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El Papa Benedicto XVI preside
canonización de educadores
Los cuatro fundaron escuelas para grupos minoritarios.
Soledad Rothstein
Especial para La Voz Católica
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Mons.
Rafael Guizar Valencia |
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El obispo mexicano Rafael Guízar Valencia, la M. Theodore Guerin,
el presbítero italiano Filippo Smaldone y Rosa Venerini, monja
italiana, son cuatro extraordinarios ejemplos de virtud que han
alcanzado la santidad. El Papa Benedicto XVI presidió la
ceremonia de canonización en la Basílica de San Pedro, en el
Vaticano, el pasado 15 de octubre.
“Santo es aquel hombre y aquella mujer que, respondiendo con
alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo para
seguirlo”, dijo el pontífice durante la Misa, que presidió junto
a 38 oficiantes.
Un claro ejemplo de santidad fue Rafael Guízar Valencia (ver LVC,
mayo de 2006, p. 18), el “Obispo de los pobres”. Oriundo de
México y proveniente de una familia adinerada, se convirtió en
sacerdote en 1901. Fundó colegios para niñas y niños pobres, los
cuales financió él mismo. En 1916 tuvo que huir de México debido
a las persecuciones anticlericales, pero regresó años después,
al ser nombrado Obispo de Veracruz. Al volver, su mayor
preocupación fue la educación de futuros sacerdotes, por lo cual
renovó el Seminario de Xalapa, el cual funcionó clandestinamente
por 15 años. Falleció en 1938.
La M. Theodore Guerin (ver
LVC,
octubre de 2006, p. 29), de origen francés, fue nombrada la
octava Santa de los Estados Unidos. Su obra de entrega misionera
es una fuente de inspiración para la Iglesia Católica
estadounidense, especialmente en estos tiempos de crisis y de
reflexión.
En 1840, acudiendo al llamado de sus superiores, la M. Guerin
viajó a Indiana para fundar las primeras escuelas católicas. Al
llegar tuvo que batallar contra la animosidad del obispo local,
las enfermedades y la amenaza constante hacia los católicos.
Pero siguió perseverando y deseando “que en todo y en todas
partes se haga la voluntad del Señor”.
En poco tiempo fundó La Congregación de las Hermanas de la
Providencia de Santa María ad Nemus, un gran número de colegios
católicos en todo el estado, dos orfanatorios, farmacias con
medicinas gratis para los pobres y la más antigua escuela
católica de artes liberales para jovencitas de Estados Unidos.
“Con gran fe en la divina providencia, la M. Theodore superó
muchos retos y perseveró en el trabajo que el Señor la llamó a
realizar”, agregó el Papa. La nueva santa ha dejado un legado de
servicio, piedad y fe que empezó en Francia y se expandió a
Estados Unidos, China, Taiwán y Filipinas.
Entre la multitud de fieles que se reunieron para rendir tributo
a los nuevos santos había mexicanos, estadounidenses, franceses
y, sobre todo, italianos, pues dos de sus compatriotas fueron
proclamados santos.
Felipe Smaldone, nacido en Nápoles en 1848, inició un ardiente
ministerio visitando a los enfermos en clínicas, hospitales y
casas privadas. Su pasión fueron los sordomudos. “En ellos, veía
reflejada la imagen de Jesús, y solía repetir que, del mismo
modo que nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento, así
también debemos arrodillarnos ante un sordomudo”, afirmó
Benedicto XVI. En 1885, el fundador de la Congregación de las
Hermanas Salesianas de los Sagrados Corazones, abrió en Lecce un
instituto para sordomudos. Su caridad se extendió también a las
niñas ciegas, huérfanas y abandonadas, para las cuales abrió
talleres de costura y residencias. Por más de cuarenta años, se
aplicó incesantemente a su obra, desvelándose para sustentar
materialmente y educar moralmente a sus protegidos. A los 75
años, murió rodeado por muchos sacerdotes, sus Hermanas y sus
queridos sordomudos.
La Santa Rosa Venerini, nacida en Italia en 1656, desde muy
pequeña decidió entregarse al servicio de Dios. Al darse cuenta
de la desigualdad de la mujer frente al hombre, se dedicó
personalmente a la instrucción y formación cultural y cristiana
de la mujer. En 1685 abrió la primera escuela pública para niñas
en Italia, pero la tarea no fue fácil. Tuvo que enfrentar la
resistencia de la sociedad y del clero, que consideraban su
trabajo como una pérdida de tiempo. Sin embargo, la elevación
moral y espiritual de las alumnas fue un gran éxito. Rosa y la
Congregación de las Maestras Pías Venerinas, que ella fundara,
fueron invitadas a otras ciudades para abrir más escuelas. En
1713, después de vencer muchas dificultades, fundó una escuela
en Roma que fue visitada por el Papa Clemente XI, quien le dijo:
“Usted está haciendo lo que nosotros no podemos. Le agradecemos
mucho, porque con estas escuelas Roma será santificada”. Antes
de su muerte, en 1728, Rosa había abierto más de 40 colegios.
Terminada la Misa, el Papa se asomó al balcón para rezar el
Angelus con los miles de peregrinos reunidos.
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