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Los nuevos pobres
Víctor Martell
Especial para La Voz Católica
Si le preguntamos a cualquier persona: “¿Qué es un pobre?”, la
respuesta no se hará esperar, porque estamos acostumbrados a
verlos, pidiendo dinero, en los portales de los edificios,
durmiendo en los parques; además de que, para los que conocemos
otros países, estamos acostumbrados a ver a pobres pidiendo
limosna a la salida de las iglesias y los grandes edificios. A
esas personas les hemos llamado pobres.
También tenemos otros pobres, que son los marginados de la
sociedad, aquellos que, quizás porque no hablan el idioma, o
porque su grado de escolaridad es muy bajo, se ven obligados a
recibir trabajos miserables en su paga, o no califican para
ninguno, y eso los obliga a caer en la categoría de pobre.
Pero el pobre al que estamos haciendo referencia no está en
ninguna de esas categorías: estas personas tienen trabajo y,
quizás, no uno sino dos, sin contar que también su esposa
trabaja, pero entre los dos no reciben una paga que los haga
poder cumplimentar todas sus obligaciones. Los tiempos han
cambiado; todo ha subido de precio: los alquileres, la gasolina,
las cuentas de nuestras necesidades básicas –luz, teléfono, agua
etc. Todo va en una espiral de precios y, sin embargo, el
salario se ha quedado igual o sólo ha habido un pequeño aumento.
¡Nótese que el salario mínimo, a nivel nacional, no corresponde
a la verdadera alza en el coste de la vida! Hoy, un ingreso de
$20,000 anuales, para una familia de cuatro personas, es
considerado en la línea de pobreza. Estas personas son
trabajadoras; hacen todo lo posible por luchar en esta vida; son
buenos padres de familia; observan las leyes, pero no califican
para ningún programa porque, aunque en verdad son pobres y
carecen de lo más elemental, no olvidemos un dato: 37 millones
de personas viven dentro de esta clase de pobreza en los Estados
Unidos.
En la Sociedad San Vicente de Paúl sabemos reconocer a los
pobres, porque nos toca lidiar todos los días con casos
desgarradores de familias que carecen hasta de alimentos, que no
pueden atender sus responsabilidades de vivienda y demás
servicios, y no pueden vestir a sus hijos adecuadamente para
enviarlos a la escuela. En muchas ocasiones, visitamos sus
casas: otrora recintos de paz y alegría, y hoy convertidos en
verdaderos caos de necesidades; y ellos, que no están
acostumbrados a pedir, tienen que pasar por la humillación de
hacerlo y, en muchas ocasiones, no lo hacen, y nos toca a
nosotros descubrirlos y acercarnos, para tratar de remediar en
algo sus muchas tribulaciones. Somos, quizás, el único recurso
de que disponen para que su voz se escuche, los verdaderos
vehículos de la voz de esos pobres.
Por supuesto que no tenemos la solución de estos problemas,
porque un mal que se está convirtiendo en una gran epidemia no
se puede remediar con ayudas momentáneas, que sólo mitigan los
sufrimientos transitoriamente.
La canasta familiar cuesta hoy mucho más que hace muy poco
tiempo, y nadie levanta su voz de condena.¡Nunca escuchamos ni
al Presidente, ni a ningún político, hablar de la pobreza, como
si ésta fuera una palabra que hemos sacado de nuestros
diccionarios u olvidado por completo! Cada día se malgasta más
el dinero de los fondos públicos, al que todos contribuimos con
nuestros impuestos, para ver con horror cómo nuestros dirigentes
gubernamentales derrochan este dinero en inversiones que no
ayudan nada a nuestra clase trabajadora.
Es preciso hacer ver a nuestros políticos, y llevar a la
conciencia de la opinión publica en general, la necesidad de que
se elaboren planes que estabilicen la sociedad trabajadora. No
podemos seguir con sueldos mínimos ridículos; es necesario
incrementar el salario mínimo, y esto debemos exigirlo a
nuestros representantes y senadores en el Congreso.
Es hora de exigir responsabilidades a todos, sin mirar partidos
ni preferencias políticas. Debemos pensar en nuestros
semejantes, en nuestros hermanos. Cada vez que se inventa un
programa de ayuda, éste suele traer consigo grandes cantidades
de empleados y directores que ganan sueldos astronómicos, y por
cada dólar que se recauda para los susodichos pobres, ¡se
pierden treinta o cuarenta centavos en gastos de administración!
Tratemos de devolver un poquito de lo que Dios nos regala todos
los días, sacrificando y donando hasta que nos duela, pero
también hagamos valer nuestros derechos ante el poco interés que
tienen nuestros políticos en hablar de los pobres. Y algunos de
esos políticos se pasan años en sus puestos, ¡sin que seamos
capaces, con nuestro voto, de cambiar la historia!
Debemos detener esta frenética caída de nuestra sociedad en la
pobreza, porque, si no lo hacemos, el mundo terminará por ser
una pequeña isla de ricos con un gran mar de pobres a todo su
alrededor.
Presidente del Consejo Arquidiocesano de Miami de la Soc. S.
Vicente de Paúl.
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