones del ejército, la interminable salva de voladores y cohetes y el aire marcial de las notas del Himno Nacional cubano, interpretado por las bandas militares venidas especialmente para la ocasión, mientras, lanzada desde pequeñas avionetas, una multicolor lluvia de flores inundaba de aromas toda la avenida Michelsen.

La solemne coronación de la imagen de la Virgen de la Caridad, el 20 de diciembre de 1936, en el Congreso Eucarístico de Santiago de Cuba, había logrado convocar a más de cien mil personas, en la más grande concentración humana jamás reunida en toda la historia de Cuba para un evento religioso. Acontecimiento inusitado en una joven república nacida bajo la influencia de una fuerte voluntad de anticlericalismo, indiferencia y aun hostilidad hacia la Iglesia Católica.

Primera coronación de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, realizada en 1936 por el entonces arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Valentín Zubizarreta, por delegación del Papa Pío XI. 
Cortesía de Rogelio Zelada

Bajo el manto de la Madre, los hijos de una Iglesia empobrecida y debilitada habían podido comprobar cuán numerosos eran. Asombrados y alegres sentían llegar el aire fresco de un nuevo tiempo, el comienzo de una era de entusiasmo, renovación, crecimiento y creatividad apostólica.

La corona que Mons. Valentín Zubizarreta había colocado en las sienes de la imagen, tenía a su alrededor una cinta de oro con una leyenda impresa: Mater Caritatis in Fluctibus Maris Ambulavit (“La Madre de la Caridad caminó en los mares tormentosos”), evidente alusión a su hallazgo en los albores del siglo XVII, cuando dos indios naturales cubanos y un niño negro esclavo la encontraron en la Bahía de Nipe, flotando serenamente sobre la cresta marinera, con sus vestiduras inmaculadas y secas a pesar de la tormenta.

Vista panorámica del Estadio “Bobby Maduro”, de Miami, el 8 de septiembre de 1961, cuando unos 30,000 exiliados cubanos se congregaron allí para recibir la imagen de la Virgen de la Caridad. Cortesía de Rogelio Zelada.

Como un signo repetido a lo largo del devenir de la nación cubana, la Virgen quiso compartir todas las tormentas que sus hijos tuvimos que encarar; su presencia fue en todo momento como un aviso de paz y un asidero de consuelo y esperanza. El anuncio de ese “sol más luminoso” y esa “tierra más fecunda”, que a su tiempo deberá renacer después del “granizo mortal” de la destrucción nacida de un odio capaz de arrasar el sembrado de la fe, “con todo el ímpetu iracundo del huracán”, según las palabras proféticas que Pío XII dirigió al Quinto Congreso de la Federación Interamericana de Educación Católica, celebrado en la Habana, el 14 de enero de 1945.

Para huir de la tormenta, los cubanos comenzamos a escapar de la Isla en un número nunca antes visto. Cientos, miles; por avión, en barco, en balsas; ancianos o recién nacidos; pobres, ricos, blancos, negros; obreros, profesionales y estudiantes; amas de casa, presos políticos. Todos, de alguna manera, presos y totalmente desamparados, llegamos a todas las playas y aeropuertos del nuevo o el viejo mundo para comer con paz y libertad el pan del destierro.

Momento del Ofertorio, durante la Misa celebrada en honor de la Virgen de la Caridad en el Bank United Center, de la Universidad de Miami, el 8 de septiembre de 2006. Angelique Ruhi-López.

Peregrina de excepción, la Virgen de la Caridad llegó a las tierras de la Florida como un exiliado más, para celebrar su cumpleaños junto a sus hijos desterrados, el 8 de septiembre de 1961. Asilada en la embajada de Italia, la imagen, propiedad del P. Armando Jiménez Rebollar, pasó a la custodia de la embajada de Panamá, cuya encargada de negocios, Doña Elvira Jované de Zayas, puso todo su empeño para que la imagen llegara a tiempo y los cubanos en Miami pudieran hacer la fiesta con su Patrona.

En el aeropuerto de Rancho Boyeros esperaban su salida muchísimos asilados de diversas embajadas, pero sólo pudieron volar ese día los dos asignados a la de Panamá. Usando de sus privilegios diplomáticos, Elvira Jované entregó, ya en la escalerilla del avión, la pequeña maleta que contenía la imagen de la Virgen a Luis Gutiérrez Areces, quien, sin saber lo que llevaba, fue el encargado de proteger cuidadosamente el misterioso paquete, para entregarlo a una persona que lo esperaba en el aeropuerto de Miami.

Como no pudo dar con ella, su familia lo llevó directamente a la Parroquia de St. Patrick, para asistir al bautizo de su pequeña hija, nacida mientras él se encontraba asilado en la embajada panameña.

A la fiesta familiar llegó, como un invitado más, la persona que debía recibir la imagen en el aeropuerto; y con el gozo de sentir los hilos que teje la Providencia, salieron a toda prisa para el estadio Bobby Maduro, donde más de 30,000 cubanos se habían congregado para celebrar por primera vez la fiesta de la Virgen de la Caridad.

La presencia de la Virgen recién llegada de Cuba, en la solemne Eucaristía de esa noche, vino a levantar el ánimo a una comunidad desterrada que había dejado atrás todo lo que poseía, material y espiritualmente; que había experimentado la expulsión de los sacerdotes, el cierre de sus colegios y universidades católicas, la pérdida de todas sus instituciones y la fulminante disminución de la presencia de la Iglesia y la fe en la vida de su pueblo.

Esa noche, la Virgen le mostró a la Iglesia del sur de la Florida, al entonces obispo de Miami, Mons. Coleman Carroll, la numerosa presencia de un nuevo rebaño que cuidar. A una jovencísima diócesis le había llovido a mares el aluvión de nuevos fieles católicos que venían a vivir su fe y a formar nuevas comunidades, integrándose a parroquias y movimientos donde, sin perder su cultura y su idioma, podrían orar a Dios en la lengua de Cervantes con acento del Caribe. Fue la Virgen de la Caridad la que les abrió las puertas a sus hijos y los introdujo en la preocupación pastoral de la jerarquía norteamericana.

Esa noche, como una multitudinaria jaculatoria, se escuchó por primera vez un grito luego repetido año tras año: “¡Virgen de la Caridad, salva a Cuba!”

En este 2006, año en que recordamos el 90º aniversario de la solemne proclamación del patronazgo de la Virgen Mambisa, por concesión del Papa Benedicto XV a la petición del Ejército Libertador cubano, los 70 años de la primera coronación en Santiago de Cuba y los 45 años de la llegada de la imagen a Miami, repetiremos la misma honda súplica, con la confiada esperanza de que ella siempre nos llevará a buen puerto después de la tormenta; no le pediremos que nos libre de ella, sino que siga caminando con nosotros, todos y cada uno de los días, en medio de este mar proceloso, que ha sido siempre el devenir de nuestra historia.

Profesor de Ministerios Laicos
zelada@miamiarch.org