|
Mitos y verdades sobre la investigación
con células madres
La investigación con células madres (stem cell research)
es como un diamante que tiene muchas facetas. Este tema presenta
varias dimensiones; a mi entender, por lo menos seis: biológica,
ética, religiosa, económica, política y social. Todas estas
dimensiones están entrelazadas.
Dimensión Biológica
Una célula madre (troncal o promotora) es una célula que genera
otras células en el cuerpo. Por ejemplo, si sufrimos una cortada
en la piel, esa cortada normalmente se sana con piel nueva que
sale de adentro hacia fuera. Esa piel nueva es creada por
células madres que se encuentran debajo de la piel, en el tejido
adiposo (la grasa); la médula ósea contiene muchas células
madres que están produciendo sangre continuamente; más de la
mitad del hígado se puede extirpar y vuelve a crecer, ya que
está lleno de células madres; y así los distintos órganos y
tejidos del cuerpo. Mientras más especializado es el órgano o
tejido, menos se regenera. De ahí que los daños a la columna
vertebral y al cerebro o sistema nervioso (parkinsons,
alzheimers) sean los más difíciles de curar.
|
 |
|
Foto de célula madre embriónica publicada por Children’s
Hospital Boston en junio de 2006, con ocasión del inicio de
investigaciones sobre huevos y embriones descartados de
fertilizaciones in vitro. CNS photo/M. W. Lensch,
Children’s Hospital Boston |
|
|
Según su origen, las células madres pueden ser adultas (de los
nacidos) o embriónicas (de los no nacidos). Para obtener células
madres adultas, obviamente, no hay que matar al donante, sino
que basta usar anestesia local o general. Sin embargo, para
obtener células madres embriónicas hay que matar al embrión
humano, ya que son las mismas células que forman al embrión
propiamente. Estos embriones tienen sólo una semana de
desarrollo y son microscópicos (3 o 4 de ellos caben sobre la
cabeza de un alfiler). Desgraciadamente, estos embriones no
están implantados en el seno de sus madres, sino que se
encuentran congelados en nitrógeno líquido, a menos de 180
grados centígrados, en clínicas de fertilización in vitro.
Dimensión ética
La dimensión ética es distinta de la dimensión religiosa ya que,
estrictamente hablando, la ética es una rama de la filosofía, la
cual se puede analizar sin tener que invocar a Dios o a
creencias religiosas.
A nivel ético, se puede decir que algunas personas no consideran
al embrión humano como plenamente humano, sobre todo si no se ha
implantado en una matriz. Hay dos grandes errores en ese
argumeto: primero, en asumir que forma y figura
son la misma cosa y, segundo, en supeditar la humanidad del ser
humano a su tamaño o lugar de residencia.
Con respecto al primer punto, algunos piensan que el embrión
humano, antes de implantarse en la matriz, no es plenamente
humano, porque no se ve como humano, es decir, que en esta
temprana etapa de desarrollo él o ella es solamente una bolita
de células que no tiene ni cabeza, ni brazos, ni piernas, ni
ningún órgano interno. Desgraciadamente, las personas que así
piensan confunden forma con figura. Podemos usar
un ejemplo: hay un número infinito de figuras de sillas (de
madera, de metal, de plástico, modernas, antiguas, etc.); sin
embargo, hay una sola forma de silla (“silleidad”). Cuando vemos
una silla, la reconocemos como tal, aunque sea la primera vez
que la hayamos visto. Es decir, que tenemos la capacidad de
entender la esencia de la silla de tal manera que, cuando vemos
una, la reconocemos. Igual sucede con el ser humano: ¿cuántas
figuras humanas hay? Hoy en día, tendríamos que decir que hay
unos 6,000 millones de habitantes en el mundo. Sin embargo, hay
una sola forma humana, lo cual nos permite reconocer a un ser
humano como tal desde la primera vez que lo vemos. Recuerden que
nosotros también nos vemos igual que los embriones congelados
durante la primera semana de nuestro desarrollo (una “bolita” de
células llamada blástula).
La única diferencia con nosotros, es que nosotros sí fuimos
implantados en el seno de nuestras madres, lo cual nos lleva al
segundo error: supeditar el ser humano a su tamaño o lugar de
residencia. Si nuestro status de ser humano dependiera de
nuestro tamaño, tendríamos que decir que el bebé es menos humano
que el niño; el niño menos humano que el adolescente, y el
adolescente menos humano que el adulto, lo cual es completamente
ridículo.
Similarmente, algunos dicen que los embriones congelados no son
plenamente humanos porque no están implantados en una matriz y,
por lo tanto, no tienen posibilidad de desarrollarse plenamente.
De nuevo, el argumento es falso. Por ejemplo, si dejáramos a un
recién nacido abandonado en la calle, o sobre un banco en el
parque, ¿cuánto tiempo creen ustedes que ese pequeño bebito va a
poder sobrevivir así, abandonado, fuera de su hogar? Por otro
lado, ¿acaso nuestra humanidad depende de dónde nos encontremos,
de modo tal que cuando no estamos físicamente en nuestros
hogares somos “menos” humanos que cuando lo estamos?
¡Ciertamente, no! Otro argumento absurdo cuando lo llevamos a su
última consecuencia.
En conclusión: se es humano o no se es humano,
independientemente de nuestra figura, tamaño o lugar de
residencia. Y el haber establecido gradaciones de humanos en
nuestra historia nos ha llevado a inmensas injusticias.
Dimensión religiosa
Nosotros, como cristianos, tenemos una responsabilidad aun mayor
con el embrión humano, sobre todo en su primera etapa de
desarrollo, por el mismo evento de la Encarnación. Es decir que
cuando Dios, en su infinita sabiduría, decidió manifestarse
plenamente a nosotros, se convirtió en un ser humano. Y eso lo
hizo desde el momento de la concepción de Jesús en el seno de
María, nuestra Madre. De ahí que la escena de la Visitación sea
tan importante para esta causa: María, embarazada con Jesús,
visita a su prima Isabel, embarazada con Juan el Bautista.
Al momento de la Visitación, Isabel le dice a María: “Bendita tú
entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre; y, ¿cómo
es que la madre de mi Señor viene a visitarme? En el momento en
que tu anuncio llegó a mis oídos, ¡el niño en mi vientre saltó
de gozo!” (Lucas 1, 41-44). Esta escena es riquísima. Esto
significa, simbólicamente, que Juan, embriónico, ya reconoció a
Jesús, embriónico, como el Mesías, el Salvador del mundo.
Por lo tanto, la vida humana es sagrada ya en estado embriónico,
y no sólo no tenemos ningún derecho a experimentar con embriones
humanos, sino que tenemos el deber de proteger a los que no se
pueden proteger por sí mismos: los más pequeños entre nosotros,
los embriones humanos en su primera semana de desarrollo.
(En la segunda parte de este artículo reflexionaremos sobre las
dimensiones económicas, políticas y sociales de las células
madres.)
Dr. en Bioética (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma) y
Dr. en Genética (Universidad de Purdue, Indiana).
|