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El VIH y el SIDA son asuntos del pueblo de Dios

 Brenda Tirado Torres

Imagínese que está en una situación desesperada y necesita oración por usted mismo o por un ser amado, pero no puede pedirla por miedo o vergüenza.

Eso es, precisamente, lo que la inmensa mayoría de quienes viven con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) o el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), o quienes se encuentran afectados por los mismos, experimentan cada día: cónyuges, hermanos y hermanas, tíos, abuelas, nietos y amigos temen mencionar los nombres de sus seres amados por temor al “qué dirán”.

¿Quiénes son responsables por infundir tanto temor? Mientras continuemos tratando el VIH y el SIDA como motivos para avergonzar y ridiculizar a otros, cada uno de nosotros es responsable por la manera en que nuestras hermanas y hermanos son estigmatizados y rechazados por la sociedad y nuestras comunidades de fe.

A pesar de que este año el mundo conmemora un cuarto de siglo desde que el primer caso de SIDA fuera diagnosticado en los Estados Unidos; de que más de 70 millones de personas han sido infectadas con el VIH a nivel mundial, y más de 25 millones han muerto y unos 40 millones viven con la enfermedad; de que cada minuto ocurren 11 nuevas infecciones en el mundo y ninguna parroquia carece de casos de VIH y SIDA, aún encontramos personas que cuestionan la existencia de este apostolado.

¿Por qué –preguntan– se tiene un apostolado específicamente dedicado al SIDA, y no uno para la diabetes, el cáncer o la hipertensión? Porque otras aflicciones –les responderíamos– no conllevan el rechazo y el morbo que, automáticamente, se asocia con la primera. Cuando una persona solicita oración en su comunidad por un ser amado que padece de cáncer, por ejemplo, no falta quien se le acerque para interesarse por su ser querido; su familia y el nombre de la persona enferma son recordados en los grupos de oración. En cambio, las personas afectadas por el VIH y el SIDA lo ocultan, al sentir que compartirlo implicará el prejuicio de los miembros de su parroquia.

Para ofrecer una respuesta auténticamente cristiana a los retos que nos presentan el VIH y el SIDA, el Secretariado de Asuntos Hispanos de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB, por su sigla en inglés) ha establecido un grupo de trabajo sobre VIH y SIDA integrado por miembros de la Red Nacional Católica del SIDA (NCAN, por su sigla en inglés), el asesor especial sobre VIH y SIDA para Caritas Internationalis y el mismo director del secretariado. Su propósito es educar a la comunidad católica latina mediante actividades, novenas, Misas y servicios de oración, sobre la atención pastoral a las personas afectadas por la enfermedad.

Uno de los ejemplos más dolorosos que hemos conocido es el de un joven muy activo en su comunidad parroquial, quien solicitó oración en un retiro porque había sido diagnosticado como portador del VIH. Al día siguiente, el director del retiro le indicó que debía abandonar el grupo, porque el joven “no era digno” tan siquiera de entrar en la capilla. ¿Cómo podemos pensar que alguien no es digno de estar ante la presencia de Jesús?

Gracias a Dios, nuestros obispos continúan elevando sus voces proféticas sobre este asunto. En diciembre del año pasado, la Conferencia de Obispos Católicos de la Florida emitió una Carta Pastoral en la que declara, entre otros aspectos, que “las personas que viven con VIH y SIDA, sus amigos y familiares, tienen una necesidad particular de sentir el apoyo de sus hermanas y hermanos católicos durante su jornada con la enfermedad”. Los líderes católicos se comprometieron a apoyar el apostolado con educación, cuidado pastoral y colaboraciones entre las diócesis, y con otros apostolados católicos de VIH y SIDA. Otros obispos, tanto en los Estados Unidos como a nivel mundial, se han declarado en favor de la acogida cristiana de las personas afectadas por la enfermedad. Si nuestros líderes religiosos nos han instruido de dicha manera, ¿por qué insistimos en saber cómo una persona se infectó, cuando Cristo nunca preguntó cómo se enfermaron las personas a quienes sanaba?

El pasado 1º de diciembre, Día Mundial del SIDA, recordamos a las personas que se encuentran afectadas por la enfermedad en cada una de nuestras parroquias. ¿Quiénes son esas personas? Entre otras, usted y yo mismos, porque, cuando uno de nosotros se infecta, todos somos afectamos. El VIH y el SIDA son, sencillamente, asuntos del Pueblo de Dios.

 

Para obtener más información, visite: http://www.ncan.org/, http://www.atlantaaidsministry.org/, y http://www.usccb.org/hispanicaffairs.

Integrante del grupo de trabajo sobre VIH y SIDA del Secretariado de Asuntos Hispanos de la USCCB.

mailto:bttorres@yahoo.com