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Una
Navidad “especial”
Con los primeros descensos de temperatura, generalmente en la
primera quincena de noviembre, caemos en la cuenta de que la
Navidad está, como quien dice, “al doblar de la esquina”. En lo
personal –y creo que muchos compartirán esta opinión– no hay
etapa mejor en el año. Es cierto que el pasar del tiempo hace
que la nostalgia pese y hasta hiera, pero, aún así, durante la
Navidad hay en el ambiente un espíritu de regocijo que lo
impregna todo. Es como si el nacimiento de Jesús abarcara cada
una de las facetas de nuestra vida, y cubriera esta época con un
manto de esperanza y confianza en un futuro mejor.
El año pasado tuve la extraordinaria experiencia de compartir
gran parte de la Navidad con David, un hermoso niño de 4 años
que me mostró, quizás de la manera más eficaz, el maravilloso
encanto que encierra esta estación tan singular. Y es que David
es un niño con “necesidades especiales”, uno de esos millones de
seres para los cuales la palabra futuro encierra una
incógnita de proporciones insondables.
A pesar de que hoy en día existen numerosos programas de ayuda,
así como un sin fin de recursos y técnicas, con los que padres y
educadores pueden contar para promover y desarrollar la
inteligencia y el aprendizaje en este tipo de niños, no hay duda
de que es una tarea ardua, en la que familiares y maestros deben
derrochar paciencia, perseverancia y mucho amor.
Pero volvamos a David, quien, a pesar de su corta edad, es todo
un personaje. Es un niño robusto, que tiene como preferencias
fundamentales la comida y la música. A pesar de sufrir ciertos
trastornos que le impiden expresarse con claridad, David es
asombrosamente comunicativo y solidario.
Goza cuando las personas visitan su casa, y personalmente se
encarga de informar a todos del arribo de los recién llegados.
Es eminentemente inclusivo, y le gusta que todos a su alrededor
participen de lo que él considera importante. Su ternura es
digna de admiración, pues, a diferencia de otros niños de su
edad, tiene una sensibilidad peculiar para detectar cambios de
ánimo y percibir emociones, lo que lo hace extremadamente
afectivo. Recuerdo que, en una ocasión, se sentó a mi lado y me
echó el brazo por arriba del hombro, como si fuera un amigo
cualquiera. Les confieso que aquel gesto es de los que no se
olvidan; aun más: sirven para reflexionar seriamente sobre estos
pequeños, que abundan entre nosotros y a los que muchas veces
descartamos y evitamos.
Ahora, en los albores de la Navidad, al meditar en Jesús niño,
pienso en el pequeño David. Ambos nacidos a un mundo muchas
veces hostil; ambos, quizás, con la misión de hacer de la
inocencia y el candor la mejor de las armas para combatir tanto
egoísmo y tanta mezquindad. Ambos, en fin, mostrando al mundo
que la Navidad es vida que se renueva y comparte todos los días.
Ambos asistidos con el ejemplo de sus madres, que supieron decir
Sí en cada momento, y son vivo reflejo del amor
incondicional que el Señor tiene por sus creaturas.
No sé a cuántos Goliats se tendrá que enfrentar nuestro David a
lo largo de su vida, pero estoy seguro de que el Niño del
pesebre bendice y asiste de modo especial a todos estos pequeños
ángeles, que nos recuerdan con sus entrañables detalles la frase
de Antoine de Saint Exupery en su libro inmortal, El pequeño
príncipe: “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve
bien con el corazón”.
mailto:afernan1@mdc.edu
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