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San Antonio María Claret, profeta de la esperanza

Hna. Ondina Cortés, RMI

Recientemente han vuelto a circular en España, Estados Unidos y varios países de América Latina las llamadas “profecías de San Antonio María Claret”. Contrariamente a lo que dicen algunas versiones, este texto no aparece en los archivos de los Misioneros Claretianos, ni en los archivos del Arzobispado de Santiago de Cuba. Pero, como claretiana, no deja de llamarme la atención que, en el corazón de los cubanos, los sueños de libertad estén asociados a la figura de aquel hombre que “amó la justicia y odió la iniquidad” (texto que se puso en su epitafio).

La mencionada profecía dice que la Virgen de la Caridad del Cobre reveló al santo, mientras éste recorría las montañas de Santiago de Cuba, que la isla sufriría una dictadura de más de 40 años. El líder de esa dictadura “sería aclamado por todos a causa de numerosas reformas de beneficio popular; se iría apoderando poco a poco de todo el poder, sumiendo al pueblo cubano en numerosas calamidades y penurias. Finalmente, ese hombre moriría en la cama”. A continuación vendría “un breve período de lucha con derramamiento de sangre, seguido de paz y unión entre los cubanos”.

San Antonio María Claret.

Ya que en estos textos aparecen, además, algunos datos biográficos equivocados, conviene recordar quién fue San Antonio María Claret.

Nació en Cataluña, España, en el año 1807. Durante su adolescencia descubre su vocación misionera y, tras ser ordenado sacerdote, a los 27 años de edad, busca dónde ha de servir al Señor. Se dedica por un tiempo a las misiones populares en Cataluña. Su fuego apostólico se extiende a las Islas Canarias y contagia a otros sacerdotes, con los que funda en 1849 la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, hoy conocidos como Misioneros Claretianos. Poco después, recibe el nombramiento de Arzobispo de Santiago de Cuba. Inicialmente no acepta, porque, como él dice, “así me ato y concreto en un sólo arzobispado, cuando mi espíritu es para todo el mundo”. (Carta al nuncio Brunelli). Está dispuesto a ir a Cuba, pero preferiría ir como misionero, para verse libre de las responsabilidades administrativas de la sede episcopal. Finalmente acepta la voluntad de Dios, pero será un obispo-misionero.

En cuanto llega a Cuba, busca conocer la realidad: “No hay rincón habitado de mi diócesis que no haya visitado. Así puedo decir que conozco a mis ovejas y que todas me conocen a mí, y que tal vez no haya mal que no haya palpado y estudiado para aplicarle el remedio por lo que a mí me toca”. (Carta al Capitán General, 1854). En sus seis años de arzobispo visitó cuatro veces todos los pueblos de su extensa diócesis, que entonces comprendía Oriente y Camagüey.

Claret se preocupó de la promoción integral de aquel pueblo con la creatividad que le caracterizaba. Fundó Cajas de Ahorro, que hoy llamaríamos Cooperativas de Ahorro y Crédito, para ayudar con préstamos a los agricultores. Creó una granja-escuela en Puerto Príncipe (Camagüey) para la capacitación de niños pobres.

Casi inmediatamente detecta la gran necesidad de formación humana y cristiana de la niñez y de la mujer, y llama a la Madre París para iniciar allí la congregación religiosa que habían comenzado a planear en Cataluña: Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas.

Su actividad no pasa inadvertida para los enemigos de la fe; sus denuncias de las injusticias, del racismo, desembocan en varios atentados, hasta que en Holguín casi pierde la vida cuando un hombre se lanza contra él y le hiere en la mejilla. Claret reacciona con una extraordinaria alegría: “No puedo explicar el gozo y la alegría que sentía mi alma al ver que había logrado derramar la sangre por amor de Jesús y de María, y poder sellar con la sangre de mis venas las verdades evangélicas”. (Aut. #577.)

A pesar de ser español, denunció el régimen del Patronato Real de Indias, que tenía a la Iglesia en Cuba sumida en la pobreza: “Me lleno de indignación al presenciar el criminal abandono en que el gobierno español tiene a las parroquias de este Arzobispado…” (A Casadevall, 1851.)

Claret amó a Cuba y defendió a su pueblo; por eso no extraña que los cubanos lo sientan como intercesor de sus esperanzas y profeta de un mañana nuevo.

“Dichoso yo, si llego al sepulcro viendo coronados mis esfuerzos y trabajos… habiendo contribuido a la verdadera paz y la ventura de esta preciosa Antilla”. (Carta a Isabel II, #222.)

 El 24 de octubre se celebra su fiesta. Habrá una misa especial en la Ermita de la Caridad, a las 8 pm. Si desea más información, puede visitar nuestro sitio en internet: www.claretiansisters.org / www.claret.org.

ondina@claretiansisters.org