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La Madre Theodore Guerin

Una santa para los inmigrantes.

Rogelio Zelada

El suave sol de otoño apenas logra entibiar el pequeño templo donde, hace ya nueve años, la Hna. St. Theodore profesó sus votos perpetuos en la joven congregación de las Hermanas de la Providencia de Ruillé-sur-Loir. Sobre el reclinatorio tiene la carta con la que Simón Bruté, obispo de Vincennes, suplica con toda urgencia el envío a América de un grupo de religiosas, con el encargo de atender a la aducación y el cuidado de los hijos de los inmigrantes católicos, en las nuevas comunidades que se van multiplicando en los espesos bosques de Indiana.

La Madre Guerin

La Superiora General, que conoce la fama de excelente maestra y la delicada solicitud por los pobres de la Hna. St. Theodore, sabe que ella es la persona idónea para este destino misionero, y le ha pedido que vaya a Indiana, al frente de un grupo de otras cinco religiosas. Pero la hermana St. Theodore duda, porque su salud está quebrantada; una enfermedad contraída durante sus primeros años de vida religiosa, y que la acompañará por el resto de sus días, le ha dañado de tal manera su sistema digestivo, que sólo puede tolerar una dieta muy simple, a base de caldos y alimentos blandos.

En la fría soledad de la capilla, la Hermana repasa serenamente cada uno de los capítulos de las reglas de su comunidad. Como un golpe de luz ha encontrado la frase precisa: “La Congregación existe para trabajar celosamente por la santificación de las almas; las Hermanas deberán estar siempre dispuestas para ir a cualquier parte del mundo a donde la obediencia las llame”.

Ruinas de la cabaña donde se inició la obra misionera de la Madre Guerin en el territorio de Indiana.

Bautizada como Anne-Thérèse, la hija mayor de Lorenzo e Isabel Lefèvre Guérin vino al mundo el 2 de octubre de 1798, en la pequeña villa de Etables, en la bretaña francesa, justo al final de la revolución, cuando todavía muchos templos permanecían cerrados; el clero había sido dispersado, exiliado o diezmado en la guillotina; y las comunidades religiosas apenas comenzaban a reorganizarse para retomar su labor en el campo de la asistencia social y la enseñanza.

Sin escuelas a donde acudir, Anne-Thérèse pudo aprender a leer y escribir gracias a su madre, una mujer educada que la preparó para recibir la primera comunión al cumplir los 10 años, dos antes de los que entonces se acostumbraba. Ese día, la niña le confió al sacerdote su deseo de entrar en la vida religiosa, un anhelo que haría realidad quince años más tarde, porque Anne-Thérèse, con apenas quince años de edad, tuvo que hacerse cargo de su familia, pues su madre enfermó de los nervios cuando unos bandidos asesinaron a su padre, un oficial de la Armada de Napoleón Bonaparte.

El 22 de octubre de 1849, la hermana St. Theodore y otras cinco religiosas miraban admiradas la densa floresta de las tierras altas de Indiana. Entusiasmadas, pero muy cansadas, como no había entonces puentes sobre el río Wabash, demoraron todo un día en recorrer las últimas cuatro millas de un larguísimo viaje desde la costa francesa hasta este rincón casi virgen, tan distante y distinto del mundo que habían conocido. Una difícil y peligrosa travesía de tres meses, en la que debieron emplear todos los medios de transporte disponibles: barcos de vela, de vapor, coches y diligencias.

El lugar estaba totalmente desolado, con caminos llenos de lodo; sin pueblos ni casas a la vista. Con tres tablas, levantaron un altar en medio del bosque, para que el capellán, cuando viniera, pudiera celebrarles la Eucaristía.

Con la ayuda del obispo, consiguieron que una familia les facilitara una pequeña cabaña de troncos de madera, la pequeñísima primera Casa Madre de la Congregación, hasta que pudieron construir la academia para educar a las niñas, cuya primera alumna les llegó el 4 de julio de 1841.

Entre 1841 y el año de su muerte, en 1856, la Madre Guerin estableció en Indiana diez escuelas parroquiales y una en Illinois; fundó dos orfanatos y elevó la nueva congregación a 67 hermanas profesas, nueve novicias y siete postulantes.

Con gran visión de futuro, creó e implementó un excelente programa para formar a los nuevos maestros, porque vio y creyó en la importancia de formar las mentes de los hijos de los inmigrantes, proveyéndolos de una sólida educación católica.

En un territorio totalmente de misión, desarrolló una intensa actividad de cara al futuro: “Es nuestra la preparación de las generaciones que nos sucederán, y de esta forma hacemos un bien inminente. Tal vez no vivan para verlo, pero habrán sembrado la semilla”.

Las dificultades fueron enormes. El anticatolicismo imperante entonces entorpecía una y otra vez sus proyectos, y la incomprensión de los suyos le acarreaba grandes sufrimientos: “Verdaderamente se sufre mucho en las profundidades de nuestros bosques… no teniendo otro apoyo, otro consuelo más que el propio Dios”.

A pesar de su pobre salud, la Madre Guerin afronta con entereza los retos y enfrenta situaciones totalmente nuevas para una monja venida de Francia; aprende y domina el inglés; para establecer sus escuelas y llevar adelante su obra, escribe a comerciantes, se reúne con empresarios y se relaciona con miembros de la prensa, un mundo entonces reservado sólo a los hombres.

Hoy día, las hijas de la Madre Guerin sirven al pueblo de Dios en 20 estados de la Unión americana, en el Distrito de Columbia, en Taiwan, en China y en las Filipinas.

Cuando el 15 de octubre de este año 2006, Su Santidad Benedicto XVI inscriba a la Madre Theodore Guerin en el catálogo de los santos de la Iglesia Católica, estará reconociendo y proponiendo como ejemplo para todos nosotros, a una gran mujer que supo y quiso dejar atrás su tierra y su mundo, para servir a los pobres inmigrantes llegados a los Estados Unidos en las difíciles condiciones del siglo XIX.

De seguro que todos los que, desde “otros mundos y culturas”, hemos llegado a esta tierra a trabajar por el Reino de Dios y a vivir la aventura de la fe, tenemos en Santa Theodore Guerin una muy buena abogada y una experimentada intercesora.

Profesor de Ministerios Laicos
zelada@miamiarch.org