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Reencuentro con Mons. Pedro Meurice,
Arzobispo Primado de Cuba
El 27 de junio de 2006, a las 11:30 a.m., tocaban el timbre del
apartamento donde vivo, en St. Dominic Gardens, tal y como me
habían avisado. Se trataba de Mons. Pedro Meurice Estíu
Arzobispo de Santiago de Cuba, acompañado de su hermana Pilar y
de su buen sobrino “Talito”.
¡Qué alegría sentí al verlo! Grueso como está, le dije: “Dos
pulgadas más de altura, y tenemos a Mons. Pérez Serantes”.
Sonrió, y se sentó en una butaca.
Desde que lo nombraron obispo, Mons, Meurice ha sido un pastor
para laicos y sacerdotes, en especial para los enfermos.
Recuerdo que, cuando enfermé en 1970, me llevó en su auto desde
Santiago de Cuba al Sanatorio de San Juan de Dios, en La Habana.
Él me envió a Madrid a recibir atención médica.
Cuando se me presentó la amputación de una pierna en Puerto
Rico, en 1992, allá se fue a visitarme y confortarme.
Dice mi hermana Carmina que Mons. Meurice es el buen pastor que
va en busca de la oveja “herida” y se la pone sobre los hombros.
Desde que estoy en Miami, siempre que ha pasado por la ciudad ha
venido a interesarse por mí, del mismo modo que por el P. Rafael
Escala, que se encuentra enfermo en Santa Ana. Es el obispo
bueno que conforta a sus sacerdotes sanos y a los enfermos, a
los cercanos y a los que están lejos de él.
Me dijo que habían puesto nuevas campanas en la Catedral de
Santiago de Cuba. Lo dijo con alegría serena. Esto me hizo
recordar que, cuando estábamos en el Seminario del Cobre, él era
el campanero… Y tocaba con gran energía cada mañana. Pido a Dios
que todas las campanas de todas las iglesias de Cuba sigan
repicando con aquella fuerza que él ponía al despertarnos.
Me preguntó por mi pierna amputada. “Llevo ya 14 años de
sufrimiento, y Cuba lleva 50… ¿Hasta cuando, Mons. Meurice?”, le
dije. De manera serena, me respondió: “Se acercaron a Teresa de
Calcuta para pedirle que hiciera oración por el pueblo de Cuba
que sufría; ella respondió: Si Cuba sufre, no necesita oración”.
¿Cómo se entiende esto? Cada cual puede dar su interpretación.
Pero, cuando el Papa Juan Pablo II estuvo en Santiago de Cuba,
Mons. Meurice dijo, entre otras cosas: “El pueblo de Cuba sufre
aquí y sufre allá”. El sufrimiento purifica.
Le mostré un cuadro de la Virgen con el Niño, que pinté para
regalárselo. Encontró a la Virgen sufrida, triste... y
resucitada.
Me dijo que ya había presentado su renuncia por razones de edad
al Santo Padre, pues le costaba hablar. Pido a Dios que no se la
acepten todavía, pues un “buen mudo también puede hablar”. La
presencia de Mons. Meurice, por sí sola habla. Como buen obispo
que es, vigila a su rebaño y, si es necesario, sabe decir cosas
firmes y fuertes.
Cuando me pidió que le hiciera su escudo episcopal, quería que
expresara algo así como que él era un retoño de Mons. Pérez
Serantes. “Está bien”, le dije, “pero tú no vas a ser siempre un
retoño”… Y ha resultado ser otro roble fuerte y frondoso. Así,
le pinté las montañas de la Sierra Maestra con el cielo cubano,
unidos éstos con el monograma de Cristo en oro, salido de las
manos de la Virgen de la Caridad en plata.
Al despedirnos, me pidió la bendición. Se la di; le pedí
su triple bendición, y se despidió diciendo: “Vuelvo pronto”.
¡Que así sea!
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