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La fe es la clave para recuperar
la magia de la Navidad
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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¿Alguna vez han notado cómo se iluminan los ojos de un niño al
mencionar la Navidad? ¿Han deseado volver a sentir esa emoción
una vez más?
La magia de la Navidad parece desvanecerse según envejecemos.
Los regalos pierden su lustre. La obligación supera la
expectativa.
Para muchos, la Navidad se ha convertido en un agitado mes de
agobios: comprar regalos, envolver regalos; comprar tarjetas,
enviar tarjetas; planificar fiestas, asistir a fiestas; cocinar
y limpiar, empacar y desempacar.
La avenida Madison nos vende imágenes de una perfecta Navidad
que casi nunca se parece a nuestra realidad. ¿Nieve en la
Florida? ¿Ciervos en los Everglades? ¿Campanas y trineos en la
I-95?
¡Con razón tenemos tanto estrés y estamos tan deprimidos!
Hasta los niños dejan de emocionarse cuando ya no creen en Santa
Claus. Pareciera que hay menos regalos bajo el árbol, que hay
menos que anticipar.
¿Cómo pueden los adultos recobrar la ilusión y la alegría que
disminuyen con la inocencia de la niñez?
Quizás la fe sea la palabra clave. Lo que mantiene a los niños
emocionados por la Navidad es lo que ellos creen: que recibirán
regalos, que Santa complacerá sus deseos y encontrará la manera
de entrar a su casa. De hecho, ellos creen tanto, que hasta
escuchan a los renos en el techo de sus casas y oyen ruidos en
la sala.
¿En qué creemos? ¿En Santa o en Jesús?
Si Santa es nuestra imagen de la Navidad, es fácil perder
nuestra fe. Las cosas materiales pueden entretenernos por un
tiempo, pero nunca nos darán satisfacción.
¿Creemos que Jesús es el mayor regalo de todos, que Él es
Emmanuel, “Dios con nosotros”, la realización de nuestros más
intensos anhelos?
¿Creemos que Él vino al mundo como un niño, que vivió entre
nosotros, que trabajó arduamente como carpintero, que predicó a
lo largo del Mar de Galilea, y que enseñó fuera del templo en
Jerusalén?
¿Creemos que Él sanó a los enfermos, que resucitó de entre los
muertos, y que consoló a los afligidos?
¿Creemos que tomó nuestra carga, que sufrió nuestro dolor, que
lloró por su amigo Lázaro, y que al final murió para que
viviéramos eternamente con Dios?
¿Ha encontrado Jesús el camino a nuestros corazones?
¿Escuchamos su voz?
A menos que creamos en Jesús con todo nuestro corazón y toda
nuestra alma, de la manera en que creíamos en Santa cuando
éramos niños, la Navidad no nos volverá a parecer mágica o
emocionante.
Debemos ver la Navidad con la fe de un niño. Debemos confiar en
la bondad del Señor, que “nos ve cuando dormimos y sabe cuándo
estamos despiertos”.
Nunca podemos perder la fe en Cristo por nuestra edad. Dios
nunca puede ser superado en generosidad. Él siempre nos
sorprenderá.
Que puedan encontrar el mejor regalo en el pesebre esta Navidad.
Que Cristo encuentre la manera de entrar en sus corazones y
permanecer en ellos para siempre. Que la Navidad les colme de
alegría, no sólo por los regalos que recibirán, sino porque
‘tanto amó Dios al mundo que envió su único hijo’ para que
viviera entre nosotros y nos redimiera del pecado.
Eso es mejor que Santa bajando por la chimenea.
¡Feliz Navidad! |