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Ordenaciones sacerdotales: Una reflexión

P. Eduardo M. Barrios, SJ
Especial para La Voz Católica

Ya quedó atrás el verano, tiempo en que se celebran ordenaciones sacerdotales y diaconales en muchos países.

El pasado 9 de septiembre se realizó una ordenación presbiteral particular­mente impactante. Tuvo lugar dentro del regio marco de la parroquia Gesu de Miami, la iglesia más antigua de la ciudad. El templo, estructura de amplia nave y enjoyado con vitrales alemanes de comienzos del siglo XX que aún conservan el prístino esplendor de su policromía, se abarrotó de feligreses para participar en la ordenación del jesuita Francisco Javier Permuy.

La esmerada preparación de la liturgia, la competencia de los maestros de ceremonia, la profesionalidad de los ministros de la música, la unción del celebrante, Mons. Agustín Román, y el fervor del ordenando y de la asamblea, hicieron del evento una experiencia memorable.

Aunque la Iglesia necesita incorporar sacerdotes en mayor número, sin embargo, las ordenaciones que se llevan a cabo anualmente en casi todas las diócesis fortalecen la esperanza.

Dios sigue suscitando colaboradores. Durante el rito litúrgico el ordenando posiblemente rememore la historia de su vocación. Pasan por su mente las personas providenciales que colaboraron en su formación espiritual, tales como sus propios padres, ciertos profesores y amigos. Recuerda agradecido a todos los que contribuyeron a que escuchase la llamada de Dios.

Eso es lo esencial, la predilección de Dios que llama a algunos para bien de todos. Aunque el ordenando pueda señalar momentos decisivos de su vida en orden al sacerdocio, sin embargo, la voz divina viene de muy lejos. El apóstol San Pablo llega a decir que Dios lo eligió desde el seno materno (Cfr. Gal 1,15). Y Jeremías se remonta todavía más atrás, diciendo que Dios lo eligió antes de ser concebido (Cfr. Jer. 1, 5). La elección, por tanto, hunde sus raíces en los abismos de la eternidad de Dios, donde se fragua el designio de salvación.

Ese designio, desarrollado en el tiempo, alcanzó su punto culminante con la obra de Jesucristo, que vivió, murió, resucitó, y constituyó un Nuevo Pueblo de Dios, cimentado sobre doce apóstoles que, bajo la guía del Espíritu Santo, serían los primeros continuadores de Su misión.

En los veintiún siglos de historia cristiana nunca han faltado hombres que lo dejen todo para ponerse a la entera disposición de Jesucristo, como partícipes de Su sumo y eterno sacerdocio.

Cuando se celebra una ordenación, los presentes sienten estupor al ver que un hombre en la flor de la edad, generalmente entre los 25 y 35 años, renuncia a lo que más ambiciona el resto de sus congéneres por seguir la llamada de Jesucristo.

Pero el agraciado con la vocación no la ve como gran carga, sino como un gran honor. Sabe que todas las profesiones son útiles y necesarias, pero ninguna tanto como la de continuar la misión de Cristo en la tierra en cuanto maestro, pastor y sacerdote.

El ordenando da gracias a Dios por haberlo llamado no sólo a orientar con la enseñanza, sino a santificar mediante esos canales de la vida sobrenatural que se llaman sacramentos.

Quizás también el ordenando sienta temor de no dar la talla. Se han dado casos de sacerdotes que con su conducta ruborizan a la Iglesia. Pero, por encima de las dudas, prevalece la confianza en Dios, que da fuerzas proporcionadas a la dificultad de la misión. El ordenando acepta la imposición de las manos, la plegaria consagratoria y la unción con el Santo Crisma, para quedar ordenado sacerdote para siempre, y así colaborar en hacer realidad las últimas palabras de Jesucristo según San Mateo: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”. (28,20).

El autor es un sacerdote jesuita
Ebarriossj@aol.com