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¡Voy a la Luz, al Amor, a la Vida!

Beata María Isabel de la Trinidad.

 P. Eusebio Gómez, OCD

Isabel de la Trinidad, Isabel Catez, hija de José Catez y María Roulland, nace el 18 de julio de 1880 en el campo militar de Avor, en Francia. Dos años más tarde la familia se mudó a Dijon.

No es una niña tranquila. Tiene un carácter fuerte y difícil, de ojos furiosos y estallidos de rabia. Heredó de su padre un temperamento ardiente y el sentido del deber y la lealtad; de su madre, la fortaleza, tenacidad y constancia. Su madre dirá que es “un auténtico demonio”, turbulenta, colérica e irritable. A la vez, sociable, de gran sensibilidad, cariñosa y afectuosa.

A finales de noviembre de 1894, su institutriz le pidió que hiciera como “deber de estilo” su autorretrato. Físicamente se describe: “Sin orgullo creo que mi persona no es desagradable. Soy morena y, dicen, muy alta para mi edad. Tengo unos ojos negros chispeantes, y mis espesas cejas me dan un aire grave. El resto de mi persona es insignificante”. Su autorretrato moral: “Puesto que estamos en lo moral, diría que tengo un carácter bastante bueno. Soy alegre y, he de confesarlo, un poco aturdida. Tengo buen corazón. Soy coqueta por naturaleza. Hay que serlo un poco, dicen. No soy perezosa, sé que el trabajo hace feliz (…) Sin ser un modelo de paciencia, generalmente sé contenerme. No guardo rencor. Tal es mi retrato moral. Tengo defectos, y, ¡ay!, pocas cualidades (…) espero adquirirlas”. En 1901 ella misma declara que el rasgo dominante de su carácter es “la sensibilidad”. Isabel respondía a un cuestionario que se proponía a las novicias, unos días después de su entrada en el Carmelo.

Tiene 7 años cuando pierde a su padre. A esta misma edad, su párroco, el P. Angles, declara que Isabel le dijo: “¡Yo seré religiosa, quiero ser religiosa!…” Su madre, irritada, le preguntó al párroco si creía seriamente en esa afirmación: “Le respondí con una frase que, como una espada, le atravesó el alma: ‘Así lo creo’”.

Isabel se destaca por sus cualidades como pianista, y se convierte en una virtuosa del piano.

En el Carmelo elige el nombre de María Isabel de la Trinidad. “Me parece”, dice ella misma, “que este nombre significa una vocación especial. Amo tanto el misterio de la Santísima Trinidad…Es un abismo donde desaparezco.”

En enero de 1905 experimenta el conocimiento de la “ciencia del amor” por el camino de la adoración: “Mi vocación de carmelita me arroja en la adoración”. Isabel aprende a sufrir mirando a Jesús con amor, y por amor sufre.

El día de su profesión recibió un crucifijo “como sello sobre el corazón”. Isabel no dejará de mirarle: “Es todo lo que tengo, Él es todo para mí”, confiesa en una carta. “Miro al Crucificado, y, al ver cómo se entregó Él por mí, me parece que lo menos que yo puedo hacer por Él es prodigarme, gastarme para devolverle un poco de lo que Él me ha dado”. Esta contemplación del Crucificado la anima para volver los ojos sobre la Iglesia: “Todas nuestras oraciones y todos nuestros sacrificios se dirigen a eso”.

Isabel vivió y murió sumergida en el amor trinitario.

En plena juventud, Isabel enferma gravemente y, antes de morir, exclama: “Voy a la Luz, al Amor, a la Vida”. Isabel muere la mañana del 9 de noviembre de 1906, a los 26 años. El 25 de noviembre de 1984 fue declarada beata por el Papa Juan Pablo II.

 Director del Centro de Espiritualidad Carmelita
mailto:eugona46@hotmail.com


Oración 

Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquilo, como si ya mi alma estuviera en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, oh mi inmutable, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio.

Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu morada de amor y el lugar de tu descanso. Que en ella nunca te deje solo, sino que esté ahí con todo mi ser, todo despierto en fe, todo adorante, totalmente entregado a tu acción creadora.

Oh mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser, en mi alma, una esposa para tu Corazón, quisiera cubrirte de gloria, quisiera amarte…, hasta morir de amor. Pero siento mi impotencia: Te pido ser revestido de Ti mismo, identificar mi alma con cada movimiento de la Tuya, sumergirme en Ti, ser invadido por Ti, ser sustituido por Ti, para que mi vida no sea sino irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero volverme totalmente dócil, para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas mis impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en tu inmensa luz.

Oh Astro mío querido, fascíname, para que ya no pueda salir de tu esplendor.

Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor, desciende sobre mí, para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo: que yo sea para Él como una prolongación de su Humanidad Sacratísima en la que renueve todo su Misterio.

Y Tú, oh Padre, inclínate sobre esta pobre criatura tuya, cúbrela con tu sombra, no veas en ella sino a tu Hijo Predilecto, en quien tienes todas tus complacencias.

Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad en que me pierdo, me entrego a Vos como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.

Beata Isabel de la Trinidad