SU SANTIDAD EL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 EN LA FLORIDA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 REFLEXIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 QUIENES SOMOS
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA
 
 

 

Sagrados y consagrados

La identidad del laicado católico.

 Rogelio Zelada

En una reunión nacional de líderes hispanos, una joven directora de una diócesis del norte había tenido a su cargo la coordinación de todo el evento. Con gran eficacia no sólo había solucionado cada uno de los problemas, sino que había previsto cuidadosamente las eventualidades.

El congreso fluía con buen ritmo, facilitando el encuentro de obispos, sacerdotes y laicos. El gerente del hotel, impresionado por el buen trabajo de esta mujer, le preguntó si acaso “era monja”. Con una sonrisa, ella le contestó: “No, soy laica”. Más tarde, el gerente quiso que yo le aclarara qué era eso de “ser laica”. Cuando le expliqué que laico era todo cristiano bautizado, me interrumpió sorprendido: “entonces, laico no es nada”.

Hasta la llegada del Concilio Vaticano II, a los laicos en la Iglesia se nos definía por lo que no éramos: “Laico es aquel que no es sacerdote, ni religioso”. Quien no formaba parte del clero, ni estaba ligado a los votos de pobreza, castidad y obediencia y a la vida de las comunidades religiosas. Se vivía todavía con la fuerte influencia de una eclesiología piramidal, que prefería identificar a la Iglesia con la jerarquía, y que pensaba que los laicos no teníamos ningún papel activo que realizar dentro de la Iglesia.

 En toda la historia de la Iglesia no ha habido ningún otro concilio que haya hablado tanto y tan positivamente sobre los laicos, como el Vaticano II. Cortesía de Rogelio Zelada

Este modelo de Iglesia como sociedad perfecta que tuvimos en el pasado, fue el resultado de un proceso que, nacido en la Edad Media, cristalizó en la reforma gregoriana del siglo XI. De una visión original de comunión orgánica, se pasó a una sociedad de desiguales que definía a la Iglesia sólo por la jerarquía, la cual, formada por el ordo clericalis, se consolidaba como un frente de poder eclesial (clero) opuesto y enfrentado a la esfera del poder imperial (en manos de los laicos).

Floro de Lyon, ya a finales del siglo VIII, afirmará que la Iglesia “estaba constituida máximamente por los sacerdotes”, idea que tomará más tarde el Papa Juan VIII al señalar que “la Iglesia no es otra cosa que el pueblo fiel, pero con ese nombre se designa principalmente al clero”.

En la época de Carlomagno, la cultura se convierte en monopolio del estamento clerical; entonces “laico” es sinónimo de iletrado, ignorante y, al contrario, clérigo, de hombre cultivado y rico en letras y ciencia sagrada. La escasa fiabilidad que ofrece el tan poco cultivado intelecto de los laicos provoca la resistencia de la jerarquía a que aquéllos lean por sí mismos la Sagrada Escritura.

Bonifacio VIII decía que “la antigüedad nos enseña y la experiencia de los tiempos presentes nos atestigua con evidencia, que los laicos han sido siempre extremadamente hostiles a los clérigos” (Bula Clericis laicos, 1296). En su tiempo, Santo Tomás de Aquino enseñaba solemnemente que “sólo los prelados que ocupan un grado supremo en la Iglesia, se llaman Iglesia”. En el sigo XIX, Gregorio XVI anotará que “nadie puede ignorar que la Iglesia es una sociedad desigual, en la que Dios destinó a unos para ser gobernantes y otros para ser gobernados”; y concluye su sucesor, el gran San Pío X, que los gobernados “no tienen otro derecho en la Iglesia que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores”.

Para el Concilio Vaticano II la categoría fundamental no es la de jerarquía, ni tampoco la de institución, sino la de Pueblo de Dios. La Iglesia se ve a sí misma como una comunidad de personas convocadas por Dios para formar un pueblo santo, sagrado, sacerdotal, oferente, misionero.

La Iglesia se reconoce, ante todo, comunitaria; dentro de ella todos somos miembros plenos; el papa, los obispos, los sacerdotes o los religiosos, por su condición, no son más cristianos que los laicos. A éstos se dirigía Juan Pablo II, citando las palabras de Pío XII, al decirles que “deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser Iglesia”. Una idea repetida por la Conferencia Episcopal Alemana: “El laico en sentido estricto, es por tanto un cristiano que expresa de forma ejemplar la realidad de la Iglesia y su misión en el mundo”.

Los laicos están llamados a realizar plenamente algo que es común a toda vocación cristiana: ser protagonistas con pleno derecho de la evangelización. La participación en el apostolado y en la vida interna de la Iglesia es un derecho de todo cristiano, y no una extraordinaria concesión eclesiástica.

Desde el Vaticano II, sólo a partir del concepto de laico se puede definir lo que es un sacerdote y un religioso, tanto a nivel teológico como existencial. Un sacerdote es ante todo un laico que ha recibido el sacramento del Orden, y un religioso es un laico que se consagra a Dios con unos votos asumidos por la Iglesia. La base de toda la teología del laicado está en el Bautismo. La diferencia entre laico y sacerdote no está en algo que el laico no tiene, sino en algo que deriva de su condición bautismal.

Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, corroborada por los documentos del Vaticano II, el sacramento de consagración por excelencia es el Bautismo, que marca la diferencia entre los que están incorporados a Cristo (bautizados) y los que no.

El binomio consagrados-no consagrados debe establecerse desde el sacerdocio de Cristo, por medio del cual las personas consagradas son ante todo las bautizadas, no los sacerdotes o los religiosos, aunque en éstos la consagración bautismal reciba nuevas especificaciones a partir del sacramento del Orden, o de la profesión de la vida religiosa. Un cristiano es alguien que pertenece al Pueblo de Dios; que por haber sido iniciado (sacramentos), y haber aceptado a cabalidad esa iniciación (fe), participa en la vida de la Iglesia y está comprometido con la misión (tareas eclesiales), en plenitud de derechos y deberes.

El laico que vive en medio de la sociedad y está sumergido en la realidad que debe evangelizar, no es nunca una persona profana, sino consagrada. Los laicos, por el Bautismo, son personas sagradas, plenamente entregadas y consagradas a Dios en el mundo. Como Jesús, el laico está llamado a ser sacerdote en el mundo, es decir, a vivir como una persona que todo lo refiere a Dios, que conecta sus propias experiencias con las de Cristo.

Ser laico es vivir una vocación que exige cada día representar a Cristo, o lo que es lo mismo, ser su “vicario” en el mundo.