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Sagrados y consagrados
La identidad del laicado católico.
En una reunión nacional de líderes hispanos, una joven directora
de una diócesis del norte había tenido a su cargo la
coordinación de todo el evento. Con gran eficacia no sólo había
solucionado cada uno de los problemas, sino que había previsto
cuidadosamente las eventualidades.
El congreso fluía con buen ritmo, facilitando el encuentro de
obispos, sacerdotes y laicos. El gerente del hotel, impresionado
por el buen trabajo de esta mujer, le preguntó si acaso “era
monja”. Con una sonrisa, ella le contestó: “No, soy laica”. Más
tarde, el gerente quiso que yo le aclarara qué era eso de “ser
laica”. Cuando le expliqué que laico era todo cristiano
bautizado, me interrumpió sorprendido: “entonces, laico no es
nada”.
Hasta la llegada del Concilio Vaticano II, a los laicos en la
Iglesia se nos definía por lo que no éramos: “Laico es aquel que
no es sacerdote, ni religioso”. Quien no formaba parte del
clero, ni estaba ligado a los votos de pobreza, castidad y
obediencia y a la vida de las comunidades religiosas. Se vivía
todavía con la fuerte influencia de una eclesiología piramidal,
que prefería identificar a la Iglesia con la jerarquía, y que
pensaba que los laicos no teníamos ningún papel activo que
realizar dentro de la Iglesia.
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En
toda la historia de la Iglesia no ha habido ningún otro concilio
que haya hablado tanto y tan positivamente sobre los laicos,
como el Vaticano II. Cortesía de Rogelio Zelada |
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Este modelo de Iglesia como sociedad perfecta que tuvimos
en el pasado, fue el resultado de un proceso que, nacido en la
Edad Media, cristalizó en la reforma gregoriana del siglo XI. De
una visión original de comunión orgánica, se pasó a una sociedad
de desiguales que definía a la Iglesia sólo por la jerarquía, la
cual, formada por el ordo clericalis, se
consolidaba como un frente de poder eclesial (clero) opuesto y
enfrentado a la esfera del poder imperial (en manos de los
laicos).
Floro de Lyon, ya a finales del siglo VIII, afirmará que la
Iglesia “estaba constituida máximamente por los sacerdotes”,
idea que tomará más tarde el Papa Juan VIII al señalar que “la
Iglesia no es otra cosa que el pueblo fiel, pero con ese nombre
se designa principalmente al clero”.
En la época de Carlomagno, la cultura se convierte en monopolio
del estamento clerical; entonces “laico” es sinónimo de
iletrado, ignorante y, al contrario, clérigo, de hombre
cultivado y rico en letras y ciencia sagrada. La escasa
fiabilidad que ofrece el tan poco cultivado intelecto de los
laicos provoca la resistencia de la jerarquía a que aquéllos
lean por sí mismos la Sagrada Escritura.
Bonifacio VIII decía que “la antigüedad nos enseña y la
experiencia de los tiempos presentes nos atestigua con
evidencia, que los laicos han sido siempre extremadamente
hostiles a los clérigos” (Bula Clericis laicos, 1296). En
su tiempo, Santo Tomás de Aquino enseñaba solemnemente que “sólo
los prelados que ocupan un grado supremo en la Iglesia, se
llaman Iglesia”. En el sigo XIX, Gregorio XVI anotará que “nadie
puede ignorar que la Iglesia es una sociedad desigual, en la que
Dios destinó a unos para ser gobernantes y otros para ser
gobernados”; y concluye su sucesor, el gran San Pío X, que los
gobernados “no tienen otro derecho en la Iglesia que el de
dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores”.
Para el Concilio Vaticano II la categoría fundamental no es la
de jerarquía, ni tampoco la de institución, sino la de Pueblo de
Dios. La Iglesia se ve a sí misma como una comunidad de personas
convocadas por Dios para formar un pueblo santo, sagrado,
sacerdotal, oferente, misionero.
La Iglesia se reconoce, ante todo, comunitaria; dentro de ella
todos somos miembros plenos; el papa, los obispos, los
sacerdotes o los religiosos, por su condición, no son más
cristianos que los laicos. A éstos se dirigía Juan Pablo II,
citando las palabras de Pío XII, al decirles que “deben tener
conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la
Iglesia, sino de ser Iglesia”. Una idea repetida por la
Conferencia Episcopal Alemana: “El laico en sentido estricto, es
por tanto un cristiano que expresa de forma ejemplar la realidad
de la Iglesia y su misión en el mundo”.
Los laicos están llamados a realizar plenamente algo que es
común a toda vocación cristiana: ser protagonistas con pleno
derecho de la evangelización. La participación en el apostolado
y en la vida interna de la Iglesia es un derecho de todo
cristiano, y no una extraordinaria concesión eclesiástica.
Desde el Vaticano II, sólo a partir del concepto de laico se
puede definir lo que es un sacerdote y un religioso, tanto a
nivel teológico como existencial. Un sacerdote es ante todo un
laico que ha recibido el sacramento del Orden, y un religioso es
un laico que se consagra a Dios con unos votos asumidos por la
Iglesia. La base de toda la teología del laicado está en el
Bautismo. La diferencia entre laico y sacerdote no está en algo
que el laico no tiene, sino en algo que deriva de su condición
bautismal.
Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, corroborada por los
documentos del Vaticano II, el sacramento de consagración por
excelencia es el Bautismo, que marca la diferencia entre los que
están incorporados a Cristo (bautizados) y los que no.
El binomio consagrados-no consagrados debe establecerse desde el
sacerdocio de Cristo, por medio del cual las personas
consagradas son ante todo las bautizadas, no los sacerdotes o
los religiosos, aunque en éstos la consagración bautismal reciba
nuevas especificaciones a partir del sacramento del Orden, o de
la profesión de la vida religiosa. Un cristiano es alguien que
pertenece al Pueblo de Dios; que por haber sido iniciado
(sacramentos), y haber aceptado a cabalidad esa iniciación (fe),
participa en la vida de la Iglesia y está comprometido con la
misión (tareas eclesiales), en plenitud de derechos y deberes.
El laico que vive en medio de la sociedad y está sumergido en la
realidad que debe evangelizar, no es nunca una persona profana,
sino consagrada. Los laicos, por el Bautismo, son personas
sagradas, plenamente entregadas y consagradas a Dios en el
mundo. Como Jesús, el laico está llamado a ser sacerdote en el
mundo, es decir, a vivir como una persona que todo lo refiere a
Dios, que conecta sus propias experiencias con las de Cristo.
Ser laico es vivir una vocación que exige cada día representar a
Cristo, o lo que es lo mismo, ser su “vicario” en el mundo.
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