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El VIH y el SIDA son asuntos del pueblo de Dios
Imagínese que está en una situación desesperada y necesita
oración por usted mismo o por un ser amado, pero no puede
pedirla por miedo o vergüenza.
Eso es, precisamente, lo que la inmensa mayoría de quienes viven
con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) o el síndrome de
inmunodeficiencia adquirida (SIDA), o quienes se encuentran
afectados por los mismos, experimentan cada día: cónyuges,
hermanos y hermanas, tíos, abuelas, nietos y amigos temen
mencionar los nombres de sus seres amados por temor al “qué
dirán”.
¿Quiénes son responsables por infundir tanto temor? Mientras
continuemos tratando el VIH y el SIDA como motivos para
avergonzar y ridiculizar a otros, cada uno de nosotros es
responsable por la manera en que nuestras hermanas y hermanos
son estigmatizados y rechazados por la sociedad y nuestras
comunidades de fe.
A pesar de que este año el mundo conmemora un cuarto de siglo
desde que el primer caso de SIDA fuera diagnosticado en los
Estados Unidos; de que más de 70 millones de personas han sido
infectadas con el VIH a nivel mundial, y más de 25 millones han
muerto y unos 40 millones viven con la enfermedad; de que cada
minuto ocurren 11 nuevas infecciones en el mundo y ninguna
parroquia carece de casos de VIH y SIDA, aún encontramos
personas que cuestionan la existencia de este apostolado.
¿Por qué –preguntan– se tiene un apostolado específicamente
dedicado al SIDA, y no uno para la diabetes, el cáncer o la
hipertensión? Porque otras aflicciones –les responderíamos– no
conllevan el rechazo y el morbo que, automáticamente, se asocia
con la primera. Cuando una persona solicita oración en su
comunidad por un ser amado que padece de cáncer, por ejemplo, no
falta quien se le acerque para interesarse por su ser querido;
su familia y el nombre de la persona enferma son recordados en
los grupos de oración. En cambio, las personas afectadas por el
VIH y el SIDA lo ocultan, al sentir que compartirlo implicará el
prejuicio de los miembros de su parroquia.
Para ofrecer una respuesta auténticamente cristiana a los retos
que nos presentan el VIH y el SIDA, el Secretariado de Asuntos
Hispanos de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados
Unidos (USCCB, por su sigla en inglés) ha establecido un grupo
de trabajo sobre VIH y SIDA integrado por miembros de la Red
Nacional Católica del SIDA (NCAN, por su sigla en inglés), el
asesor especial sobre VIH y SIDA para Caritas Internationalis y
el mismo director del secretariado. Su propósito es educar a la
comunidad católica latina mediante actividades, novenas, Misas y
servicios de oración, sobre la atención pastoral a las personas
afectadas por la enfermedad.
Uno de los ejemplos más dolorosos que hemos conocido es el de un
joven muy activo en su comunidad parroquial, quien solicitó
oración en un retiro porque había sido diagnosticado como
portador del VIH. Al día siguiente, el director del retiro le
indicó que debía abandonar el grupo, porque el joven “no era
digno” tan siquiera de entrar en la capilla. ¿Cómo podemos
pensar que alguien no es digno de estar ante la presencia de
Jesús?
Gracias a Dios, nuestros obispos continúan elevando sus voces
proféticas sobre este asunto. En diciembre del año pasado, la
Conferencia de Obispos Católicos de la Florida emitió una Carta
Pastoral en la que declara, entre otros aspectos, que “las
personas que viven con VIH y SIDA, sus amigos y familiares,
tienen una necesidad particular de sentir el apoyo de sus
hermanas y hermanos católicos durante su jornada con la
enfermedad”. Los líderes católicos se comprometieron a apoyar el
apostolado con educación, cuidado pastoral y colaboraciones
entre las diócesis, y con otros apostolados católicos de VIH y
SIDA. Otros obispos, tanto en los Estados Unidos como a nivel
mundial, se han declarado en favor de la acogida cristiana de
las personas afectadas por la enfermedad. Si nuestros líderes
religiosos nos han instruido de dicha manera, ¿por qué
insistimos en saber cómo una persona se infectó, cuando Cristo
nunca preguntó cómo se enfermaron las personas a quienes sanaba?
El pasado 1º de diciembre, Día Mundial del SIDA, recordamos a
las personas que se encuentran afectadas por la enfermedad en
cada una de nuestras parroquias. ¿Quiénes son esas personas?
Entre otras, usted y yo mismos, porque, cuando uno de nosotros
se infecta, todos somos afectamos. El VIH y el SIDA son,
sencillamente, asuntos del Pueblo de Dios.
Para obtener más información, visite:
http://www.ncan.org/,
http://www.atlantaaidsministry.org/, y
http://www.usccb.org/hispanicaffairs.
Integrante del grupo de trabajo sobre VIH y SIDA del
Secretariado de Asuntos Hispanos de la USCCB.
mailto:bttorres@yahoo.com
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