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Mitos y verdades sobre la investigación
con células madres

P. Alfredo Cioffi

La investigación con células madres (stem cell research) es como un diamante que tiene muchas facetas. Este tema presenta varias dimensiones; a mi entender, por lo menos seis: biológica, ética, religiosa, económica, política y social. Todas estas dimensiones están entrelazadas.

 

Dimensión Biológica

Una célula madre (troncal o promotora) es una célula que genera otras células en el cuerpo. Por ejemplo, si sufrimos una cortada en la piel, esa cortada normalmente se sana con piel nueva que sale de adentro hacia fuera. Esa piel nueva es creada por células madres que se encuentran debajo de la piel, en el tejido adiposo (la grasa); la médula ósea contiene muchas células madres que están produciendo sangre continuamente; más de la mitad del hígado se puede extirpar y vuelve a crecer, ya que está lleno de células madres; y así los distintos órganos y tejidos del cuerpo. Mientras más especializado es el órgano o tejido, menos se regenera. De ahí que los daños a la columna vertebral y al cerebro o sistema nervioso (parkinsons, alzheimers) sean los más difíciles de curar.

Foto de célula madre embriónica publicada por Children’s Hospital Boston en junio de 2006, con ocasión del inicio de investigaciones sobre huevos y embriones descartados de fertilizaciones in vitro. CNS photo/M. W. Lensch, Children’s Hospital Boston

Según su origen, las células madres pueden ser adultas (de los nacidos) o embriónicas (de los no nacidos). Para obtener células madres adultas, obviamente, no hay que matar al donante, sino que basta usar anestesia local o general. Sin embargo, para obtener células madres embriónicas hay que matar al embrión humano, ya que son las mismas células que forman al embrión propiamente. Estos embriones tienen sólo una semana de desarrollo y son microscópicos (3 o 4 de ellos caben sobre la cabeza de un alfiler). Desgraciadamente, estos embriones no están implantados en el seno de sus madres, sino que se encuentran congelados en nitrógeno líquido, a menos de 180 grados centígrados, en clínicas de fertilización in vitro.

 

Dimensión ética

La dimensión ética es distinta de la dimensión religiosa ya que, estrictamente hablando, la ética es una rama de la filosofía, la cual se puede analizar sin tener que invocar a Dios o a creencias religiosas.

A nivel ético, se puede decir que algunas personas no consideran al embrión humano como plenamente humano, sobre todo si no se ha implantado en una matriz. Hay dos grandes errores en ese argumeto: primero, en asumir que forma y figura son la misma cosa y, segundo, en supeditar la humanidad del ser humano a su tamaño o lugar de residencia.

Con respecto al primer punto, algunos piensan que el embrión humano, antes de implantarse en la matriz, no es plenamente humano, porque no se ve como humano, es decir, que en esta temprana etapa de desarrollo él o ella es solamente una bolita de células que no tiene ni cabeza, ni brazos, ni piernas, ni ningún órgano interno. Desgraciadamente, las personas que así piensan confunden forma con figura. Podemos usar un ejemplo: hay un número infinito de figuras de sillas (de madera, de metal, de plástico, modernas, antiguas, etc.); sin embargo, hay una sola forma de silla (“silleidad”). Cuando vemos una silla, la reconocemos como tal, aunque sea la primera vez que la hayamos visto. Es decir, que tenemos la capacidad de entender la esencia de la silla de tal manera que, cuando vemos una, la reconocemos. Igual sucede con el ser humano: ¿cuántas figuras humanas hay? Hoy en día, tendríamos que decir que hay unos 6,000 millones de habitantes en el mundo. Sin embargo, hay una sola forma humana, lo cual nos permite reconocer a un ser humano como tal desde la primera vez que lo vemos. Recuerden que nosotros también nos vemos igual que los embriones congelados durante la primera semana de nuestro desarrollo (una “bolita” de células llamada blástula).

La única diferencia con nosotros, es que nosotros sí fuimos implantados en el seno de nuestras madres, lo cual nos lleva al segundo error: supeditar el ser humano a su tamaño o lugar de residencia. Si nuestro status de ser humano dependiera de nuestro tamaño, tendríamos que decir que el bebé es menos humano que el niño; el niño menos humano que el adolescente, y el adolescente menos humano que el adulto, lo cual es completamente ridículo.

Similarmente, algunos dicen que los embriones congelados no son plenamente humanos porque no están implantados en una matriz y, por lo tanto, no tienen posibilidad de desarrollarse plenamente. De nuevo, el argumento es falso. Por ejemplo, si dejáramos a un recién nacido abandonado en la calle, o sobre un banco en el parque, ¿cuánto tiempo creen ustedes que ese pequeño bebito va a poder sobrevivir así, abandonado, fuera de su hogar? Por otro lado, ¿acaso nuestra humanidad depende de dónde nos encontremos, de modo tal que cuando no estamos físicamente en nuestros hogares somos “menos” humanos que cuando lo estamos? ¡Ciertamente, no! Otro argumento absurdo cuando lo llevamos a su última consecuencia.

En conclusión: se es humano o no se es humano, independientemente de nuestra figura, tamaño o lugar de residencia. Y el haber establecido gradaciones de humanos en nuestra historia nos ha llevado a inmensas injusticias.

 

Dimensión religiosa

Nosotros, como cristianos, tenemos una responsabilidad aun mayor con el embrión humano, sobre todo en su primera etapa de desarrollo, por el mismo evento de la Encarnación. Es decir que cuando Dios, en su infinita sabiduría, decidió manifestarse plenamente a nosotros, se convirtió en un ser humano. Y eso lo hizo desde el momento de la concepción de Jesús en el seno de María, nuestra Madre. De ahí que la escena de la Visitación sea tan importante para esta causa: María, embarazada con Jesús, visita a su prima Isabel, embarazada con Juan el Bautista.

Al momento de la Visitación, Isabel le dice a María: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre; y, ¿cómo es que la madre de mi Señor viene a visitarme? En el momento en que tu anuncio llegó a mis oídos, ¡el niño en mi vientre saltó de gozo!” (Lucas 1, 41-44). Esta escena es riquísima. Esto significa, simbólicamente, que Juan, embriónico, ya reconoció a Jesús, embriónico, como el Mesías, el Salvador del mundo.

Por lo tanto, la vida humana es sagrada ya en estado embriónico, y no sólo no tenemos ningún derecho a experimentar con embriones humanos, sino que tenemos el deber de proteger a los que no se pueden proteger por sí mismos: los más pequeños entre nosotros, los embriones humanos en su primera semana de desarrollo.

(En la segunda parte de este artículo reflexionaremos sobre las dimensiones económicas, políticas y sociales de las células madres.)

Dr. en Bioética (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma) y Dr. en Genética (Universidad de Purdue, Indiana).